Capítulo 8 No estaba incluido en el contrato

POV: Alejandro Alarcón

Alessia Moretti llevaba tres horas ignorando mis mensajes.

Tres horas.

Había conocido mujeres que me bloqueaban después de una discusión, otras que fingían estar enfadadas para conseguir mi atención y alguna que otra que terminaba llamándome a medianoche después de jurar que no volvería a verme.

Pero Alessia era diferente.

No porque me importara su enfado. Por supuesto que no.

Me molestaba que creyera que podía dejarme hablando solo.

Alejandro: ¿Cena mañana?

Alessia: No.

Alejandro: Qué respuesta tan elaborada. ¿La practicaste mucho?

No contestó.

Alejandro: Puedo pasar a buscarte.

Alessia: No.

Alejandro: Empiezo a pensar que me extrañas.

Alessia: Y yo empiezo a pensar que no sabes leer.

Dejé el teléfono sobre el escritorio y me eché a reír.

Era insufrible.

También era la primera mujer en mucho tiempo que conseguía que una conversación por mensajes me entretuviera más de cinco minutos.

Tomé las llaves del automóvil.

Si no quería salir conmigo, hablaríamos en su casa.

---

Salvatore Moretti me recibió en su despacho con una expresión que habría hecho retroceder a cualquier hombre sensato.

Afortunadamente, nunca me había considerado uno.

—¿Qué haces aquí, Alarcón?

—Vengo a ver a su hija.

—¿Ella sabe que vienes?

—Si lo supiera, probablemente habría mandado a los guardias a dispararme.

Mi futuro suegro no sonrió.

—Alessia no está de humor para tus juegos.

—Entonces procuraré entretenerla con una conversación seria.

Me estudió durante unos segundos antes de levantarse.

—Está en el salón. Te dejaré hablar con ella, pero no olvides que esta es mi casa.

—No se preocupe. Todavía recuerdo dónde estoy.

—Y recuerda también con quién vas a casarte.

Su advertencia no necesitaba explicación.

Salvatore salió del despacho y me condujo hasta el salón, donde Alessia estaba sentada en un sofá con varios documentos sobre las piernas.

Llevaba pantalones negros y una blusa color crema. El cabello oscuro le caía sobre los hombros y tenía el ceño fruncido mientras leía.

Al verme, dejó los papeles sobre la mesa.

—¿Qué haces aquí?

—Qué recibimiento tan cálido. Empiezo a sentirme parte de la familia.

—No recuerdo haberte invitado.

—Tu padre sí. Bueno, técnicamente no me invitó, pero me dejó entrar.

—Voy a tener que hablar con él sobre sus pésimas decisiones.

Salvatore carraspeó desde la puerta.

—Los dejaré solos. Tengo asuntos que atender.

Alessia lo miró con incredulidad.

—Papá…

—Compórtate, hija.

—¡Yo me estoy comportando!

Su padre se marchó antes de que pudiera protestar más.

Me senté frente a ella y crucé una pierna sobre la otra.

—Ahora que estamos solos, ¿vas a aceptar mi invitación a cenar?

—No.

—¿Ni siquiera después de que haya venido personalmente?

—Especialmente después de que hayas venido personalmente.

Sonreí.

—Me gusta tu hospitalidad.

—Y a mí me gusta la gente que entiende un rechazo.

—Qué pena que no sea uno de mis talentos.

Alessia puso los ojos en blanco y recogió los documentos.

—Ya que estás aquí, podemos hablar de lo que realmente importa.

—Adelante, futura esposa. Ilumíname.

Me lanzó una mirada asesina antes de entregarme una hoja.

Era una lista de cláusulas añadidas al acuerdo matrimonial.

Empecé a leer.

Conservación de sus negocios. Independencia financiera. Prohibición de utilizar su nombre para contraer deudas sin autorización. Ninguna interferencia en sus decisiones profesionales.

Nada que me sorprendiera.

Hasta que llegué al último apartado.

La unión matrimonial no implicará la obligación de mantener relaciones sexuales entre los cónyuges.

Levanté la vista lentamente.

—¿Qué demonios es esto?

—Una cláusula.

—Sé lo que es una cláusula, Alessia.

—Entonces no entiendo por qué preguntas.

Volví a leerla, por si las palabras habían cambiado mientras parpadeaba.

—¿Estás proponiendo que nos casemos y no tengamos sexo?

—Estoy estableciendo que mi consentimiento no viene incluido en el contrato.

La miré fijamente.

Después solté una carcajada.

—Increíble.

—¿Qué parte te resulta tan divertida?

—Que pretendas casarte conmigo y convertir nuestra habitación en una oficina administrativa.

—Podemos tener habitaciones separadas. Así no tendrás que sufrir mi presencia durante la noche.

—Créeme, preciosa, mi problema no es sufrir tu presencia.

Sus mejillas adquirieron un ligero tono rosado, pero no apartó la mirada.

—Pues tendrás que aprender a soportar la frustración.

Me incliné hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

—Escúchame bien. No voy a prometerte fidelidad. Nunca lo he hecho con ninguna mujer y no voy a empezar ahora. Mucho menos si pretendes que me convierta en un marido célibe por contrato.

Alessia se encogió de hombros.

—No te he pedido fidelidad.

Aquello me descolocó lo suficiente para que dejara de sonreír.

—¿No?

—No. Si necesitas acostarte con otras mujeres, es tu decisión. Solo te pido que seas discreto y que no me conviertas en el espectáculo de tus aventuras.

La observé, intentando encontrar alguna señal de celos detrás de su expresión tranquila.

No encontré ninguna.

—¿Así de sencillo? —pregunté.

—¿Esperabas que te suplicara que no miraras a nadie más? No eres un premio que llevo años intentando ganar, Alejandro.

Aquella respuesta me golpeó el orgullo con más fuerza de la que estaba dispuesto a reconocer.

—La mayoría de las mujeres no se mostrarían tan indiferentes.

—Entonces deberías casarte con una de ellas.

—Pero me voy a casar contigo.

—Una tragedia para ambos.

Me reí, aunque esta vez sin demasiadas ganas.

—Hay algo que no entiendo. Si no quieres que te toque y tampoco te importa que esté con otras, ¿qué esperas de este matrimonio?

Alessia se puso de pie y caminó hasta la ventana.

—Que respetes mis límites, que no interfieras en mis negocios y que cumplas con la parte del acuerdo que te corresponde. Yo haré lo mismo. No necesito que me ames ni que finjas ser un hombre diferente.

—¿Y qué pasa si cambio de opinión sobre lo del sexo?

Se volvió hacia mí.

—Me lo preguntas. Si digo que no, es no.

Su respuesta fue firme, sin titubeos.

Por primera vez desde que había entrado en aquella casa, no tuve una broma preparada.

La miré durante unos segundos. Era preciosa, sí, pero lo más irritante de Alessia Moretti era que parecía perfectamente capaz de sostenerse frente a mí sin necesitar nada de lo que yo podía ofrecerle.

Ni mi dinero.

Ni mi apellido.

Ni mi atención.

—De acuerdo —dije finalmente—. Pero no esperes que me convierta en un santo.

—No te preocupes. Los santos no suelen tener tu cara de pecador.

Sonreí.

Ahí estaba otra vez. La mujer que podía insultarme y hacer que quisiera quedarme un rato más.

Me levanté y guardé las manos en los bolsillos.

—Entonces, ¿seguimos adelante con la boda?

—Eso depende de que aceptes las cláusulas.

—Las revisaré.

—Y no volverás a presentarme como una simple amiga de la familia.

La miré a los ojos.

Recordar su expresión en el restaurante me arrancó una sonrisa culpable que procuré disimular.

—De acuerdo. La próxima vez diré que eres mi futura esposa.

—Procura que no se te olvide.

Me dirigí hacia la puerta, pero me detuve antes de salir.

—Una última pregunta, Alessia.

Ella suspiró.

—¿Qué quieres ahora?

—Si no voy a poder besarte sin pedir permiso, ¿cuánto tiempo crees que tardarás en pedírmelo tú?

Me lanzó un cojín.

Lo esquivé por muy poco y salí riéndome mientras la escuchaba insultarme desde el salón.

Aquella mujer estaba convirtiendo mi vida en un infierno.

Y lo peor era que empezaba a sospechar que iba a disfrutar cada maldito segundo.

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