Capítulo 5 No pienso portarme bien
POV: Alejandro Alarcón
Alejandro Alarcón había aceptado aquella cena con una sola intención: cumplir con la obligación, dejar que los padres hablaran de sus acuerdos y regresar a casa antes de que alguien tuviera la brillante idea de brindarle consejos sobre cómo ser un buen esposo.
No esperaba demasiado de su futura mujer.
Una muchacha de veintiún años, hija de sus enemigos, probablemente educada para sonreír cuando los hombres importantes hablaran y guardar silencio cuando las decisiones no la favorecieran.
Podía soportarlo.
Lo que no había previsto era que Alessia Moretti entrara en aquel salón con un vestido negro, la barbilla levantada y una expresión que parecía anunciar que estaba considerando seriamente asesinar a alguien antes del postre.
Y, maldita fuera su suerte, le quedaba espectacular.
Tenía curvas generosas, una cintura que el vestido destacaba a la perfección y unos ojos que prometían problemas. No era solamente bonita. Tenía presencia. De esas mujeres que entraban en una habitación y obligaban a los demás a darse cuenta.
Su primera reacción fue preguntarse si sería igual de interesante cuando dejara de estar enfadada.
Su segunda reacción fue decidir que averiguarlo sería entretenido.
—Vaya. Mi padre olvidó mencionar que la tregua venía con semejante recompensa.
Ella se sonrojó.
Apenas un poco, pero lo suficiente.
Alejandro tuvo que contener una sonrisa. Aquello iba a ser mucho más divertido de lo que había imaginado.
La muchacha le respondió con una amenaza de cinco segundos para aprender a hablarle con respeto. Él habría preferido tres, pero no iba a discutir con una mujer que acababa de regalarle aquella mirada.
Cuando le estrechó la mano, notó que no intentaba impresionarlo ni buscaba agradarle. Le sostuvo la mirada como si estuviera evaluando a un socio comercial al que todavía no había decidido si despedir.
Interesante.
La mayoría de las mujeres con las que salía se esforzaban demasiado por conseguir su atención. Alessia parecía considerar que prestársela era una concesión que él debía ganarse.
Alejandro no estaba acostumbrado a eso.
Tampoco estaba acostumbrado a sentir tantas ganas de seguir molestando a alguien después de los primeros treinta segundos.
Durante la cena, dejó que su padre y Salvatore hablaran de las condiciones de la tregua. Él tenía poca paciencia para las reuniones familiares, pero descubrió que escuchar a Alessia discutir sobre las propiedades comerciales de los Moretti era bastante más interesante que revisar los documentos.
No hablaba por hablar. Conocía los negocios de su familia, había estudiado las cláusulas y no parecía dispuesta a firmar nada sin entender sus consecuencias.
Cuando exigió que las garantías quedaran por escrito, Alejandro tuvo que reconocer que no era una simple niña rica jugando a ser importante.
Sabía lo que hacía.
Eso no significaba que fuera a dejar de provocarla.
—¿También vas a traer una carpeta cuando discutamos en nuestra habitación? —le preguntó.
La reacción fue magnífica.
Casi dejó caer el tenedor y, por primera vez en toda la noche, perdió la seguridad durante un instante. El rubor que le cubrió las mejillas fue un premio que Alejandro decidió guardar entre sus recuerdos favoritos de aquella cena.
Su respuesta, sin embargo, le borró la sonrisa por un segundo.
Para llegar a su habitación, tendría que convencerla de que merecía compartirla.
Alejandro soltó una carcajada. No porque la frase fuera especialmente graciosa, sino porque aquella mujer acababa de desafiarlo con la naturalidad de quien no tenía la menor idea de lo que significaba hacerlo.
O quizá sí lo sabía y simplemente no le importaba.
Eso le gustó más de lo que debería.
—Normalmente las mujeres son mucho más amables conmigo —comentó.
—Entonces debe de ser refrescante que alguien te trate como a una persona normal.
La miró, divertido.
—Cariño, si me trataras como a una persona normal, no llevarías diez minutos mirándome la boca.
La indignación de Alessia fue inmediata. Su negación, todavía mejor.
Alejandro llevaba años descubriendo que una provocación bien lanzada podía revelar mucho más de una persona que una conversación formal. Alessia podía discutir con él, cuestionar sus intenciones y amenazarlo con no compartir su habitación, pero bastaba un comentario atrevido para que el color le subiera a las mejillas.
No era tímida. Era orgullosa.
Y no le gustaba que él tuviera la capacidad de desconcertarla.
Eso lo animó a continuar.
—¿Tienes novio? —preguntó, procurando que la cuestión sonara casual.
La pregunta tenía una razón, aunque no pensaba explicársela.
No estaba enamorado de su futura esposa. Ni siquiera la conocía lo suficiente para que le interesara sentimentalmente. Pero la idea de que hubiera otro hombre esperándola, alguien que pudiera reclamar que había perdido a su novia por culpa de un matrimonio entre familias enemigas, le despertó una curiosidad bastante poco generosa.
También quería saber si había alguien que se creyera con derecho a presentarse en la boda y montar una escena.
Aquello sería un fastidio.
—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó ella.
—Por curiosidad.
Alessia entrecerró los ojos.
—Pues tendrás que aprender a vivir con la curiosidad.
Alejandro apoyó la espalda en la silla y la contempló durante unos segundos.
—Eres consciente de que vamos a casarnos, ¿verdad?
—Me lo han recordado unas cuarenta veces esta semana.
—Y aun así, parece que te sorprende que quiera conocerte.
—No confundas tus preguntas indiscretas con interés genuino.
Aquello le arrancó una sonrisa.
—¿Prefieres que sea sincero?
—Por una vez, sería un cambio agradable.
Alejandro dejó la copa sobre la mesa.
—Me pareces preciosa. Me gusta tu cuerpo, me gusta tu cara y me gusta que no tengas miedo de contestarme. Pero no voy a fingir que esta boda me convierte en un hombre enamorado, porque no es así.
Alessia lo observó con una seriedad que le hizo abandonar las bromas por un momento.
—No te he pedido que te enamores de mí.
—Bien. Porque tampoco pienso prometerte fidelidad.
La expresión de ella no cambió, aunque Alejandro notó cómo se le tensaban los dedos alrededor de la servilleta.
—¿Así que esa es tu idea del matrimonio? ¿Tener una esposa en casa y acostarte con otras mujeres cuando te apetezca?
—Mi idea del matrimonio es cumplir con el acuerdo que nuestros padres han hecho. No voy a venderte una historia bonita para que después descubras que soy exactamente el hombre que tienes delante.
Era una respuesta egoísta, pero honesta. Alejandro nunca había sido un santo y no tenía intención de empezar a fingirlo para complacer a una mujer con la que todavía no había intercambiado ni un día de vida.
Alessia sostuvo su mirada.
—Perfecto. Entonces yo también seré clara contigo. No necesito que me ames, Alejandro, pero no voy a permitir que me humilles. Puedes hacer lo que quieras con tu vida, siempre que no esperes que yo me quede quieta para proteger tu reputación.
Él se quedó mirándola.
Por primera vez en toda la noche, no encontró una respuesta inmediata.
No porque lo hubiera herido. Alejandro tenía demasiado orgullo para admitir algo semejante. Lo que lo sorprendió fue que ella no intentara convencerlo de cambiar, ni le suplicara una promesa, ni fingiera que sus palabras no le importaban.
Simplemente le había puesto sus propias condiciones.
Y eso era nuevo.
La cena terminó poco después. Sus padres continuaron hablando de asuntos que Alejandro prefería dejar en manos de sus abogados, mientras él acompañaba a Alessia hasta la entrada.
—Ha sido una noche interesante —le dijo.
—Para mí ha sido una prueba de resistencia.
—Y aun así, aquí estás, deseando volver a verme.
—Lo que deseo es que llegue el día de la boda para poder dejar de asistir a estas cenas.
Alejandro se inclinó ligeramente hacia ella.
—Una pena. Yo estaba empezando a disfrutar de tu compañía.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Le tomó la mano y depositó un beso sobre sus nudillos. Ella lo miró con una mezcla de desconfianza y fastidio que le pareció mucho más atractiva que cualquier sonrisa ensayada.
—Buenas noches, Alessia. Intenta no soñar demasiado conmigo.
—No te preocupes. Tengo pesadillas mucho más interesantes.
Alejandro se echó a reír mientras ella se alejaba.
La observó hasta que desapareció por la puerta y después se metió las manos en los bolsillos.
Treinta días.
En treinta días, aquella mujer llevaría su apellido, compartiría su casa y tendría un lugar permanente en su vida, le gustara o no a cualquiera de los dos.
No pensaba enamorarse de ella. Tampoco pensaba serle fiel solo porque sus familias hubieran firmado un acuerdo.
Pero sí estaba dispuesto a reconocer una cosa: Alessia Moretti no sería una esposa aburrida.
Y si creía que podía desafiarlo, sonrojarse ante sus provocaciones y después marcharse como si él no le hubiera despertado ni la más mínima curiosidad, estaba muy equivocada.
Alejandro sonrió mientras caminaba hacia su automóvil.
Aquella boda acababa de volverse mucho más interesante.
