Capítulo 4 El precio de lo que fuimos
Firmar fue fácil. Lo difícil fue entender la magnitud de mi error.
El frío de las esposas metálicas todavía quemaba en mis muñecas cuando los abogados de Sebastián lograron sacarme de la comisaría tras pagar una fianza obscena. No hubo flores. No hubo testigos. Solo el contrato que firmé antes de ser arrestada, una fianza millonaria y una sentencia de muerte disfrazada de alianza legal.
—Sube —ordenó Sebastián.
Abrió la puerta de la camioneta negra estacionada a pocos metros de la patrulla. No discutí. Ya no tenía margen para pelear. El vehículo arrancó con un motor sordo. Nadie habló.
Afuera, la ciudad seguía su ritmo. Nadie sabía que mi vida acababa de romperse en mil pedazos. Me crucé de brazos, sintiendo el frío del aire acondicionado como agujas sobre la piel todavía tensa por el arresto.
—Habla —dije—. Ahora.
Sebastián no me miró. Tenía el perfil tallado en piedra y los ojos fijos en el asfalto. Siempre calculando. Siempre tres pasos por delante.
—¿Qué quieres saber?
—Todo. Por qué este teatro. Por qué dejar que me pusieran las esposas antes de sacarme. Y qué pasó realmente hace siete años.
Se tensó. Lo vi en el músculo de su mandíbula. Sus dedos se cerraron sobre el cuero del asiento.
—No es relevante.
—¿No es relevante? Me usaste para quedarte con mis acciones y luego me libraste de la celda a cambio de este matrimonio forzado. Tengo derecho a saber por qué me odias tanto.
—No te obligué —replicó, girándose hacia mí—. Tú elegiste.
—¿Vas a fingir que tenía otra opción mientras la policía me rodeaba?
—Siempre hay opciones, Valeria. Solo que las tuyas incluían pudrirte en una cárcel preventiva. Yo solo te ofrecí un atajo.
Sus ojos se clavaron en los míos. No había suavidad. Había un fuego antiguo, oscuro y peligroso.
—No necesitabas ayuda para destruirte —continuó—. Tu familia ya estaba en caída libre. Yo solo vine a comprar los restos.
—Entonces responde: ¿por qué yo?
El vehículo se detuvo en un semáforo en rojo. El silencio fue absoluto.
—Porque me lo debes —sentenció—. Me lo debes todo.
—No te debo nada. Tú fuiste quien se marchó.
—Hace siete años me elegiste —su voz bajó una octava—. Me juraste que dejarías todo atrás. Y al día siguiente desapareciste.
Mi respiración se cortó. Los recuerdos intentaron emerger, borrosos por el dolor.
—Eso no fue así. Mi padre me dijo que te habías ido por dinero.
—Tu padre me ofreció un cheque para alejarme de ti —sonrió con una amargura venenosa—. Una transacción limpia. Cuando rechacé el dinero, decidió destruirme. Me acusó de fraude. Fabricó pruebas y me dejó al borde de la cárcel. Perdí mi nombre, mi trabajo y mi futuro en una sola tarde.
Me quedé sin palabras. Una parte de mí quería gritar que mentía, pero recordé la mirada aterrorizada de mi padre en la gala y su súplica moribunda de no confiar en nadie.
—Y tú —añadió Sebastián— nunca viniste. Ni una llamada. Aceptaste la versión oficial sin dudar.
—Me dijeron que te habías vendido —susurré—. Me dijeron que te habías ido con el dinero de la empresa.
—Eso es lo que querían que pensaras.
El aire dentro de la camioneta pesaba toneladas. Me sentía pequeña y, al mismo tiempo, profundamente furiosa.
—¿Y ahora qué? ¿Esto es tu gran venganza? ¿Rescatarme de la policía solo para cobrarte con mi libertad?
—Esto es equilibrio. Alguien más está involucrado en el fraude de hoy, Valeria. Tu padre no actuó solo hace siete años, y tampoco ahora. Alguien usó tu firma digital para el desvío de fondos porque sabe que eres el eslabón más débil.
Me acerqué a él, ignorando el miedo.
—Si descubro que me estás mintiendo —le siseé a centímetros de su rostro—, juro que voy a destruirte. No me importa la fianza ni el contrato.
Sebastián no retrocedió. Al contrario, se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio hasta que su aliento quemó mi piel.
—Hazlo —respondió—. Pero asegúrate de sobrevivir primero. Porque a partir de hoy, bajo la libertad condicional de nuestro matrimonio, cada decisión que tomes, cada paso que des y cada respiro que des… pasa por mí.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Esto no era un matrimonio. Era una jaula con barrotes de oro.
—Eres un monstruo.
—Y tú eres mi esposa —su mano subió a mi nuca, firme, posesiva—. Estás exactamente donde siempre debiste estar. A mi lado.
El vehículo se detuvo frente a un edificio de cristales oscuros. Un complejo privado, elegante y aterrador.
—Hemos llegado —dijo él, soltándome de golpe—. Tu nueva realidad empieza ahora.
Miré la fachada. Sabía que aceptar su mano era firmar un pacto con el diablo, pero la alternativa era volver a la celda de la que me acababa de sacar. Salí del coche y el frío de la tarde me golpeó el rostro. Ya no había vuelta atrás.
Había entrado a su mundo para salvarme de la cárcel, pero me quedaría para quemarlo todo. Incluyéndolo a él.
