Capítulo 4 Líneas de fuego

​El sonido del cerrojo de la pistola al encajar en su sitio resonó en las paredes de madera como un veredicto inapelable. Dante no retrocedió. Se quedó allí, con las manos ligeramente separadas de los costados, en una postura de rendición que contrastaba de manera violenta con la intensidad desafiante de su mirada.

​—Dispara si crees que eso va a borrar lo que sientes, Victoria —su voz era un susurro ronco, despojado de toda la arrogancia con la que había cruzado la puerta de la galería días atrás—. Pero hazlo sabiendo que la bala no va a cambiar el hecho de que, por primera vez en mi vida, no tengo un plan de salida.

​—No necesito planes, Dante. Aprendí la lección —le espeté, manteniendo el pulso firme aunque el pecho me quemaba con una mezcla tóxica de rabia y dolor—. Creí que eras el escudo, y resultaste ser la daga.

​Antes de que pudiera dar un paso más o intentar arrebatarme el arma, un estruendo ensordecedor sacudió la cabaña. El cristal de la ventana principal estalló en mil pedazos, lloviendo como diamantes rotos sobre el suelo de madera. Las ráfagas de disparos desde el exterior no tardaron en llegar, perforando las paredes y obligándonos a romper la distancia de inmediato.

​—¡Nos encontraron! —bramó Dante, cambiando de actitud en una décima de segundo. Su instinto de supervivencia de exmercenario se activó de golpe.

​Se lanzó hacia mí con una velocidad pasmosa, derribándome justo cuando una ráfaga de balas atravesaba el espacio exacto donde yo había estado parada hacía un segundo. Su cuerpo me cubrió por completo, protegiéndome con su propio peso mientras los listones de madera de la pared saltaban astillados por el impacto del plomo.

​—¡Suéltame! ¡Puedo moverme! —protesté, intentando zafarme de su agarre mientras forcejeaba para recuperar el control de mi pistola.

​—Cállate y escúchame, Victoria —me gruñó al oído, con el aliento agitado y la mandíbula tensa contra mi sien—. Los hombres que están allá afuera no vienen a negociar activos ni a firmar contratos. Vienen a borrar cabos sueltos, empezando por ti... y terminando por mí, por haber fallado en la misión.

​Lo miré a los ojos, a escasos centímetros de los míos en medio del caos, y por primera vez vi la cruda realidad: el peligro ya no era un juego corporativo ni una estratagema financiera. Era una guerra abierta, y los verdaderos monstruos acababan de llegar a la puerta.

Bajo la Línea de Fuego

El olor a pólvora quemada y astillas de pino inundó el aire en cuestión de segundos. Los disparos no cesaban; el eco de las ráfagas resonaba contra las paredes de la cabaña, destrozando lo poco que quedaba de los muebles y convirtiendo nuestro refugio en una ratonera.

Dante se apartó de mí lo justo para levantar su arma a través del marco roto de la ventana y devolver el fuego con precisión quirúrgica. Dos disparos secos al exterior se tradujeron en un grito ahogado y el sonido de alguien desplomándose sobre la hojarasca mojada.

—¡Están cubriendo el perímetro trasero! —advirtió Dante sin perder la compostura, aunque el sudor le resbalaba por la frente mezclándose con un hilo de sangre que le brotaba de un rasguño en la mejilla—. Si nos quedamos aquí diez minutos más, van a volar este lugar con nosotros adentro.

Me puse en pie de un salto, aferrando con fuerza el arma que le había quitado. La adrenalina me latía en las sienes con tanta fuerza que apenas sentía el temblor de mis manos.

—No pienso quedarme a esperar que me conviertan en cenizas, Kael —espeté con una frialdad que lo sorprendió por un instante—. Conozco la salida de servicio de los guardabosques. Está a cincuenta metros cruzando el arroyo.

Dante me miró fijamente, y en sus ojos oscuros ya no había rastro del mercenario cínico ni del hombre que había planeado traicionarme; solo quedaba un socio de supervivencia dispuesto a jugarse la vida codo a codo conmigo. Una media sonrisa tensa se dibujó en sus labios.

—Guíame, pequeña pesadilla —respondió, cubriéndome la espalda mientras yo pateaba la puerta trasera de la cocina.

La Huida en el Bosque

La noche era una boca de lobo, iluminada únicamente por los relámpagos intermitentes de la tormenta que descargaba sobre el bosque. Corrimos entre los árboles húmedos, esquivando ramas que nos azotaban el rostro y sintiendo el barro succionar nuestras botas con cada zancada.

A nuestras espaldas, los gritos de los mercenarios y los destellos de linternas tácticas confirmaban que nos pisaban los talones.

—¡Por aquí! —le grité a Dante, señalando una pendiente pronunciada cubierta de helechos que descendía hacia el río crecido.

Nos lanzamos prácticamente por la pendiente, rodando entre el lodo y la hojarasca hasta impactar contra la orilla fangosa. El agua helada del arroyo nos golpeó el pecho al cruzarlo a tropezones, con la corriente tirando de nuestras ropas. Sentí que mis piernas flaqueaban por el cansancio extremo, pero antes de que pudiera resbalar, una mano de hierro me atrapó del brazo, izándome con una fuerza sobrenatural para sacarme del agua.

Dante me empujó detrás de un promontorio de rocas cubierto de musgo, justo a tiempo. Segundos después, las linternas de los perseguidores barrían la orilla opuesta del arroyo, buscando rastro de nosotros.

Estábamos tan cerca el uno del otro que podíamos escuchar nuestras respiraciones agitadas compitiendo con el rugido del agua. Las gotas de lluvia escurrían por su cabello oscuro y su ropa empapada, marcando los planos duros de su rostro.

Por un segundo, el peligro exterior pareció desvanecerse. Sus ojos oscuros bajaron lentamente hacia mis labios antes de encontrarse con mi mirada, cargados de una intensidad que quemaba más que el frío de la noche.

—Si salimos vivos de esta, Victoria... —murmuró con la voz ronca, rozando mi mejilla con la yema del dedo pulgar, en un gesto involuntario lleno de una vulnerabilidad que desarmaba cualquier argumento—... te juro que te daré el derecho de dispararme de verdad.

Me quedé inmovilizada bajo su tacto, sintiendo cómo el odio que había jurado mantener intacto se tambaleaba peligrosamente ante el calor de su cercanía.

—Guárdate las promesas para cuando crucemos la frontera, Kael —le susurré de vuelta, apartando lentamente su mano con desdén fingido, aunque mi corazón traicionara cada una de mis palabras—. Porque el día que esto termine, tú y yo tendremos una larga cuenta pendiente que saldar.

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