Capítulo 3 Un toque de sanación

Anna levantó la vista.

En la cima de la gran escalera, un hombre en silla de ruedas la observaba.

William era increíblemente apuesto, con rasgos afilados y aristocráticos. Pero sus ojos azules brillaban con fría hostilidad.

—Debes ser el sacrificio de la familia Rice —dijo William, su voz goteando desprecio. Maniobró su silla de ruedas hacia adelante—. ¿Te dijeron que mis últimas tres prometidas huyeron gritando?

—Me dijeron que eras un lisiado —respondió Anna con calma, alisando su vestido—. No mencionaron que usabas perros para recibir a los invitados.

Los ojos de William se entrecerraron. No estaba acostumbrado a la desobediencia. —Tienes espíritu. Veamos cuánto te dura.

De repente, William hizo una mueca. Su mano voló hacia su sien. Su rostro se torció de agonía y las venas se abultaron en su frente.

—¡Sr. Sterling! —un mayordomo se apresuró hacia él.

—Sal... —gruñó William entre dientes apretados. El dolor en su cabeza era cegador, como mil cuchillos. Esta era la maldición que lo había atormentado desde el accidente.

Su cuerpo se tensó. Se desplomó hacia adelante en la silla de ruedas, inconsciente.

—¡Sr. Sterling! —gritó el mayordomo—. ¡Llamen al Dr. Thompson! ¡Rápido!

El caos estalló. Los sirvientes corrían en todas direcciones.

Una mujer mayor, Irene Sterling, corrió por el pasillo con el tío de William, Alexander, y su tía, Victoria.

—¡William! ¡Dios mío, no otra vez! —lloró Irene, aferrándose a su bastón.

Anna observó por un segundo. Vio el tinte púrpura en los labios de William. No solo estaba en dolor; sus vías neuronales se estaban apagando. Estaría con muerte cerebral en cinco minutos.

No dudó.

Anna subió corriendo las escaleras, apartando a los sirvientes en pánico. Se arrodilló junto a la silla de ruedas, sacó un juego de agujas de acupuntura plateadas de su bolso y rasgó el cuello de la camisa de William.

—¿Qué estás haciendo? —gritó Alexander—. ¡Aléjate de él, mujer loca!

—Está entrando en shock —dijo Anna fríamente, insertando una aguja en el cuello de William con precisión quirúrgica—. Si quieres que viva, cállate.

—¡Tú... cómo te atreves! —Alexander se lanzó a agarrarla—. ¡Seguridad! ¡Sáquenla!

—¡Alto!

La orden vino desde la puerta. Un anciano de cabello blanco entró corriendo, llevando un maletín médico. Era Richard Thompson, el neurólogo más famoso del país.

Alexander señaló a Anna. —¡Dr. Thompson! ¡Esta mujer está apuñalando a William con agujas! ¡Está tratando de matarlo!

Richard miró la aguja en el cuello de William. Sus ojos se abrieron de par en par.

—Espera —susurró Richard. Se acercó rápidamente, examinando la colocación.

Miró a Anna con asombro y admiración. —Jovencita, ¿detenerte? ¡No, no te detengas! ¡Continúa! Si te detienes ahora, el flujo de sangre se invertirá.

Alexander se quedó paralizado. —¿Qué?

—¡Está salvando su vida! —gritó Richard—. Esta técnica... son las Nueve Agujas Perdidas. Pensé que era un mito.

La sala quedó en un silencio atónito. Todos observaban cómo las manos de Anna se movían como relámpagos. Una aguja. Dos. Cinco.

El sudor perlaba su frente.

Finalmente, con la novena aguja colocada en la sien de William, él jadeó.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Tomó una respiración profunda y entrecortada. El dolor cegador había desaparecido. Por primera vez en cinco años, su cabeza estaba clara.

Miró hacia arriba, su visión aclarando. Lo primero que vio fue el rostro de una mujer, cerca del suyo, con sus ojos enfocados e intensos.

—Tú... —la voz de William era ronca.

—No te muevas —ordenó Anna, colocando su estetoscopio en el pecho de él—. Te acabo de sacar del infierno. No vuelvas a saltar.

Richard miraba a Anna con asombro. —Increíble. Absolutamente increíble. ¿Quién es tu maestro?

—Me enseñé a mí misma —mintió Anna con suavidad, poniéndose de pie. Miró a los atónitos miembros de la familia Sterling.

Irene temblaba con lágrimas en los ojos. —Está despierto... está realmente despierto. —Se acercó y agarró la mano de Anna—. Tú... eres un milagro.

Alexander y Victoria permanecieron al fondo, con los rostros pálidos. Se intercambiaron una mirada de miedo. Esta chica no era solo una decoración. Era peligrosa.

William miraba a Anna. Sentía una extraña calidez extendiéndose por su cuerpo, algo que no había sentido en años.

Agarró su muñeca. Su agarre era fuerte.

—¿Quién eres? —preguntó William, sus ojos oscuros fijándose en los de ella.

Anna lo miró hacia abajo, imperturbable. —Soy tu esposa. Y me debes una vida.

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