Capítulo 2 El Precio de la Seducción
El viaje en coche hacia la "casa segura" en las afueras de la ciudad fue una prueba de resistencia psicológica. Durante las primeras dos horas, lo único que se escuchaba en el habitáculo era el repiqueteo rítmico de los limpiaparabrisas contra el parabrisas y el zumbido sordo del motor.
Dante conducía con una sola mano, apoyando el antebrazo en el volante con una calma irritante. Su perfil, iluminado de vez en cuando por las luces fugaces de la carretera, lucía tan afilado como el cuchillo que llevaba oculto en la guantera.
—Si sigues mirándome así, Victoria, vas a lograr que piense que te gusto —dijo de repente, sin apartar la vista de la vía, con una nota de burla contenida en la voz.
Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula. Me giré hacia la ventanilla, cruzándome de brazos.
—Prefiero lamer el asfalto antes que sentir algo por un mercenario arrogante que cree que puede tratarme como equipaje de mano.
Dante soltó una risa seca, un sonido grave que me recorrió la piel de forma extraña.
—Guárdate los insultos. Los vas a necesitar cuando lleguemos al refugio y descubras que solo hay una cama y una sola línea telefónica con el exterior.
La Estrategia Oculta
Lo que yo no sabía —y lo que él ocultaba bajo esa fachada de rudeza y profesionalismo— era que cada movimiento, cada roce calculado y cada mirada intensa formaban parte de un guion milimétricamente trazado.
Semanas antes, en una oficina mal iluminada del centro financiero, Dante había firmado un contrato muy diferente al que conocía mi padre. Sus empleadores no eran defensores de la ley; eran los cabecillas de la red internacional que reclamaba la pieza de arte. Su misión original era simple: acercarse a la heredera de los Rivas, enamorarla, ganar su absoluta confianza y conseguir que firmara la transferencia legal de los activos y bienes corporativos bajo el pretexto de "protegerlos del embargo".
Cada café compartido en silencio, cada vez que curó el rasguño en mi brazo tras la huida inicial, y cada palabra susurrada en la oscuridad del refugio no eran más que tácticas de manipulación psicológica diseñadas para romper mis defensas.
Pero el plan de Dante tenía un fallo fundamental: no contaba con Victoria.
El Quiebre en la Cabaña
Estábamos atrapados en una vieja cabaña de cazadores en medio del bosque. La tormenta afuera sacudía los ventanales con furia. La tensión entre nosotros se había vuelto densa, insoportable, alimentada por días de encierro y por una cercanía forzada que empezaba a desdibujar las líneas del contrato.
Dante estaba de espaldas a mí, revisando los mapas sobre una mesa de madera mientras la luz de la lámpara de queroseno doraba las cicatrices de su espalda. Me acerqué con pasos silenciosos, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba no por miedo, sino por esa extraña atracción que me negaba a admitir.
—¿Hasta cuándo vamos a seguir jugando a este escondite, Dante? —le pregunté con voz baja, deteniéndome a un paso de distancia.
Él se giró lentamente. Sus ojos oscuros me examinaron con una intensidad devoradora. Dio un paso hacia mí, cerrando el espacio, y antes de que pudiera replicar, su mano firme se posó en mi cintura, atrayéndome hacia su cuerpo con una posesividad que me dejó sin aliento.
—No estás jugando conmigo, Victoria. Creeme, si estuviera jugando, ya te habría alejado hace días —murmuró con la voz ronca, rozando con sus dedos la comisura de mis labios.
En ese preciso instante, mirando la sinceridad aparente que brillaba en sus ojos, mi corazón traicionó a mi razón. Me perdí en su beso, un choque de desesperación y fuego que quemó cualquier rastro de desconfianza.
Lo que ninguno de los dos sabía es que, mientras nos consumíamos en esa mentira convertida en amor real, el documento que sellaba mi ruina financiera ya estaba redactado en su maletín... y el tiempo para descubrir la verdad se estaba agotando.
