Capítulo 6 El número de mi Desgracia
POV: Alessia Moretti
Alessia llevaba casi una hora escuchando hablar sobre flores y estaba a punto de cometer su primer asesinato antes de la boda.
—Las peonías blancas representan la felicidad matrimonial —explicó la organizadora—. También podemos combinarlas con rosas marfil para conseguir un ambiente elegante.
—¿Y si no ponemos flores?
La mujer dejó de sonreír.
Su padre, sentado a su lado, suspiró.
—Alessia.
—¿Qué? Las flores se marchitan, cuestan una fortuna y nadie recordará si había rosas o peonías. En cambio, todos recordarán si la novia lanzó un candelabro durante la recepción.
—No vas a lanzar ningún candelabro.
—Entonces espero que el novio se comporte.
Salvatore le lanzó una mirada de advertencia, pero Alessia se limitó a cruzar las piernas y revisar las muestras sobre la mesa. En treinta días se casaría con Alejandro Alarcón, un hombre que había conseguido irritarla más durante una cena que otras personas en toda su vida.
Y ahora tenía que decidir el color de las servilletas.
—Quiero revisar la lista de invitados antes de aprobar nada —anunció—. No pienso sentarme a cenar con cincuenta desconocidos que probablemente hayan intentado matar a alguien de mi familia.
—Son aliados importantes.
—Entonces podrán sobrevivir a que no les sonría durante toda la noche.
Su teléfono vibró.
Un número desconocido.
Número desconocido: Buenos días, futura esposa.
Alessia frunció el ceño.
Alessia: ¿Quién es?
Número desconocido: Me rompes el corazón. Ni siquiera tienes guardado mi número.
Ella reconoció inmediatamente aquel descaro.
Alessia: Alejandro, ¿de dónde diablos sacaste mi número?
Alejandro: Buenos días a ti también, preciosa.
Alessia: Te hice una pregunta.
Alejandro: Y yo estoy disfrutando de esta conversación.
Alessia apretó los labios. No iba a darle el gusto de responder. Bloqueó la pantalla y regresó a las propuestas de decoración.
El teléfono vibró otra vez.
Alejandro: Por cierto, ¿ya elegiste el vestido?
Alessia agarró el móvil.
Alessia: ¿También tienes cámaras aquí?
Alejandro: No seas dramática. Mi padre habló con el tuyo. Escuché algo sobre flores, invitados y una lista de vinos. Dejé de prestar atención hasta que mencionaron tu nombre.
Alessia: Qué conmovedor. No sabía que las reuniones familiares te interesaban tanto.
Alejandro: No me interesan. Tú sí.
Alessia se quedó mirando la pantalla unos segundos.
Maldito hombre.
Tenía una facilidad insultante para decir cosas que podrían resultar encantadoras si no vinieran acompañadas de aquella personalidad insufrible.
Alessia: Necesitas buscarte un pasatiempo.
Alejandro: Tengo varios. Pero ninguno me permite molestar a mi futura y hermosa esposa mientras intenta decidir entre peonías y rosas.
Alessia tuvo que contener una carcajada.
—¿Todo bien? —preguntó la organizadora.
—Perfectamente. Acabo de confirmar que mi futuro marido necesita supervisión médica.
La mujer fingió no escucharla y continuó explicando las opciones del menú.
Alessia intentó concentrarse, pero su teléfono volvió a vibrar.
Alejandro: ¿Te estás riendo?
Alessia: No.
Alejandro: Mentirosa. Sabía que tenía talento para hacerte feliz.
Alessia: No confundas una reacción nerviosa con felicidad.
Alejandro: Entonces tendré que esforzarme más.
Ella dejó el teléfono boca abajo.
No iba a permitir que aquel hombre controlara su estado de ánimo desde otra ciudad. Tenía asuntos más importantes que atender, como asegurarse de que su boda no pareciera el funeral de un millonario con demasiado dinero y mal gusto.
Quince minutos después, cuando discutían el diseño de las invitaciones, recibió otro mensaje.
Alejandro: Tengo una pregunta importante.
Alessia: Si tiene que ver con tu ego, la respuesta es no.
Alejandro: ¿Qué talla de anillo usas?
Alessia parpadeó.
Alessia: ¿Por qué?
Alejandro: Porque pienso regalarte uno.
Por un instante, la sorprendió. Después llegó el siguiente mensaje.
Alejandro: No te emociones. Es una obligación matrimonial. Aunque si quieres creer que estoy perdiendo la cabeza por ti, no voy a quitarte la ilusión.
Ahí estaba el desgraciado que conocía.
Alessia: Quédate con tu dinero. Ya tengo suficientes problemas sin añadir una joya con tu nombre a la colección.
Alejandro: Qué mujer tan difícil.
Alessia: Qué hombre tan insoportable.
Alejandro: Y aun así, vas a casarte conmigo.
Alessia escribió una respuesta, la borró y volvió a escribir.
Alessia: No me lo recuerdes. Estoy intentando disfrutar de mis últimos treinta días de paz.
Esta vez, Alejandro tardó un poco más.
Alejandro: Entonces tendré que aprovecharlos.
El calor le subió a las mejillas. Alessia maldijo en silencio y guardó el teléfono en el bolso.
La reunión terminó media hora después. Había conseguido aprobar el menú, reducir la lista de invitados y evitar que su padre contratara a un violinista para interpretar canciones románticas durante la cena.
—Las invitaciones serán negras y doradas —decidió—. Sin corazones, sin palomas y sin frases sobre el amor eterno.
La organizadora vaciló.
—¿No desea incluir una frase romántica?
—Quiero incluir la fecha, el lugar y la hora. Todo lo demás sería publicidad engañosa.
Su padre se llevó una mano a la frente.
Alessia salió de la reunión sintiéndose victoriosa. Al menos había conseguido que la boda tuviera algo de su personalidad.
Cuando llegó al automóvil, sacó el teléfono para comprobar la hora.
Alejandro: Espero que hayas elegido flores bonitas. Quiero que el lugar esté precioso cuando te vea caminar hacia mí.
Alessia leyó el mensaje dos veces.
Durante un instante, se imaginó caminando hacia él, encontrándolo al final del pasillo con aquel traje oscuro y su sonrisa arrogante.
Apartó la imagen de inmediato.
Alessia: No te preocupes. Elegiré flores resistentes. Tendrán que sobrevivir a tu presencia.
Alejandro: Ya estás pensando en mí. Esto avanza más rápido de lo esperado.
Alessia: Voy a bloquearte.
Alejandro: Puedes intentarlo, preciosa. Pero dentro de treinta días tendrás que verme todos los días.
Alessia cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el asiento.
Treinta días para organizar una boda, negociar las condiciones de su nueva vida y prepararse para convivir con el hombre más insoportable que había conocido.
El teléfono vibró una última vez.
Alejandro: Por cierto, todavía no me has dicho tu talla de anillo.
Alessia: Y tú todavía no has aprendido a cerrar la boca.
Alejandro: Tendrás que besarme para comprobar si puedo hacerlo.
Alessia dejó caer el teléfono sobre el asiento.
—Voy a matarlo.
El conductor tuvo la prudencia de no preguntar a quién.
Ella miró por la ventana, intentando convencerse de que Alejandro Alarcón era simplemente un problema que debía resolver, como cualquier otro asunto relacionado con su familia.
Pero una sonrisa traicionera apareció en sus labios.
Aquello no era una boda.
Era una guerra.
Y su futuro marido acababa de declarar la primera batalla.
