Capítulo 7 En la Línea de Salida
El eco de mis pisadas resonando contra el suelo de cemento de la fundición era lo único que competía con el sonido ensordecedor de mis propios latidos. No miré atrás. Sabía que si me detenía un solo segundo a dudar, la armadura de rabia y desprecio con la que me había cubierto se vendría abajo.
Dante no me persiguió de inmediato. Había entendido, por fin, que acorralarme físicamente solo lograba encender más el fuego destructivo que nos consumía.
Me detuve en el extremo opuesto del gran almacén principal, apoyando las manos sobre una mesa de trabajo cubierta de herrumbre para recuperar el aliento. El aire en el sótano era denso, pesado, cargado con el olor inconfundible a metal frío y a peligro inminente. A través de los cristales rotos de los ventanales altos, la pálida luz de la madrugada comenzaba a filtrarse, dibujando sombras alargadas que parecían acechar en cada rincón.
—No vas a poder salir sola de aquí, Victoria —la voz de Dante rompió el silencio a mis espaldas, baja pero firme, resonando con una calma tensa que me irritaba el sistema nervioso.
Me giré bruscamente, encontrándolo a unos metros de distancia. No llevaba el arma en la mano; las mantenía relajadas a los costados, en una postura de total vulnerabilidad que solo conseguía ponerme más alerta.
—Prefiero arriesgarme a caminar sola hacia una trampa que seguir un solo segundo más los pasos de un mentiroso, Kael —le espeté, con la mandíbula tensa y los ojos fijos en los suyos—. Esa radio no se sintoniza sola. Tenías el canal abierto. Estabas negociando nuestra salida o tu parte del trato mientras fingías protegerme en la cabaña.
Dante dio un paso al frente, y la expresión en su rostro endureció de golpe las facciones.
—Si hubiera querido entregarte, ya lo habría hecho desde el primer día en Nueva York. Nadie me obligaba a traicionar a la red, Victoria. Lo hice porque cuando te miré a los ojos por primera vez, supe que destruir tu vida iba a destruir la mía también —su voz salió ronca, cargada de una verdad tan visceral que por un instante amenazó con quebrantar mis defensas—. La radio... la radio era una frecuencia abierta de barrido. Intentaba averiguar si Valeria había desplegado al equipo de rastreo alfa o beta. No estaba pidiendo rescate; estaba intentando adelantarme a sus movimientos para sacarte con vida de este país.
Me quedé inmovilizada, atrapada entre el deseo desesperado de creerle y el veneno frío de la evidencia que acababa de presenciar.
Antes de que pudiera responderle, un sonido metálico en el exterior —el crujir seco de una grava pisada con bota táctica justo al otro lado del portón principal— nos devolvió de golpe a la cruda realidad.
Dante reaccionó en una fracción de segundo. Con un movimiento rápido y fluido, cruzó el espacio entre ambos, me agarró del brazo y me arrastró hacia la cobertura de una vieja columna de soporte de acero, sacando la pistola de su cinto con la mano libre.
—Ya llegaron —susurró contra mi oído, rozando mi piel y recordándome que, a pesar de la traición, de la rabia y del odio que nos juramos, en ese tablero de muerte y supervivencia, éramos los únicos peones que quedaban en pie.
Fuego Cruzado en el Silencio
El eco de los pasos en el exterior se multiplicó, rebotando contra los muros de concreto de la fundición abandonada. No era un solo hombre; era un pelotón táctico. Podía escucharse el chasquido metálico de los cerrojos y el susurro apagado de las órdenes dadas mediante handies encriptados.
Dante me tenía presionada contra la columna de acero, su cuerpo convertido en una muralla que me blindaba de cualquier ángulo de visión exterior. Su respiración era profunda, calculada, el contraste perfecto con la tempestad que rugía dentro de mí.
—Van a barrer el perímetro en menos de un minuto —murmuró contra mi cabello, con los ojos clavados en la entrada principal del almacén—. Si nos quedamos aquí, nos rodearán. Hay una escotilla de ventilación industrial a diez metros, detrás de las bobinas de cable. Es nuestra única salida limpia.
—No voy a huir escondiéndome como una cobarde, Dante —le reproché en un susurro áspero, apartando ligeramente su pecho con mis manos para poder sostener mi propia arma—. Nos están cazando en nuestro propio terreno. Si vamos a salir de aquí, va a ser bajo nuestros términos.
Dante me miró fijamente. Por un instante, una chispa de profunda admiración cruzó por su mirada oscura, mezclándose con el terror de saber que cualquier error significaba la muerte. Una sonrisa tensa, casi imperceptible, curvó los labios del mercenario.
—Dije que eras una pesadilla, Victoria... y nunca dejaste de demostrarlo —admitió con voz ronca—. Bien. Atacaremos de frente para distraerlos, y luego nos movemos hacia la escotilla. A la cuenta de tres.
La Emboscada
El primer disparo reventó la cerradura del portón principal. Las puertas de hierro cedieron hacia adentro con un estruendo metálico, dejando pasar haces de luz de linternas tácticas que barrieron la oscuridad del almacén.
—¡Ahora! —bramó Dante.
Salimos de nuestra cobertura de manera sincronizada. Dos detonaciones secas por parte de Dante rompieron el avance del primer mercenario, que cayó pesadamente sobre el suelo de cemento. Yo alcé mi arma y disparé contra el foco de una de las linternas enemigas, haciendo que los cristales estallaran y sumiendo a parte del pelotón en la confusión.
—¡Fuego a las doce! ¡Están ahí! —gritó una voz distorsionada por los equipos de comunicación de los atacantes.
Las balas comenzaron a llover a nuestro alrededor, astillando las mesas de trabajo y levantando chispas de las columnas de metal. Nos desplazábamos con una agilidad desesperada, cubriéndonos el uno al otro en una danza mortal donde la desconfianza mutua quedó relegada ante la necesidad absoluta de sobrevivir.
—¡Por aquí! —le grité, señalando la abertura industrial entre los cables mientras recargaba el cargador con manos temblorosas pero firmes.
Dante cubrió mi retirada con una ráfaga precisa hacia el sector superior, obligando a los atacantes a buscar refugio mientras yo lograba destrabar el pestillo de la pesada escotilla de metal.
El peligro latente y el calor de la batalla volvieron a fundir nuestras barreras. En medio del humo y el olor a pólvora, éramos solo dos almas unidas por el fuego cruzado, sabiendo que, aunque la traición seguía latiendo entre nosotros, el enemigo común no nos daría tregua hasta vernos caer.
