Capítulo 1 — La cuarta esposa muerta.
¿Este champán es del más barato o solo son ideas mías?
No soy la más experta en licores, pero este no es el que a mis padres tanto les gusta. En condiciones normales, ellos jamás comprarían este champán barato.
Pero no estamos en condiciones normales, Vee.
Es cierto.
Lo supe al mirar las flores blancas, las cuales claramente no eran mis favoritas, los candelabros de cristal y los trajes costosos que llenaban el salón de la mansión Matthews.
Todo era perfecto.
O al menos pretendía serlo... Para mi mala suerte.
Había una orquesta que tocaba Vivaldi y mi madre, Ravenna Matthews, lucía un imponente collar de diamantes, además de un hermoso vestido de diseñador. Mi padre, Cameron Matthews, en cambio, sonreía con esa sonrisa que usaba cuando estaba a punto de cerrar el mejor trato de su vida.
Yo sostenía mi copa sin beber, queriendo irme y sin entender por qué demonios me habían invitado a este evento cuando normalmente nunca lo hacían.
En todos mis veintiocho años, ellos siempre trataban de evitar que estuviera presente en sus eventos, pero esta vez habían sido bastante insistentes en que mi presencia era muy importante.
Y sin entender nada, aquí estaba, usando un vestido azul marino que Sabrina me había comprado porque "si iba a sufrir, al menos sufriría con estilo". Aun así no podía evitar sentir ese nudo en el estómago que llevaba semanas creciendo, alimentándose de un mal presentimiento que me había empeñado en ignorar.
No sabía qué pasaría esta noche, pero sabía que no sería bueno.
En esta familia, los anuncios especiales siempre eran cuchillos envenenados, disfrazados de regalos.
—Buenas noches, damas y caballeros.
La voz de papá interrumpió las conversaciones de los invitados y la orquesta detuvo la música.
Cientos de cabezas se giraron hacia el centro del escenario, fingiendo estar interesados en lo que estaba por decir.
O quizás solo querían saber el chisme.
Mamá me tomó la mano bajo la mesa y la apretó. Sus uñas, perfectamente manicuradas, se clavaron en mi piel como pequeñas dagas ardientes que me lastimaron.
Me estaba pidiendo que sonriera o me iría mal más adelante, así que eso hice.
—Como saben, nuestra hija Veena ha cumplido oficialmente veintiocho años.
¿Va a hablar sobre mí?
Escuché varios aplausos fingidos y miradas evaluativas de las mujeres de la alta sociedad, mientras que los hombres lo hacían como si fuera un catálogo para adultos.
Asqueroso.
—Y como toda mujer de su edad —continuó él, y su tono se volvió más serio—, necesita sentar cabeza y vivir el sueño de cualquier mujer de su edad.
El nudo en mi estómago se hizo más grande y al mirar a mamá con el ceño fruncido, no obtuve absolutamente nada.
Ni siquiera me miraba.
—¿Mamá, qué está pasando?
—Shh.
—Es por eso que me gustaría anunciar oficialmente el compromiso de nuestra hija mayor y gran orgullo, Veena Matthews, con el distinguido y gran amigo de la familia, Conrad Channing.
¡¿Qué?!
¡¿Acaso enloquecieron?!
Sentí que dejé de respirar y mi corazón se aceleró cual máquina trabajando a toda su capacidad.
Esto tiene que ser una maldita broma... O es un jodido sueño.
¡Tiene que serlo!
Las personas de inmediato comenzaron a murmurar en voz baja, horrorizados y escandalizados del supuesto prometido que ahora tenía.
¡Y no era para menos!
Conrad Channing.
Sesenta y dos años y viudo tres veces.
Ese hombre tenía un historial bastante conocido de quedar viudo al año de haberse casado.
La primera esposa “cayó accidentalmente” por las escaleras. La segunda "se intoxicó con su propia medicación" y la tercera "murió en un incendio doméstico mientras dormía".
¿Casualidad? ¡No lo creo!
Nadie pudo probar que fuera su culpa y después de un tiempo, los rumores se callaron.
La familia Channing era conocida por tener abogados que podían hacer desaparecer pruebas concretas antes de que siquiera llegaras a la policía.
Eso los hacía prácticamente intocables.
Aun así, no tenía pensado ser la cuarta esposa muerta.
¡Jamás!
—No voy a hacerlo.
Ella inclinó la cabeza hacia mí y sus ojos verdes, esos que heredó de su propia madre, casi me asesinaron enfrente de todos.
—Cuidado con lo que dices, Veena.
Pero no podía dejar que siguieran haciendo lo que quisieran conmigo.
—No voy a casarme con ese hombre, mamá.
Y esta vez mi voz no tembló.
Estaba aterrada, vivía con miedo cada día de mi vida y no iba a permitir que agregaran otra cosa de la que preocuparme con este estúpido compromiso.
—Si no lo haces —continuó, sonriendo y mirando a los invitados como si nada estuviera pasando—, te arruinaremos, Veena... Y no me refiero a la empresa.
De inmediato me tensé porque sabía a lo que se refería y con eso me tenían atada para siempre.
—¿Seguirás amenazándome con Vienna?
Ella era la única debilidad que tenía.
—Vienna es nuestra hija legalmente, Veena. Tú eres solo su hermana mayor, aunque eso no te guste. —Giró la cabeza, asegurándose de que nadie estuviera escuchándonos—. Pero si no aceptas, te aseguro que jamás volverás a verla... La enviaré lejos y nunca serás capaz de encontrarla, así que te sugiero que pienses mejor las cosas.
Eso fue lo único que necesitó para desarmarme y tenerme a sus pies.
Vienna Matthews.
Mi pequeña hija de seis años.
Ese ángel de ojos color miel como los míos y cabello castaño como el de su padre.
La niña que ahora me llamaba "hermana" porque mis padres me la arrebataron al nacer..., porque firmé unos papeles que no sabía que eran y, para mi mala suerte, tenía veintidós años, estaba asustada y no había nadie que me dijera que había otro camino que pudiera tomar.
En resumen, fui una completa idiota en aquel tiempo.
Ahora mismo mi pequeña dormía en su habitación, seguramente abrazada a su osito de peluche y sin saber que sus abuelos, a los que llamaba mamá y papá, la estaban usando como moneda de cambio.
Me daban asco los dos.
Simplemente me quedé en silencio.
No porque hubiera aceptado ese estúpido compromiso, sino porque sabía que armar un escándalo sería el peor error que podría cometer.
Necesitaba un plan para salirme con la mía.
Como casi siempre hacía.
Fue entonces que lo vi.
Sentado en una mesa al fondo del salón, con una copa del champán asqueroso intacto y su rostro inmerso en su teléfono.
Un hombre alto, moreno, con cabello tan oscuro como la noche y mandíbula bastante marcada. Vestía un traje negro impecable, seguramente de algún sastre italiano, y luciéndolo mejor que nadie en este mundo.
Parecía un animal enjaulado, sin prestar atención a lo que pasaba alrededor, pero esperando el momento justo para escapar.
Sus ojos grises recorrían el salón con aburrimiento. No sonreía, tampoco aplaudía, simplemente estaba ahí.
Llenando el lugar con su sola presencia.
—¿Quién es ese? —Me levanté de la mesa y fui a la de mi mejor amiga.
Sabrina alzó la vista y al reconocerlo, sus ojos se abrieron con emoción.
—¿No sabes quién es, Vee? —susurró, como si estuviera nombrando al diablo en una iglesia recién purificada—. Ese hombre es Easton Channing. El sobrino de Conrad, tu prometido... Y el enemigo número uno de tu padre.
Oh.
¿De verdad?
Interesante.
