Capítulo diez

Aunque Zeus no pudo venir, Vepar tenía fe en él. Después de todo, él le había prometido, ella se sentó en su cama y frunció el ceño con la palma cruzada.

—Me lo prometiste, Zeus. Ni pienses en no aparecerte—. Su advertencia era profunda, pero inútil porque él no podía escucharla.

—Es una mala idea...

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