Capítulo 3 Grietas en el Cristal

​El calor del beso aún se sentía en mis labios cuando la realidad exterior decidió golpearnos de nuevo. Un estruendo sordo proveniente del perímetro de la cabaña rompió la frágil burbuja en la que habíamos estado sumergidos durante apenas unos minutos.

​Dante se apartó de golpe, con los reflejos de un depredador al que han interrumpido. Su expresión de vulnerabilidad desapareció en una fracción de segundo, reemplazada por la máscara fría y calculadora del mercenario. En un par de movimientos fluidos, desenfundó su arma y se colocó junto al marco de la puerta, haciendo una seña firme para que retrocediera hacia el rincón más oscuro.

​—No te muevas de aquí, Victoria. Pase lo que pase, no hagas un solo ruido —me ordenó en un susurro áspero, antes de fundirse con las sombras del pasillo.

​El corazón me latía en la garganta. Miré a mi alrededor, sintiendo el peso de la incertidumbre. Fue entonces, mientras mis ojos recorrían el desorden de la habitación, cuando lo vi.

​Sobre la esquina de la mesa de trabajo, parcialmente cubierto por un mapa topográfico, sobresalía la esquina de una carpeta de cuero negro que Dante siempre llevaba consigo y que jamás me permitía tocar. Un instinto visceral, una punzada de desconfianza que ni siquiera sus caricias habían logrado disipar del todo, me impulsó a moverme.

​Me acerqué con el paso silencioso de un felino, ignorando su advertencia. Mis dedos temblaron al abrir la solapa de la carpeta.

​Lo primero que apareció ante mis ojos no fueron mapas de escape ni rutas de contrabando. Eran documentos corporativos legales, membretes bancarios y un contrato de exclusividad firmado con una firma anónima. Y encabezando la última hoja, con una serie de cláusulas detalladas sobre la transferencia de los activos de la empresa Rivas, estaba su nombre y su firma clara y nítida: Dante Kael.

​Las palabras comenzaron a desdibujarse ante mis ojos, pero la frase principal quedó grabada a fuego en mi mente: «El objetivo principal es la posesión legal y control absoluto de los bienes de Victoria Rivas bajo el pretexto de protección de activos».

​El aire pareció abandonar mis pulmones. Todo cobró sentido de golpe: las miradas calculadas, la cercanía forzada, el rescate perfectamente sincronizado. Cada segundo a su lado había sido una actuación milimétricamente ensayada para robarme la vida.

​—¿Buscabas algo interesante, Victoria? —la voz grave y helada de Dante resonó a mis espaldas, congelándome los huesos.

​Me giré lentamente, sosteniendo el documento en mis manos con una mezcla de furia ciega y el corazón hecho trizas. Ya no había lágrimas; solo el fuego helado de la traición.

El Precio de la Traición

El papel entre mis dedos crujió como si fuera mi propio corazón rompiéndose en mil pedazos.

Miré el documento una y otra vez, buscando desesperadamente algún indicio de que fuera una broma macabra, una prueba de entrenamiento o un error absurdo. Pero los sellos notariales, los números de cuenta y las cláusulas escritas en una tipografía fría y precisa no dejaban lugar a dudas.

Dante no me había protegido por lealtad. No me había mirado con esa intensidad devoradora porque le importara. Todo había sido un cálculo milimétrico, una actuación perfecta de un depredador paciente que sabía exactamente qué botones presionar para que la heredera rebelde cayera rendida a sus pies... y le entregara las llaves de su imperio en bandeja de plata.

—¿Buscabas algo interesante, Victoria? —Su voz retumbó en la habitación, grave y cortante como el filo de un cuchillo.

Me puse de pie con una lentitud glacial. El temblor en mis manos había desaparecido, reemplazado por una descarga de adrenalina pura y un dolor tan profundo que se transformó en pura rabia. Me giré para enfrentarlo.

Dante estaba de pie en el umbral, con la pistola apuntando hacia abajo y la mandíbula tensa. Pero cuando sus ojos oscuros chocaron con los míos y vio los papeles temblando levemente en mis manos, la máscara de frialdad se resquebrajó por primera vez. Un atisbo de pánico genuino cruzó por su rostro.

—Vicky... déjame explicarte —comenzó a decir, dando un paso al frente con la mano extendida, como si temiera que fuera a desaparecer o a romperme allí mismo.

—¿Explicarme qué, Dante? ¿Que cada caricia fue una mentira? ¿Que cada vez que me dijiste que estabas arriesgando tu vida por mí, solo estabas calculando cuánto valía mi patrimonio en el mercado negro? —Mi voz salió rota, pero afilada como un cristal roto. Di un paso hacia él, arrojándole los documentos directamente al pecho. Las hojas cayeron como nieve sucia sobre el suelo de madera—. ¡Me vendiste! ¡Jugaste conmigo con una precisión asquerosa!

—¡No es tan simple! —bramó él, perdiendo la compostura por completo. En dos zancadas cerró el espacio entre nosotros, agarrándome de los antebrazos con fuerza, intentando inmovilizar mi furia—. ¡Sí, fui contratado para infiltrarme! ¡Ese era el maldito plan original! ¡¿Crees que no lo sé?!

—¡Entonces suéltame! —grité, forcejeando con todas mis fuerzas, sintiendo las lágrimas de impotencia quemándome los ojos pero negándome a dejar que cayeran frente al hombre que había destruido mi mundo—. ¡Si se suponía que ibas a robarme todo, ya lo hiciste! ¡Ya me robaste la confianza, la poca fe que me quedaba en la gente y la maldita dignidad! ¿Qué más quieres, Kael? ¿Quieres que te extienda un cheque en blanco antes de dispararte?

Dante me apretó contra su cuerpo, ignorando mis golpes en su pecho, bloqueando cualquier intento de escape con una desesperación que no le había visto jamás. Su respiración era agitada, y sus ojos oscuros brillaban con un tormento real.

—¡El plan cambió, maldición! —rugió, pegando su frente a la mía mientras su voz se quebraba en un eco áspero—. ¡El día que te vi cruzar esa puerta desafiando a todo el mundo, el puto plan se fue a la mierda! ¡Traté de alejarte, traté de cumplir con el contrato y largarme con el dinero, pero no pude! ¡Me enamoré de ti, Victoria! ¡Me enamoré de esta maldita pesadilla indomable que tengo agarrada del cuello!

Me quedé completamente helada. El silencio de la cabaña volvió a envolvernos, roto solo por el sonido de la tormenta afuera y el latido desbocado de nuestros pechos presionados el uno contra el otro.

Lo miré fijamente, buscando una sola fisura de mentira en su mirada. Pero lo que vi allí fue terror puro: el terror de un hombre frío que se dio cuenta demasiado tarde de que había perdido la guerra contra su propio corazón.

Una sonrisa amarga, fría y cargada de veneno se dibujó en mis labios. Levanté la barbilla, mirándolo con un desprecio absoluto.

—Qué conmovedora confesión, Dante —susurré con una calma aterradora, deslizando lentamente mis manos hacia el cuchillo táctico que él llevaba oculto en el cinto—. El gran depredador terminó enamorado de su presa. Pero cometiste un pequeño error...

Saqué el arma de su funda con un movimiento rápido y letal, apuntando directamente a su pecho mientras daba un paso atrás para distanciarme de su calor.

—...y es creer que la presa se va a dejar devorar sin arrancar antes un par de gargantas. A partir de ahora, Kael, tú y yo ya no estamos huyendo de mis enemigos. Estamos jugando a la supervivencia, y te juro que el único que va a salir quemado de este fuego vas a ser tú.

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