Capítulo 1 El Precio de las Sombras

​El perfume de la alta sociedad siempre me ha parecido una mezcla aburrida de lavanda y falsedad. Pero esa noche, en la recepción privada de la galería de arte de mi familia, el aire olía a algo mucho más peligroso: a pólvora disimulada bajo lino caro y a la certeza absoluta de que mi padre había firmado mi sentencia de muerte.

​Me llamo Victoria Rivas. Para la prensa, soy la heredera caprichosa que colecciona escándalos tanto como antigüedades. Para los hombres que me miraban desde las esquinas del salón principal, esperando una oportunidad para cobrar la recompensa por la pieza robada que mi familia tenía en su poder, no era más que un trofeo con patas.

​—Mantén la copa de cristal a la altura del pecho, Victoria. Si te tiembla el pulso, que no sea por miedo, sino por elegancia —murmuró mi padre a mi lado, ajustándose los gemelos con una frialdad que me revolvió el estómago.

​—Guárdate tus consejos de manual, papá. Si querías que alguien me cuidara de los buitres, habrías contratado a un ejército, no a un solo hombre.

​Y entonces lo vi. Cruzando el umbral de las puertas dobles de roble, ignorando por completo la etiqueta del evento al aparecer con un traje oscuro impecable pero sin corbata, con la rigidez de alguien que ha caminado por zonas de guerra.

​Dante Kael.

​No venía recomendado por agencias de seguridad comunes. Había operado en los rincones más oscuros del mundo corporativo y clandestino. Su mandíbula estaba marcada por una cicatriz casi imperceptible, y sus ojos oscuros —penetrantes, calculadores, vacíos de cualquier atisbo de compasión— recorrieron el salón en tres segundos, mapeando salidas, puntos ciegos y posibles amenazas.

​Cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez, el ruido de la gala pareció desvanecerse. No hubo un destello romántico ni una chispa de complicidad. Fue un choque de trenes. En sus ojos leí desdén puro; para él, yo era solo una niña mimada, un paquete costoso y estorboso que le habían asignado cuidar. En los míos, la promesa silenciosa de que haría lo imposible por sacarlo de quicio.

​Mi padre se adelantó, estrechándole la mano con una mezcla de urgencia y sumisión.

​—Dante. Qué bueno que llegas. Ella es Victoria.

​Kael se acercó lentamente. Su presencia era abrumadora, una muralla de músculos y peligro latente que se cernía sobre mí con una arrogancia que me encendió la sangre. No me saludó con una inclinación de cabeza ni con la falsa cortesía de los invitados. Se detuvo a apenas unos centímetros, invadiendo mi espacio vital con una intención descarada.

​—Así que tú eres la razón por la cual tendré que ensuciarme las manos esta temporada —su voz era un ronquido grave, directo al oído, áspero como lija y cargado de una burla helada—. Espero que sepas correr con esos tacones, Victoria. Porque en el mundo al que vamos a entrar, los berrinches no detienen las balas.

​Sentí que el orgullo me quemaba en la garganta. Di un paso al frente, alzando la barbilla para sostenerle la mirada sin parpadear, sintiendo el calor de su cuerpo intimidante a tan poca distancia.

​—Guárdate las advertencias de niñero barato, Kael. No pedí que me salvaran, y te aseguro que el mayor peligro en esta habitación no son los hombres armados de allá afuera... soy yo si decides volver a hablarme con ese tono.

​Una comisura de sus labios se elevó en una sonrisa torcida, peligrosa, casi imperceptible. Un destello de oscuro interés cruzó por sus ojos, como si acabara de descubrir que el juguete que le habían asignado tenía dientes. Lo que ninguno de los dos sabía en ese instante, envueltos en esa guerra silenciosa de orgullo y desafío, era que cada cálculo de su mente fría ya estaba trazado... y que yo estaba a punto de caminar directo hacia la trampa más hermosa y destructiva de mi vida.

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