Capítulo 4 — Asquerosa cucaracha…

El maldito banquete terminó como empezó: aburrido, con ese ridículo champán barato servido en copas caras y con mi progenitora sonriendo como si un par de horas antes no me hubiera amenazado con quitarme a mi hija.

La odio tanto.

Apenas pude, salí de la mansión antes de que alguien pudiera detenerme.

No soportaba estar ni un segundo más entre tanta hipocresía.

El aire de la noche me golpeó en la cara apenas estuve afuera, fresco y libre, cosa que nunca podría ser si seguía por este mismo camino.

Por un solo segundo me permití respirar. Solo por un estúpido segundo.

El justo para recordar que hasta el aire podía permitirse ser libre, pero yo no.

Sabrina apareció a mi lado con su auto ya en marcha. El motor ronroneaba tan delicioso como a ella le gustaba.

Era una bestia corriendo en él.

—Súbete —me dijo—. Vamos, te llevaré a tu departamento.

—No —respondí, mirando al final del camino de grava, donde los coches de los invitados desaparecían uno a uno en medio de la noche—. Aún tengo cosas que hacer.

—¿Qué cosas, amiga? Tenemos que irnos antes de que tu madre te clave el puñal por la espalda con mayor privacidad.

—Estoy esperando a Easton Channing.

El imbécil arrogante todavía no había salido del salón.

Me sorprendía lo mucho que había aguantado, a pesar de que había pasado toda la fiesta queriendo irse.

Sabrina golpeó el volante, en un gesto lleno de irritación, luego salió del auto, lo rodeó y me tomó del brazo, jalándome para que entrara de una vez por todas.

—¿Es en serio, Vee? —se quejó cuando me negué a hacer lo que me pidió—. Ya saca esa idea absurda de tu mente y vamos a casa.

—Te dije que de ser necesario me iba a meter en su auto hasta que aceptara mi propuesta... Y eso es lo que voy a hacer.

—Estás loca.

—Pff, dime algo nuevo, Sab.

No pude evitar sonreírle porque por primera vez en años, esta clase de locura no me asustaba.

De hecho, la locura era la única cuerda que me quedaba para poder salir del pozo.

Mi mejor amiga se negó a dejarme sola, así que decidimos esperar a que mi objetivo se dignara a salir.

No sé cuánto tiempo pasó exactamente, si diez o quince minutos, pero en todo ese tiempo, no hubo rastro de él.

Poco a poco los invitados se fueron en sus autos lujosos, con sus estómagos llenos y nuevos chismes para difundir en la élite.

Mis padres también pasaron a mi lado sin siquiera mirarme, supongo que para despedir a algunos de los invitados más importantes. Ella iba con el teléfono en la oreja, probablemente negociando algo, siempre hacía eso y él caminaba con los nudillos casi blancos por apretar el maletín que cuidaba, como si dentro llevara algo más valioso que unos simples documentos.

Mi dote quizás.

Iugh, me da asco de solo imaginarlo.

En realidad lo que llevaba allí era mi vida... Mi patética y estúpida vida.

—Oye, hija, no te convertiremos en accionista mayoritaria si sigues con esa actitud tan prepotente —me escupió al pasar, sin girar la cabeza—. No te atrevas a hacer nada estúpido, Veena... Estás advertida.

—¿Cómo podría hacerlo si estoy tan feliz por mi compromiso?

Ella resopló y se fue, continuando con su llamada.

De inmediato sentí que mi cuerpo ardía por la rabia.

Necesitaba golpear a alguien.

—Vee, deberíamos irnos. —intentó Sabrina una vez más, pero yo me negué.

—Tiene que salir en algún momento de allí.

Así pasaron veinte minutos y finalmente Easton Channing salió de la mansión.

Ya no llevaba su saco costoso, iba con su inmaculada camisa blanca y con las mangas arremangadas hasta los codos, sus antebrazos marcándose y una actitud de macho alfa que probablemente intimidaría a cualquier persona que se interpusiera en su camino.

Estaba buenísimo, debo admitirlo.

Caminaba rápido, con pasos largos y firmes, pero no tranquilos.

Era casi como si estuviera huyendo de algo.

Su auto era un deportivo gris, costosísimo y obviamente bastante actual.

El tipo de modelo que enamoraba solo con su presencia, al igual que su dueño.

Pff, no me sorprende. De hecho, se parece a él.

—Es hora, amiga —solté, sin despegar la vista de mi objetivo.

—¿Hora de qué? —preguntó ella.

Pero ya no pude responderle.

Crucé el estacionamiento con los tacones resonando a pesar del bullicio que aún quedaba en los alrededores y llegué a su auto justo cuando él abría la puerta del conductor.

Es mi oportunidad.

No la desperdicies, Matthews.

—Señor Channing.

Easton se giró y sentí que el tiempo se detuvo.

Como supuse, me miró de arriba a abajo como si el insecto molesto hubiera vuelto a molestarlo.

Incluso me atrevía a apostar todo a que me veía como si fuera una asquerosa cucaracha en su cocina y estaba decidiendo si aplastarla o simplemente ignorarla.

El panorama obviamente no era nada alentador.

¿Y eso alguna vez te ha detenido, Vee?

—¿No te dije que me dejaras en paz?

—Me dijo que no le hiciera perder más el tiempo —respondí, atreviéndome a sonreírle como si fuera un amigo más—. Pero hay algo que usted todavía no comprende, señor Channing... Y es que yo nunca hago que los demás pierdan su tiempo.

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