Capítulo 5 — Déjame en paz y acepta tu destino.

—Habla por ti.

—Por los dos. —contraataqué—. Créame cuando le digo que tengo un plan en el que usted también saldrá muy beneficiado.

Easton se me quedó viendo por un largo rato y sin decir ni una sola palabra, pero al final metió la cabeza en el auto, ignorándome.

Sin siquiera dejarme explicar mis razones, ni mi plan.

¿Crees que con eso me ganarás?

Pff, está claro que no me conoces.

Yo siempre he sido rápida en mis acciones.

Rodeé el auto, abrí la puerta del acompañante y entré en el lado del copiloto antes de que pudiera arrancar.

El interior era oscuro, limpio y excesivamente costoso. Cerré la puerta de un solo golpe y me puse el cinturón de seguridad.

No mentía cuando dije que lo convencería así tuviera que encerrarme en su auto.

Easton se quedó inmóvil y me miró como si me hubieran salido dos cabezas.

Sus ojos grises estaban fijos en mí con una expresión que no me decía absolutamente nada.

Estaba perplejo, sí, pero no sabía si había algo más detrás de eso.

Qué hombre tan extraño.

—¿Qué carajo crees que estás haciendo?

—Subirme a tu auto, ¿acaso no es obvio? —le respondí, sonriéndole como si el mundo me perteneciera. Siempre había sido así; buena para fingir que todo estaba bien en mi vida—. Ya te dije que no pienso dejarte ir hasta que escuches lo que tengo que decir.

—¿Sí sabes que puedo llamar a la policía?

—Llámalos, tendré el tiempo suficiente para explicarte mi plan.

No vas a ganarme, Channing.

Easton entrecerró los ojos una vez más, seguramente pidiendo más paciencia.

—Voy a hacerlo.

—Adelante, llámalos. Yo los esperaré aquí... —continué, sin darle tiempo a reaccionar—, y cuando lleguen, les diré que intentaste agredirme.

El silencio que siguió después de eso fue completamente implacable. Tanto que era capaz de oír el sonido de mi propio corazón en los oídos.

Estaba jugándomela toda por este hombre que ni siquiera se dignaba a mirarme.

Sin embargo, a pesar de mi amenaza, en lugar de enojarse, Easton Channing soltó una carcajada que me sorprendió escuchar.

Vaya, al menos conoce el sentido del humor.

No era una risa divertida, sino una sin gracia y que lo invitaba a ser implacable con cualquiera que intentara interponerse en su camino.

—Eres más zorra de lo que pareces, Matthews.

—Créeme, puedo llegar a ser muy buena actriz cuando me lo propongo.

—Qué bonito comienzo... Un posible doble arresto por acoso e intento de agresión, los periodistas comerán por semanas.

—Es su decisión, señor Channing. —respondí, volviendo a la seriedad y actuando como la mujer de negocios que sabía ser—. Escuche, no vine a caerle bien. Solo vengo a proponerle un trato, escúchelo y deme su respuesta. Es así de fácil.

Easton apoyó la cabeza en el respaldo y se quedó mirando el techo del coche, una vez más, estaba pidiendo paciencia divina.

Al final soltó un suspiro.

Uno largo y cansado, probablemente harto de tener que tratar con gente que le generaba una urticaria en el culo.

Pero eso a mí no me importaba en absoluto.

—Diez minutos —me dijo al fin, poniendo el auto en marcha—. Habla rápido y más te vale que sea bueno.

El coche salió del estacionamiento a toda velocidad. Los árboles, los faros de luz y las sombras de la noche pasaron por la ventanilla con una fuerza que me obligó a agarrarme del asiento.

Ese imbécil estaba tratando de asustarme.

El hombre junto a mí conducía con una mano, mientras que la otra la tenía apoyada en la palanca de cambios. No me miró en ningún momento, sino que se mantuvo en la carretera como si estuviera completamente solo.

Habla rápido, tonta... ¡Solo tienes 10 minutos!

—Quiero que nos casemos, señor Channing.

Y entonces frenó en seco.

Literalmente.

Ese hombre loco frenó su costoso auto en medio de la autopista, soltando un chirrido de neumáticos que resonó por todas partes.

¡Mierda!

Un auto que venía detrás tocó la bocina, hizo una maniobra y nos adelantó con el conductor gritando cosas obscenas que en estos momentos no me interesaban escuchar.

Una vez más, se notaba perplejo ante mis palabras, pero no había más.

No podía ver nada en esos ojos de cielo nublado.

—¿Me estás tomando el pelo?

—No.

—¿Quieres que nos casemos? —escupió como si fuera lo más asqueroso del mundo.

No sé por qué ese imbécil actúa así... ¡Soy el sueño de cualquier hombre!

Solo aguanta un poco más, Vee.

—Sí.

—A ver, déjame entender esta estupidez que me estás diciendo. —Colocó ambas manos en el volante y por primera vez centró toda su atención en mí—. Eres la hija de Cameron Matthews. ¿Por qué quieres casarte con el hombre al que tu padre llama públicamente "el enemigo"?

—Por ese mismo motivo.

¿Acaso no quedó claro?

Easton se me quedó viendo en completo silencio, intentando analizarme e incluso cuestionando si estaba drogada o no.

Sus ojos grises recorrieron mi cara una y otra vez, luego soltó un bufido y su expresión se oscureció por completo.

Era como un témpano impenetrable.

—Si te soy sincero, llegué a tener demasiada fe en ti, pero después de esto. —me dijo, con un tono lleno de desprecio—. Eres una completa idiota para decirme algo así... Mira, no sé qué te dijeron de mí, pero yo no soy un héroe. No voy a salvarte, no voy a protegerte y definitivamente no me importa lo que tu padre te haga.

—Pero...

—Es completamente irrelevante para mí si tu madre te vende al mejor postor y tampoco me importa si terminas siendo la cuarta esposa muerta de mi tío, así que mejor déjame en paz y acepta tu destino.

No.

No cometeré ese error de nuevo.

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