Capítulo 1 Todo es culpa de la Bestia
Christopher
Otro maldito día de mierda y eso que recién estaba comenzando. Llegué dos minutos antes de mi hora de entrada, con la camisa a medio abotonar y fuera del pantalón porque tuve que correr cinco cuadras desde la parada del autobús hasta el edificio. Sin poder desayunar mis anhelados alimentos y, peor aún, sin siquiera encontrar mis putos lentes de montura que desde ayer no aparecían por ninguna parte.
—Todo esto es culpa de la bestia —lancé sin mirar a nadie en el ascensor, orando para que mi jefa no hubiera llegado.
Cinco minutos después, estaba sentado en mi escritorio mientras mis dedos volaban sobre el teclado, manteniendo un ritmo frenético que era lo único que lograba acallar mis nervios.
—Dios, debo terminarlo antes de que llegue…
Mi voz era un murmullo, mientras todo el mundo parecía ajeno a lo que pasaba por mi cabeza.
En el piso 60 de Bayac Inc., el silencio no era paz; era una seria advertencia. Aquí, el aire olía a perfume de diseñador caro y a la ansiedad de los empleados que temían ser despedidos por un simple parpadeo fuera de tiempo.
—Señor Lowell —la voz de Fedora Blake retumbó a través del intercomunicador, tan fría y afilada como un bisturí del número cinco. Sí, leía muchas novelas de misterio en mis minutos o segundos de ocio, pero ¿cuándo llegó que no la vi? ¿O ya estaba en la oficina y no me lo dijo?—. A mi oficina. Ahora.
Cerré los ojos por un segundo, inhalando profundamente y preguntándome qué había hecho mal esta vez —además de no haber notado que había llegado—. Ajusté la chaqueta de mi traje que, a pesar de ser una talla más grande, me servía perfectamente para intentar disimular mi contextura. Parecía empeñado en remarcar que no era el muchacho frágil que mi rostro sereno sugería. A mis veinticinco años, estaba cansado de que me trataran como a un novato ingenuo, pero con mi jefa, esa era mi armadura. Si creía que era invisible e inofensivo, quizás no vería lo mucho que me temblaban las manos cada vez que escuchaba su odiosa y demandante voz al llamarme.
Entré en su santuario de cristal y acero. Ella no levantó la vista de los estados financieros. Su mandíbula estaba tensa y un mechón de su cabello negro como el ala de un cuervo, caía sobre su frente, dándole el aspecto de una diosa caída que acaba de calcular el valor neto del infierno.
¡Dios, es demasiado sexi para mis ojitos de virgen inmaculado!
—Siéntese —ordenó. No era una invitación, menos a mí, que era como su trapeador personal a mucha honra.
—¿Sucedió algo con la agenda de la junta de Londres, señorita Blake? —pregunté, manteniendo mi voz en ese tono suave y profesional que tanto me gustaba y que ella parecía odiar.
Ella finalmente levantó la mirada. Sus ojos grises me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose apenas un milisegundo más de lo debido en mi corbata ajustada al cuello. Sentí un calor repentino, una mezcla de indignación y algo más oscuro que me negaba a reconocer.
Estaba frito…
Me iba a despedir…
Mi mamá…
—Je… jefa, yo…
—Haga silencio y olvide Londres por un momento, Christopher —dijo, y el uso de mi nombre hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. Desde que trabajo para ella creo que jamás lo había dicho. Definitivamente, estaba frito—. El consejo de administración está cuestionando mi “falta de estabilidad emocional” —haciendo énfasis en eso de la estabilidad— para la fusión con los alemanes. Quieren una mujer de familia, no una soltera codiciada que sale en las portadas por sus excesos cada noche.
Me quedé inmóvil. ¿Qué tenía que ver eso con esta pobre alma en desgracia? Yo solo era el que le preparaba su café negro como su alma y le organizaba las citas que luego ella cancelaba sin piedad, y qué decir de los perfumes caros, relojes y cuánta estupidez se le ocurría que enviara porque no le gustó su cita. Ah y en la nómina aparecía como su secretario personal, niñero, tintorero, chef y hasta chofer cuando el suyo pedía unos días porque se le había dado la real puta gana.
—No entiendo en qué puedo ayudar yo… —empecé a decir, pero me interrumpió lanzando una carpeta negra sobre el escritorio.
—Ahí dentro hay un contrato. Léalo. A partir de mañana, dejará de ser mi secretario para convertirse en mi prometido.
¿¿¿WTF???
Me quedé sin aire. La CEO despiadada, la mujer que medía la vida en márgenes de beneficio, acababa de ponerme un precio. Miré el contrato y luego a ella.
—Usted está loca —susurré, olvidando por un segundo mi papel de chico bueno.
Una chispa de diversión, cruel y breve, cruzó sus ojos.
¿Ya dije que estaba frito? Pues en el infierno me deben estar preparando el fogón para disfrutar de mi carnecita tierna y con grasita junto a unas papitas y una RedBull ®.
—No, Christopher. Soy una mujer de negocios. Y usted es el activo más convincente que tengo para este fraude que he elaborado con mi abogado. Firme el contrato y sus deudas médicas familiares desaparecerán antes del anochecer. Se acabó el ser el leal secretario de la oficina; ahora, será el hombre de la dueña.
¿Me habré despertado en la dimensión desconocida? ¿Dónde estaba la cámara del programa de chistes sin sentido? ¿Me morí y no lo supe?
