Capítulo 7 Una simple Amiga
POV: Alessia Moretti
Si Alejandro Alarcón creía que invitarme a cenar bastaba para que yo olvidara que estaba a punto de casarme con un mujeriego incorregible, tenía un problema de percepción bastante serio.
—Llegas tarde —dije cuando apareció junto a mi mesa.
Alejandro miró su reloj y después me dedicó esa sonrisa arrogante que, lamentablemente, le quedaba demasiado bien.
—Tres minutos.
—Cuatro. El primero lo perdiste cuando decidiste que el mundo debía esperarte.
—Y, sin embargo, aquí estás, esperándome.
Se sentó frente a mí, satisfecho consigo mismo.
—Empiezo a entender por qué tu padre te quiere casar —añadió—. Debe de estar desesperado por librarse de ti.
—Y yo empiezo a entender por qué el tuyo te está entregando una esposa. Ninguna mujer debe de aguantarte más de una semana.
Alejandro soltó una carcajada.
—Preciosa, todavía no nos hemos casado y ya estás hablando de mi vida matrimonial. Me conmueve tu entusiasmo.
—Estoy hablando de mi condena.
El camarero se acercó para ofrecernos la carta. Alejandro pidió un whisky y después me miró.
—¿Vino?
—Agua.
—¿Una cena conmigo y pides agua?
—No sabía que también tenía que beber para soportarte.
—Podrías probar con algo más fuerte. Quizá así te parezca encantador.
—Para eso necesitaría un milagro.
El camarero se alejó con nuestras órdenes y Alejandro apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Hablemos de la boda.
Por fin.
Saqué de mi bolso una carpeta con las condiciones que había preparado.
Él bajó la mirada hacia los documentos y arqueó una ceja.
—¿Trajiste deberes?
—Traje las condiciones que quiero discutir antes de convertirme en tu esposa. Conservaré el control de mis negocios y mis cuentas personales. No tomarás decisiones en mi nombre y no permitiré que tu familia interfiera en mis operaciones sin consultarme.
Alejandro hojeó las páginas.
—¿Y qué obtengo yo?
—Una esposa preciosa que no te pedirá permiso para respirar.
—Eso ya lo había notado. Preguntaba por los beneficios adicionales.
—Puedes empezar por aprender a comportarte.
Sonrió, pero esta vez su mirada se detuvo en los documentos.
—¿Has leído el acuerdo completo entre nuestras familias?
—Estoy esperando que me entreguen una copia sin omisiones.
Algo cambió en su expresión. Fue apenas un instante, una sombra que desapareció detrás de su habitual descaro.
—Hazlo —dijo—. No firmes nada que no entiendas.
Aquella respuesta me sorprendió más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Vaya. Un consejo sensato. ¿Te encuentras bien?
—No te acostumbres.
Estaba a punto de responder cuando una voz femenina sonó a nuestras espaldas.
—¡Alejandro!
Una mujer alta, rubia y enfundada en un vestido rojo apareció junto a la mesa. Antes de que él pudiera levantarse, le rodeó el cuello con los brazos y lo abrazó como si acabara de regresar de una guerra.
—¡Dios mío! ¡Hace semanas que no te veo!
Alejandro sonrió con una familiaridad que me revolvió el estómago. No porque me importara. Por supuesto que no. Simplemente me desagradaban las demostraciones teatrales durante las cenas de negocios.
Entonces ella le sujetó el rostro y le plantó un beso en la mejilla, tan cerca de la comisura de sus labios que bastaba un movimiento mínimo para que aquello terminara en otra parte.
—Te extrañé —susurró.
—¿Ah, sí? —respondió él, divertido.
La mujer se rio y volvió a acercarse. Alejandro giró ligeramente la cara, de modo que el segundo beso quedó peligrosamente cerca de su boca.
Yo dejé los cubiertos sobre la mesa.
Qué espectáculo tan educativo.
La rubia pareció recordar de pronto que no estaban solos.
—Perdona, cariño. No te había visto acompañando a alguien.
Alejandro se acomodó en la silla y me miró con una tranquilidad que me hizo sospechar que estaba a punto de hacer algo desagradable.
—Alessia, te presento a Valeria. Nos conocemos desde hace tiempo.
Valeria me examinó de arriba abajo.
—¿Una amiga?
Alejandro apoyó una mano sobre la mesa.
—Alessia Moretti. Una amiga de la familia.
Silencio.
Lo miré fijamente.
¿Una amiga de la familia?
¿Eso era yo después de que nuestros padres anunciaran que nos casaríamos en treinta días?
Sonreí. Una sonrisa tan dulce que mi padre habría reconocido como señal de peligro.
—Mucho gusto, Valeria.
—Igualmente. —Su atención volvió inmediatamente a Alejandro—. Tenemos que ponernos al día. Hay tantas cosas que quiero contarte.
—Seguro que sí —contestó él.
Y entonces me miró de reojo.
El muy desgraciado estaba disfrutando aquello.
Valeria le acarició el hombro.
—¿Te llamo mañana? Podríamos vernos como antes.
—Claro —respondió él, sin apartar los ojos de mí.
Ah, quería jugar.
Perfecto.
Me levanté, tomé mi bolso y me incliné hacia la mesa.
—No se preocupen por mí. No quisiera interrumpir una reunión tan importante.
Alejandro alzó la mirada.
—¿Adónde vas?
—A casa.
—Pero todavía no hemos terminado de cenar.
—Tú puedes quedarte. Al parecer, tienes asuntos pendientes con tu amiga.
Valeria abrió los ojos, quizá sorprendida por mi tono. Alejandro, en cambio, sonrió lentamente.
—Alessia, no seas maleducada.
Me quedé inmóvil.
Después solté una risita.
—¿Yo? Alejandro, cariño, no sabía que las amigas de la familia tenían que pedir permiso para retirarse.
Su sonrisa se ensanchó.
—Siéntate. Te prometo que Valeria no muerde.
—Qué alivio. Ya tenemos un animal peligroso en la mesa y no quiero añadir otro.
Valeria frunció el ceño.
Yo le dediqué mi mejor sonrisa antes de mirar a mi futuro marido.
—Disfruta de la noche, Alejandro. Y no te preocupes por nuestra conversación. Podemos hablar de negocios cuando termines de recibir visitas.
Me di la vuelta.
No había avanzado ni tres pasos cuando escuché su voz.
—¡Alessia!
Seguí caminando.
—¡Preciosa!
Esta vez me detuve y miré por encima del hombro.
—¿Qué?
Alejandro se había levantado. Valeria permanecía junto a la mesa, con una expresión bastante menos encantada que antes.
—Te acompaño.
—No hace falta. No soy una amiga de la familia que necesite que la escolten.
Su mandíbula se tensó apenas.
Por primera vez en toda la noche, su sonrisa desapareció.
Bien. Al menos podía conseguir que el hombre sintiera algo distinto a la diversión.
—Estás celosa —murmuró cuando se acercó a mí.
Solté una carcajada.
—No te confundas. Me molesta que me hagas perder el tiempo y que me presentes como alguien que no soy.
—¿Y quién eres, Alessia?
Lo miré directamente a los ojos.
—La mujer con la que vas a casarte. Te recomiendo que lo recuerdes antes de volver a humillarme para entretenerte.
Por un momento, no respondió.
Después inclinó la cabeza, acercándose lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo.
—Tienes razón en una cosa. No debí presentarte así.
No esperaba aquella respuesta.
Pero antes de que pudiera decir nada, su sonrisa arrogante regresó.
—Aunque debo admitir que verte celosa ha sido una experiencia fascinante.
Se me acabó la paciencia.
—Y yo debo admitir que imaginar nuestra boda sin ti acaba de convertirse en mi pasatiempo favorito.
Me marché sin darle oportunidad de responder.
Esta vez no me siguió.
Dentro del automóvil, mientras el conductor arrancaba, miré por la ventana y respiré hondo.
No estaba celosa. No tenía derecho a estarlo, ni él me había prometido fidelidad.
Pero una cosa era que Alejandro fuera un mujeriego y otra muy distinta que pretendiera convertirme en la tonta de su espectáculo.
Mi teléfono vibró.
Alejandro: Llegaste demasiado lejos con lo de la boda sin mí.
Alessia: Y tú te quedaste demasiado cómodo con tu amiga.
Alejandro: No sabía que te importaba tanto mi compañía.
Alessia: No te emociones. Me importa mi dignidad.
Pasaron unos segundos.
Alejandro: Mañana cenamos otra vez.
Solté una carcajada incrédula.
Alessia: ¿Eso es una invitación o una amenaza?
Alejandro: Una oportunidad para que me perdones.
Alessia: Entonces tendrás que esforzarte más.
Alejandro: Me encantan los desafíos, futura esposa.
Bloqueé la pantalla.
Treinta días para casarme con Alejandro Alarcón.
Treinta días para descubrir si podía soportar a aquel hombre sin estrangularlo.
Y, por lo visto, treinta días para enseñarle que podía jugar con quien quisiera, pero jamás a costa de mí.
Porque si él pensaba que iba a pasar el resto de mi vida sonriendo mientras me convertía en el chiste de sus conquistas, estaba a punto de descubrir lo equivocada que podía estar una persona.
Yo también sabía jugar sucio.
Y todavía no había empezado.
