Capítulo 6 Cuentas Pendientes

​El eco de las botas de Dante desapareció en los pisos superiores de la fundición abandonada, dejándome a merced del goteo constante del agua y de los fantasmas de mis propias dudas.

​Miré a mi alrededor en la penumbra. El frío metálico del lugar me obligó a ponerme de pie y caminar para calentar los músculos. Fue entonces, al recorrer un pasillo secundario oculto detrás de unas estanterías metálicas oxidadas, cuando descubrí una pequeña oficina administrativa que había permanecido intacta al paso del tiempo. Sobre el escritorio cubierto de polvo descansaba una vieja radio de comunicacion satelital y, a su lado, un mapa desplegado de la región fronteriza.

​Me acerqué con cautela, encendiendo la pantalla de mi linterna. El aparato de radio emitía un zumbido estático de baja frecuencia. Al ajustar la perilla de sintonización buscando alguna señal que nos permitiera saber dónde estábamos o si la policía local se movilizaba, una voz fría y distorsionada filtrada por la estática congeló la sangre en mis venas.

​—Kael... aquí Operación Sombra. Reporte de estado. La unidad en el bosque confirmó la baja del objetivo secundario. ¿Tiene a la heredera bajo control o necesita refuerzos para la extracción final?

​El aire se atragantó en mi garganta. Mis dedos apretaron con tanta fuerza el borde de la mesa que los nudillos se me pusieron blancos.

​No era una radio antigua común; estaba sintonizada en una frecuencia encriptada y activa. Dante seguía teniendo línea directa con ellos.

​Antes de que pudiera apartarme o pensar en una respuesta, una sombra alta y pesada bloqueó la puerta de la oficina. La luz de la linterna de Dante iluminó el espacio, revelando su rostro tenso y la mirada oscura fija en mí. Al ver el aparato de radio encendido y escuchar los restos de la transmisión desvaneciéndose en un pitido, la expresión de Dante cambió de la urgencia a la absoluta desesperación.

​—Victoria... no toques eso —su voz salió en un susurro cortante, dando un paso al frente con las manos abiertas, como si intentara apaciguar a una fiera herida.

​Me giré hacia él con una lentitud letal, sosteniendo el transmisor en mi mano como si fuera una granada lista para estallar. El dolor inicial se había transformado en una coraza de hielo puro.

​—¿No tocar qué, Dante? ¿La línea directa con tus jefes? ¿El canal donde reportan si sigo viva o si ya me convertí en un estorbo para tus planes? —le espeté, con los ojos ardiendo de rabia y la voz temblando de furia contenida—. Dijiste que el plan había cambiado. Dijiste que te habías enamorado. ¡Pero sigues conectado a ellos! ¡Me sigues vendiendo!

​—¡Estaba buscando su frecuencia para rastrear su posición y saber por dónde nos van a atacar, maldición! —rugió Dante, perdiendo el control por primera vez, cerrando el espacio entre nosotros con una desesperación que rozaba la locura—. ¡No tengo ningún pacto con ellos! ¡Te lo juro, Victoria! ¡Los traicioné el mismo día que decidí sacarte de esa cabaña!

​—¡Ya no te creo nada, Kael! —grité, levantando el aparato y arrojándoselo contra el pecho con todas mis fuerzas antes de pasar por su lado corriendo hacia la salida del pasillo—. ¡Se acabó el juego! Si quieres seguir con vida, quédate en este infierno, porque yo voy a terminar esta guerra por mi cuenta.

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