Capítulo 5 Sombras del Pasado

​El frío de la madrugada en la orilla del arroyo se filtraba a través de la ropa empapada, pero el verdadero hielo lo llevaba yo en el pecho. Las palabras de Dante —su confesión forzada bajo los disparos— seguían resonando en mi cabeza, compitiendo con el rugido sordo del agua.

​—Tenemos que movernos, Victoria —su voz, grave y contenida, rompió el silencio mientras me tendía la mano para ayudarme a subir por el terraplén embarrado—. Los hombres de Sotomayor peinaron el sector sur. Si nos quedamos estáticos aquí, nos encontrarán antes del amanecer.

​Miré su mano extendida durante un segundo eterno. Callosa, firme, la misma mano que había sostenido los contratos que planeaban mi ruina, pero también la que me había salvado de recibir una bala pocas horas antes. No la tomé. Me impulsé por mí misma contra la roca, ignorando su gesto y pasándole por al lado con la barbilla en alto.

​Dante se quedó estático un instante, tragándose el orgullo con la misma paciencia amarga con la que cargaba sus propios errores. No dijo nada; simplemente se puso a mi espalda, cubriendo cada uno de mis flancos con una disciplina militar implacable.

​La Caza

​Caminamos durante kilómetros bajo la llovizna persistente, adentrándonos en una zona montañosa abandonada donde las viejas instalaciones de una antigua fundición de hierro se alzaban como esqueletos oxidados contra el cielo gris. Era el lugar perfecto para esconderse... o para quedar atrapados sin salida.

​—Aquí es —murmuró Dante, forzando con una navaja el cerrojo oxidado de una puerta lateral de servicio que daba al sótano de la estructura principal—. Es un punto ciego para las cámaras de vigilancia que la red suele utilizar en esta región.

​Una vez dentro, el ambiente olía a metal viejo, humedad y abandono. La única luz que teníamos era el haz delgado de la linterna táctica que Dante llevaba sujeta en la mano izquierda, mientras con la derecha sostenía firmemente el arma.

​—Descansa aquí unos minutos. Voy a asegurar el perímetro superior —dijo, señalando una caja de madera seca junto a una columna de concreto.

​—No soy un mueble, Dante. Deja de darme órdenes —le receté con voz gélida, apoyando mi espalda contra la pared de cemento frío y cruzándome de brazos—. Y no te alejes demasiado. Necesito que estés a la vista si decido cambiar de opinión y dispararte yo misma.

​Dante se detuvo a mitad de camino hacia las escaleras de metal. Giró ligeramente el rostro, y a través de la penumbra pude ver una sombra de dolor genuino cruzando sus facciones duras.

​—Hazlo cuando quieras, Victoria. Pero te prometo que antes de que esa bala me alcance, me encargaré de que ninguno de los que te quieren destruir vuelva a respirar en este mundo.

​Sin esperar respuesta, se desvaneció en la oscuridad de la escalinata superior. Me quedé sola con mis pensamientos, sintiendo que, por mucho que intentara odiarlo, el fuego de su protección y su culpa me estaban quemando por dentro de la manera más peligrosa posible.

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