Capítulo 3 Sin salida

El papel crujió bajo mis dedos temblorosos. En la parte superior, las letras góticas brillaban con una formalidad obscena: Contrato Matrimonial.

Levanté la vista hacia Sebastián. Seguíamos en la cafetería ejecutiva del hospital, aislados del ruido de los monitores y del olor a antiséptico del piso de abajo, donde mi padre luchaba por su vida tras el infarto de la gala. Afuera, la patrulla de policía que me había seguido desde el hotel aguardaba en la entrada principal. Sebastián se había encargado de retrasar a los agentes "como cortesía", dándome exactamente treinta segundos para decidir mi destino.

—¿Estás loco? —le siseé, clavando las uñas en mis palmas—. ¿Casarme contigo después de lo que le hiciste a mi padre? Esto es una extorsión.

—No es una propuesta, Valeria. Es una transacción —respondió él, sin inmutarse. Dio un paso hacia mí, acortando la distancia hasta que pude oler su perfume: una mezcla de cuero y ambición—. Van a arrestarte antes del mediodía. Las pruebas que filtraron a la prensa son lo suficientemente sólidas como para mantenerte en prisión preventiva mientras el escándalo consume lo que queda de tu apellido.

—¡Yo no firmé esos desvíos de fondos! —le contuve el grito, consciente de las miradas de los pocos médicos presentes—. ¡Es un fraude burdo!

—Lo sé. Pero el sistema no busca la verdad, busca culpables. Y tú, la orgullosa heredera del Grupo Cruz, eres la candidata perfecta.

El silencio entre los dos se volvió denso, cargado de una tensión eléctrica que amenazaba con hacerme estallar. Recordé la mirada agonizante de mi padre en la camilla y las palabras del abogado en el pasillo: las cuentas estaban bloqueadas, las líneas de crédito suspendidas. Nos estaban asfixiando sistemáticamente con una precisión quirúrgica que solo una mente como la de Sebastián podía diseñar.

—Si te casas conmigo, te conviertes en una Montalvo —continuó él, su voz bajando a un susurro que rozó mi oído—. Mi equipo legal asumirá tu defensa y esas pruebas desaparecerán en veinticuatro horas. Tu padre tendrá los mejores especialistas privados y tu empresa se salvará de la quiebra.

—Prefiero la cárcel antes que ser tu propiedad —repliqué, sosteniéndole la mirada con todo el orgullo que me quedaba.

Sebastián sonrió, pero fue una mueca gélida, carente de cualquier rastro de la calidez que alguna vez me mostró hace siete años.

—No, no lo prefieres, Valeria. Porque si tú vas a la cárcel, el seguro médico de tu padre se cancelará esta misma tarde. Lo trasladarán a un hospital público y morirá en una camilla comunitaria. Pasarás el resto de tu vida tras las rejas sabiendo que pudiste salvarlo y elegiste tu orgullo.

Tragué saliva, sintiendo el sabor amargo de la derrota golpeándome la garganta. Me tenía completamente acorralada. Había estudiado cada una de mis lealtades y debilidades para usarlas como armas de destrucción masiva en mi contra.

—¿Por qué? —pregunté con la voz rota, dando un paso atrás—. Si tanto me odias por el pasado, ¿por qué quieres encadenarte a mí por un año? ¿Qué ganas con esto?

Él dio un paso al frente, atrapando mi retirada. Me tomó de la barbilla con un agarre firme, dominante, obligándome a mirarlo directamente a esos ojos que eran dos pozos impenetrables de frialdad.

—Porque el odio, Valeria, es un vínculo mucho más fuerte y duradero que el amor —sentenció, y sus dedos presionaron mi piel con una posesividad que me erizó el vello de la nuca—. Y yo todavía no he terminado contigo. Quiero verte caer, pero quiero que caigas bajo mis reglas.

Lo miré, sintiendo un escalofrío recorrer mi columna. Estaba frente al hombre que alguna vez amé, transformado en el verdugo que venía a comprar mi libertad. Pero mientras veía el abismo en su mirada, la chispa de la sumisión fingida que planeaba usar en el futuro empezó a gestarse en mi mente. Sebastián creía que me estaba destruyendo, pero me estaba dando la única oportunidad para sobrevivir, entrar en su imperio y, eventualmente, devolverle el golpe desde adentro.

Solté un suspiro lento, rindiendo la primera batalla para poder ganar la guerra.

—Acepto —susurré.

—Sabia elección —dijo él, soltándome la barbilla de golpe—. El juez de paz nos espera en el despacho de la planta baja. Tienes diez segundos para limpiarte las lágrimas. Bienvenida al infierno, esposa mía.

Sebastián se giró hacia la salida, dándome la espalda por primera vez. No vio la sonrisa gélida y calculadora que cruzó mis labios mientras guardaba el bolígrafo en mi bolso. Él creía que había comprado a una prisionera; no sabía que acababa de firmarle el pase de entrada a su propio verdugo.

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