Capítulo 2 El contrato
Christopher
Ninguna de mis preguntas fue respondida, puesto que las dije en mi pensamiento. Era claro que no podía hablarle a ella.
Mi jefa era un tanto… complicada.
Respiré hondo, mis manos temblaban mientras tomaba la carpeta negra. El cuero se sentía frío, casi tanto como la mirada que me estaba dando mi jefa. Sabía que me observaba como una depredadora esperando a que su presa cayera en la trampa. No por algo la llamaban “la bestia”.
Abrí el documento y las palabras empezaron a bailar frente a mis ojos por la falta de mis gafas y el miedo que me infringían; cada cláusula era un golpe directo a mi libertad.
Una muy preciada y anhelada desde que había comenzado a trabajar para ella. Porque vamos, todo el mundo sabía que trabajar para Fedora Blake era transformarse en un esclavo. No existían las noches de sueño reponedor, menos pensar en un fin de semana para salir, pero tampoco me quejaba.
Era cierto que la mayor parte de mis ingresos iba directamente al pago de las facturas del hospital de mi madre. Ella las necesitaba y yo la necesitaba a ella, aunque estuviera en coma por culpa de un maldito conductor borracho, pero ¿cómo lo sabía ella? Nunca se lo dije.
Obvio, ella ni me pelaba...
Me debo estar volviendo loco y por eso estoy viendo este documento escrito por el mismísimo demonio. Cerré mis ojos pensando que me despertaría de esta pesadilla, pero al abrirlos estaba en el mismo lugar. Y volvía al documento entre mis manos. Mis ojos recorrieron el papel con incredulidad. No era un contrato de trabajo normal, era una escritura de propiedad. Mi propiedad.
Las primeras cláusulas eran las típicas de un contrato de trabajo, hasta que llegué a las cláusulas que me vincularían con mi jefa más allá del trato jefa-empleado.
Cláusula Tercera: Imagen Pública. “El prometido deberá deshacerse de su guardarropa actual. Se le proporcionará una selección de prendas de alta costura que resalten su posición como pareja de la CEO de Bayac Inc. No se permitirán trajes holgados ni calzado que no sea de diseñador en eventos públicos y en la oficina”.
Tragué saliva. ¿Ella quería transformar a su leal secretario invisible en un trofeo brillante? ¿O sea a mí? ¿Desde cuándo le importaba tanto mi vestimenta?
Miré mi pantalón de vestir gris, el que siempre usaba porque me hacía sentir seguro, y me sentí expuesto frente a mi jefa. Esa que pensaba que yo solo existía para servir café y hacer sus recados. O eso era lo que yo imaginaba ¿no?
Volví a respirar profundo y continué con la lectura, como si se tratase de una de mis novelas; prefería eso a salir huyendo de este lugar.
Cláusula Quinta: Contacto Físico. “Para efectos de veracidad ante la prensa, la familia Blake y el consejo, se requerirán muestras de afecto público (besos, abrazos, manos entrelazadas). Christopher Lowell no podrá rechazar estas muestras de afecto bajo ninguna circunstancia frente a terceros”.
—¿Besos? —solté, mi voz saliendo más aguda de lo normal.
Mi jefa se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio de caoba. Estoy seguro de que intentaba ser menos intimidante de lo que ya era. Pero no lo lograba, estaba aterrado.
—No se vea tan horrorizado, Christopher. No es nada que no haya visto en las películas románticas o leído en sus novelas de aplicación. Solo que aquí, cada beso vale un millón de dólares en acciones de esta empresa.
¿Pelicu qué?
¿Novelas de qué?
¿Desde cuándo me estaba vigilando?
—Uhm…
Tragué saliva, bajé la mirada nuevamente a los papeles y seguí leyendo. El corazón me martilleaba en los oídos y juro que estaba sufriendo un infarto con cada palabra que leía.
Cláusula Séptima: Cohabitación. “Para evitar filtraciones, el prometido residirá en el ático de la Señorita Blake durante la duración del acuerdo. Se mantendrán habitaciones separadas, a menos que la presencia de algún invitado exija lo contrario”.
—¿Vivir con usted? —levanté la vista del papel, sintiendo que el aire de la oficina desaparecía—. Señorita Blake, esto es… es demasiado. Usted es una mujer fría, despiadada, ¡ni siquiera le caigo bien! Usted me llama leal secretario como si fuera un insulto.
—Al contrario de usted, me es indiferente si le caigo bien o no, señor Lowell —respondió ella, levantándose con esa elegancia letal de «aquí se hace lo que yo digo». Caminó hacia mí hasta que su sombra me cubrió por completo. El aroma a sándalo y poder me rodeó y comencé a sudar frío—. Me sirve su rostro sereno y esa timidez que vuelve locos a los inversionistas. Usted es la imagen de la pureza que mi empresa necesita para limpiar mi reputación. Es simple y lo que necesito en este momento. Usted gana y yo también. No le veo problema alguno.
Su mirada bajó a mis labios por un segundo, un gesto tan rápido que casi creo haberlo imaginado, pero que hizo que toda mi postura se tensara bajo la tela de mi humilde ropa.
—Firme, Christopher. Salve a su madre y su vida del desastre financiero y, a cambio, solo entrégueme su libertad por un año. ¿Qué prefiere? ¿Seguir siendo el secretario que nadie nota, o ser el rey de mi imperio? Es un buen trato, ¿no?
Miré el bolígrafo de oro sobre la mesa. Sabía que si firmaba, el reservado Christopher moriría ese mismo día. Pero si no lo hacía…
