Capítulo 7 — Me da tanto asco esa Veena.

•Hace ocho años•

—Te vas a quedar callada, ¿no?

La voz de Demian se escuchaba lejana, casi como si estuviera a kilómetros de distancia o incluso en otra dimensión.

Un lugar en donde sus palabras ya no significaban nada para mí.

Mierda, mierda... ¿Y ahora qué voy a hacer?

Estaba arrodillada en el piso de su apartamento. Las rodillas me dolían por haber estado en esa posición por mucho tiempo y temblaba como un gatito bajo la lluvia.

Mis manos estaban manchadas de un líquido rojo cuando fui tocada y, aunque no quería mirar la escena, me era imposible dejar de ver.

Sangre.

Había sangre en mis manos.

Maldición.

El hombre frente a nosotros ya no se movía.

Estaba tirado boca arriba, con los brazos completamente estirados. Sus ojos abiertos miraban al techo, sin vida, generándome un terror que me recorrió la espalda entera.

Un miedo que se caló hasta en la parte más profunda de los huesos, obligándome a recordar este momento por el resto de mi maldita vida.

¿Qué mierda acaba de pasar?

¿Cómo fue que llegué a esta situación?

—Veena —escuché la voz de Demian otra vez, mucho más cerca. Luego una mano en mi hombro que me hizo pegar un brinco—. ¿Te quedarás callada?

Levanté la mirada y lo vi detrás de mí.

Mi corazón se aceleró.

Demian estaba arrodillado, sus ojos azules mirándome fijamente, sin algún tipo de sentimiento en ellos. Su expresión perdida y de extrema calma lo hacía lucir mucho más viejo que el veinteañero que era.

Siempre era espeluznante verlo de ese modo.

¡¿Entonces por qué sigues aquí, tonta?!

No lo sabía, pero aunque no me gustaba, tampoco podía irme. Nunca tenía el valor necesario.

Él era todo lo que tenía.

—Sí —susurré—. Me quedaré callada, lo prometo.

Apenas y podía reconocer mi voz.

Sonaba ahogada y llena de miedo y desesperación. Queriendo tener el valor de gritarle y decirle que estaba loco y que no quería seguir viviendo a su lado.

Pero esas cosas solo ocurrían en mis sueños.

Demian sonrió complacido.

Tomó mi cara entre sus manos, con la misma dulzura con la que lo hacía cuando me besaba, acariciando mi cabello como cuando estábamos en la cama.

El único momento en el que éramos felices.

Sin embargo, ahora había sangre en sus dedos, manchando mi rostro y logrando que comenzara a llorar de nuevo.

Una persona había muerto y en lugar de llamar a la policía, estaba aquí, con Demian Thorne acariciándome como si fuera un perrito abandonado.

Así era como él me veía a mí.

—Esa es mi niña consentida —sonrió, y besó mi frente. Sus labios dejaron un rastro húmedo y caliente que me reconfortó por un segundo—. Recuerda muy bien esto... No puedes hablar porque si lo haces, te mataré y aunque corras y te escondas, sabes que te encontraré, mi amor... Así que es mejor que cierres tu boquita y dejes que te siga cuidando como solo yo sé hacerlo, ¿vale?

—Sí... —Fue lo único que pude decirle, todavía perdida en un trance.

Como una completa idiota.

Una idiota de veinte años que creía que el amor tenía que doler, que era inestable y efímero, al lado de un hombre que decía que me cuidaría por siempre mientras me manchaba la cara con la sangre de otro.

Demian sonrió una vez más y yo también lo hice, dejando que sus labios se fundieran con los míos y permitiendo que me encerrara en esa maldita cajita de malos tratos y experiencias traumáticas.

Eso era el único tipo de amor que conocía, el único que permití que dominara mi corazón y que me hizo llorar y arrepentirme como jamás lo haría en toda mi vida.

…

El cadáver desapareció horas después.

No sé cómo, tampoco quise saberlo y mucho menos pregunté algo.

Lo único que sabía era que Demian tenía muchos amigos del bajo mundo.

Hombres que llegaban de noche, hablaban en voz baja, cobraban cantidades ridículas de dinero y se llevaban cosas envueltas en un plástico negro.

Él me había advertido que no los mirara a los ojos o podría llamar su atención y eso sería mi final, por lo que decidí quedarme encerrada en nuestra habitación mientras ellos hacían su trabajo.

—No preguntes nunca, mi amor —me recordó una vez más esa noche, después de que todo pasó y mientras me limpiaba las manos con un paño húmedo—. Preguntar siempre atrae cosas malas, Veena. Todo estará bien mientras no sepas nada.

—No lo haré, confío en ti.

—Esa es mi niña.

Y más tarde esa madrugada, cuando me llevó a la cama y me hizo el amor como solo él sabía hacerlo, logrando que me olvidara de todo lo malo que tenía nuestra vida, mis malditos sentimientos me hicieron creer que todo estaría bien y que esto quedaría en el pasado.

Uno de mis mayores errores.

El muerto nunca se fue, sino que se quedó en mis pesadillas y tatuado en mis recuerdos.

Muchas veces, y sin ningún motivo, veía sus ojos abiertos y sin vida, mirando al techo.

Recordándome que yo también era culpable de lo que había pasado.

Y que algún día, tendría que pagar por haber sido la cómplice del hombre al que le había dado todo de mí.

...

•Presente•

Me desperté gritando y con la respiración acelerada.

El sudor me había empapado la espalda y las sábanas estaban enredadas en mis piernas impidiendo que pudiera correr lejos de aquí.

Tenía el corazón golpeándome el pecho tan fuerte que pensé que se me iba a salir en cualquier momento. Era algo bastante doloroso.

Sin embargo, no era la primera vez que me despertaba de esa manera.

Ni tampoco sería la última por lo que veía.

Maldita sea.

La pesadilla siempre era la misma que me había atormentado desde hace años.

El maldito apartamento, el hombre en el suelo y los ojos de Demian, tan fríos y azules, mirándome como si yo fuera su prisionera eternamente.

Y yo se lo permití... Siempre le permití hacer conmigo todo lo que quisiera.

Me da tanto asco esa Veena.

¿Qué mierda estaba pensando?

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