Capítulo 9 La Mujere que nadie Esperaba

POV: Alessia Moretti

Si mi padre volvía a decirme que aquella cena era importante para el futuro de nuestra familia, iba a considerar seriamente la posibilidad de fingir una enfermedad.

—No pienso ponerme eso.

Mi padre levantó la vista del periódico.

—¿Qué tiene de malo el vestido?

Miré la prenda que la asistente había colocado sobre mi cama. Era elegante, sí. Discreta, también. Perfecta para una mujer que quisiera pasar desapercibida en una cena donde se anunciaría su compromiso con el heredero de una de las familias más peligrosas del país.

Precisamente por eso no pensaba usarlo.

—Parece que voy a una reunión con el consejo de administración.

—Vas a anunciar tu compromiso ante las familias más importantes de nuestros círculos. No a una fiesta universitaria.

—Entonces mucho menos pienso vestirme como una secretaria.

Mi padre me observó con esa expresión que utilizaba cuando estaba calculando si valía la pena discutir conmigo.

Finalmente, se rindió.

—Haz lo que quieras, Alessia. Pero no llegues tarde.

Sonreí.

—Nunca llego tarde.

—La última vez hiciste esperar a un ministro cuarenta minutos.

—Él llegó cuarenta minutos antes.

Mi padre volvió a su periódico. La conversación había terminado.

Perfecto.

Dos horas después, me contemplé frente al espejo y tuve que reconocer que mi elección había sido excelente.

El vestido era negro, ceñido a mis curvas, con un escote elegante y una abertura lateral que dejaba ver mi pierna al caminar. La espalda quedaba parcialmente descubierta y el tejido abrazaba mi cintura antes de caer sobre mis caderas.

No parecía una niña a punto de casarse por decisión de su padre.

Parecía una mujer que sabía exactamente lo que valía.

Me recogí parte del cabello oscuro y dejé el resto en ondas sobre mis hombros. Unos pendientes dorados, tacones altos y un maquillaje que resaltaba mis labios completaron el conjunto.

Me miré una última vez.

—Alejandro Alarcón, esta noche vas a tener que esforzarte para mantener la boca cerrada.

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La cena se celebraba en uno de los salones privados de un hotel de lujo. Habían acudido empresarios, representantes de familias con las que los Moretti llevaban años negociando y hombres cuyo dinero era tan antiguo como sus secretos.

No era una fiesta.

Era una demostración de poder.

Y yo estaba a punto de convertirme en parte de ella.

Entré del brazo de mi padre, consciente de las miradas que se volvieron hacia nosotros. Algunas eran curiosas; otras, calculadoras. No me sorprendía. Para aquellas personas, mi matrimonio no era una historia romántica, sino una inversión.

Lo que no esperaba era ver a Alejandro junto a la entrada del salón.

Vestía un traje negro hecho a medida, camisa oscura y ningún rastro de humildad. Hablaba con su padre cuando levantó la mirada.

Y se quedó callado.

Lo vi recorrerme con los ojos, desde mi rostro hasta el vestido, antes de regresar a mis labios.

Por primera vez desde que lo conocía, Alejandro Alarcón no tuvo una respuesta preparada.

Tuve que morderme la sonrisa.

Su padre le dijo algo. Él no respondió inmediatamente.

Interesante.

Cuando mi padre me condujo hasta ellos, Alejandro recuperó el movimiento y me ofreció el brazo.

—Alessia.

—Alejandro.

Su mirada volvió a deslizarse por mi vestido.

—¿Piensas matar a alguien esta noche?

—Depende. ¿Vas a comportarte?

Una sonrisa lenta apareció en sus labios.

—Ahora mismo estoy considerando portarme extraordinariamente bien.

—No te esfuerces demasiado. Podrías lesionarte.

Se inclinó hacia mí, fingiendo acomodarme un mechón de cabello.

—Estás preciosa.

El comentario me tomó desprevenida. No porque no esperara que notara mi aspecto, sino porque lo dijo sin una broma detrás.

—Lo sé —contesté, recuperando la compostura.

Alejandro soltó una risa baja.

—Por supuesto que lo sabes.

La velada comenzó con conversaciones sobre negocios y brindis por la tregua. Yo había soportado apenas veinte minutos de felicitaciones cuando un hombre se acercó a nuestra mesa.

—Alessia Moretti. Me habían dicho que eras hermosa, pero sospecho que mis conocidos se quedaron cortos.

Reconocí a Gabriel Ferrer, un empresario con quien había negociado la adquisición de una participación en una compañía logística. Tenía unos treinta años, una sonrisa atractiva y la costumbre de hablarme como si yo fuera su igual.

Una rareza en aquel ambiente.

—Gabriel. No sabía que vendrías.

—No me habría perdido la oportunidad de felicitarte personalmente.

Me besó la mano con una cortesía ligeramente anticuada.

—Aunque debo admitir que la noticia de tu compromiso me ha decepcionado.

Levanté una ceja.

—¿Debería disculparme?

—Podrías compensarme concediéndome un baile.

Antes de responder, miré de reojo a Alejandro.

Su sonrisa seguía allí, pero tenía algo diferente. La mandíbula se le había endurecido y observaba la mano de Gabriel alrededor de la mía como si estuviera considerando seriamente amputársela.

Aquello me pareció tan divertido que acepté.

—Un baile no debería destruir ninguna alianza comercial.

Gabriel me condujo a la pista. Puse una mano sobre su hombro mientras él colocaba la suya en mi cintura, respetando la distancia adecuada.

—Tu futuro marido parece encantado —comentó.

—Alejandro siempre tiene esa expresión cuando está pensando en algo desagradable.

Gabriel rio.

—¿Y qué crees que está pensando ahora?

Miré por encima de su hombro.

Seguía observándonos.

—Probablemente en cómo asesinarte sin mancharse el traje.

Gabriel soltó una carcajada.

—Entonces procuraré devolverte antes de que se le ocurra algo.

—Qué considerado.

Cuando terminó la canción, me acompañó hasta la mesa y se inclinó para susurrarme algo sobre nuestra próxima reunión de negocios. Me hizo reír justo cuando Alejandro se acercaba.

—Espero no interrumpir —dijo mi futuro marido.

Su tono sugería exactamente lo contrario.

—En absoluto —respondí—. Gabriel y yo hablábamos de negocios.

—Qué fascinante.

Gabriel le tendió la mano.

—Felicidades por el compromiso, Alarcón. Espero que sepas apreciar a la mujer que tienes a tu lado.

Alejandro estrechó su mano con una sonrisa impecable.

—Créeme. Empiezo a descubrirlo.

Gabriel se despidió y se alejó.

Yo tomé mi copa.

—¿Algo que quieras decir?

—Varias cosas.

—Qué pena. No tengo tiempo para escucharlas.

Me disponía a marcharme cuando Alejandro se inclinó hacia mi oído.

—Ese vestido debería venir con una advertencia.

Sonreí sin mirarlo.

—¿Para quién? ¿Para ti?

—Especialmente para mí.

Aquella respuesta me hizo girar la cabeza.

Sus ojos oscuros estaban fijos en mi rostro y, por primera vez, no parecía estar disfrutando de su propia arrogancia.

Parecía molesto consigo mismo.

—Recuerda lo que hablamos —le dije suavemente—. Tú tienes tu libertad y yo tengo la mía.

—Lo recuerdo perfectamente.

—Entonces deja de mirar a Gabriel como si fuera a robarte la cartera.

Alejandro se enderezó y recuperó su sonrisa.

—No me preocupa Gabriel.

—Claro que no.

—Me preocupa que tenga tan mal gusto para elegir mujeres.

Me reí en su cara.

—Buenas noches, Alejandro.

Me alejé antes de que pudiera responder.

Aquella noche había ido a demostrar que no sería una pieza decorativa en el imperio de nadie.

Pero, mientras cruzaba el salón y sentía la mirada de Alejandro siguiéndome, comprendí que quizá había conseguido algo más.

Por primera vez, el hombre que aseguraba no querer una esposa de verdad parecía incómodo ante la posibilidad de que otros hombres sí la quisieran.

Y yo pensaba disfrutar cada segundo.

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