Capítulo 3 La reina implacable
Fedora
Este día no comenzaba como lo hubiese querido, pero mi cerebro despertó con la intensa y persistente vibración que algún loco estaba haciendo en mi mesa de noche.
Gruñí, apartando el brazo esculpido que pesaba sobre mi cintura. Me deshice con brusquedad del cuerpo tibio que dormía a mi lado y bajé de la cama, pisando la fría alfombra de lana mientras buscaba a tientas entre la ropa desparramada por el suelo de la habitación.
—Maldición.
Mascullé entre dientes al alcanzar el aparato y leer el nombre destellando en la pantalla. Carraspeé rápidamente, aclarando la garganta para borrar cualquier rastro de somnolencia y preparándome psicológicamente para escuchar la voz dominante y afilada de mi madre.
—¡Fedora Blake! —ni siquiera dejó que le dijera hola y ya me estaba gritando al otro lado de la línea.
Miré mi reloj de pared; apenas eran las seis de la mañana, por lo que volví a maldecir en silencio antes de ensayar mi mejor tono suave, esa voz de hija consentida que solía salvarme de sus reprimendas.
—Mamá, apenas son las seis. ¿Qué haces despierta tan temprano y más aún llamándome a esta hora?
—Sabes perfecto que estoy en Londres, idiota, y que se me olvidan los cambios de horario —respondió con fastidio, una mentira piadosa que ambas sabíamos que era solo una excusa para no disculparse—, pero no te estoy llamando para discutir sobre la hora.
—¿Y para qué sería entonces? La empresa va mejor que nunca, los números del último trimestre superaron las proyecciones y…
—Tu reputación está por los suelos desde que ese víbora te hizo el chiste del siglo —me interrumpió con frialdad absoluta—. No puedo prender la televisión ni abrir un portal sin encontrarme con noticias tuyas haciendo el ridículo.
—Mamá, por favor, exageras. Los medios inventan la mitad de lo que publican.
—Por favor nada, Fedora. Escúchame bien: si no sales de ese círculo vicioso de fiestas y despecho, y sigues apareciendo en las revistas de chismes en vez de las publicaciones financieras, te juro por la memoria de tu padre que le daré la presidencia a Benedict.
Sentí cómo la sangre se me congelaba en las venas.
—No lo harías. No le entregarías el legado de la familia a ese trepador.
—Pruébame, Fedora. Ya lo sabes, estaré en una semana más en Nueva York. Quiero resultados tangibles cuando baje de ese avión. La junta directiva quiere ver a una verdadera mujer de familia al mando, alguien estable y respetable, no a una niña con dinero que se autodestruye porque un estafador barato la dejó por su mejor amiga.
Y me colgó sin dejarme articular una sola palabra más.
El silencio de la habitación volvió a caer sobre mí como una losa pesada. Me quedé mirando la pantalla negra, apretando el teléfono con tanta fuerza que mis nudillos se tornaron blancos. La rabia ardía en mi pecho, un fuego helado que amenazaba con devorarme.
—Fedo… —la voz perezosa y rasposa del modelo en mi cama irrumpió en la penumbra, sonando como un canto de sirena diseñado para la distracción—. ¿Con quién hablabas tan temprano, hermosa? Ven aquí…
Su figura atrayente, silueteada por la tenue luz que comenzaba a colarse por los ventanales del pent-house, era una tentación fácil. Miré el teléfono ya apagado en mi mano, inhalé profundo y tomé una decisión instantánea.
—Muévete, lindo, que tengo que celebrar mi último día libertad —sentencié, arrojando el móvil sobre una sillón cercano.
—¿De qué ha…?
No lo dejé terminar. Me lancé sobre él, sofocando sus palabras mientras envolvía su cuello y me posicionaba para disfrutar de su cuerpo a mi antojo. Si tenía que mover cielo y tierra para mantener mi puesto en la junta, lo haría; jugaría el juego hipócrita que me exigían, pero nadie me negaría mi última cena de libertad.
Sus manos, entrenadas para posar frente a una cámara con una precisión estudiada, buscaron mi cintura por instinto. Trazaron la curva prominente de mis caderas con un descaro caliente y sin restricciones que, en cualquier otra circunstancia, me habría parecido entretenido. Pero esa mañana no buscaba romance, ternura ni delicadeza; buscaba una anestesia brutal. Necesitaba apagar el eco de la voz de mi madre retumbando en mis oídos y ahogar la amenaza constante que flotaba sobre el imperio que me pertenecía por derecho.
Me ubiqué sobre él, dominando la escena desde arriba, obligándolo a mirarme mientras el sol terminaba de romper en el horizonte de Manhattan. Los destellos dorados del amanecer bañaban la estancia, acentuando los músculos bien marcados y la piel bronceada de mi acompañante.
—No preguntes, lindo. Solo muévete —murmuré contra sus labios, clavando la mirada en la suya antes de morder suavemente su labio inferior.
El modelo no dudó en aceptar el desafío. Sus manos ascendieron por mi espalda con una firmeza apasionada, pegando mi cuerpo desnudo al suyo mientras un gemido ahogado se le escapaba ante el primer contacto profundo y posesivo. El contraste entre la frialdad calculadora de las advertencias de mi madre y el calor sofocante que empezaba a apoderarse de la cama era abrumador, casi poético.
Me dejé llevar por el ritmo ágil, hambriento y descarado de nuestra danza. Clavé mis uñas en la piel dura de sus hombros cada vez que la intensidad del encuentro amenazaba con hacerme perder el compostura, convirtiendo mi frustración en placer puro. Él sujetó mis caderas con fuerza para marcar el compás, rindiéndose por completo ante el dominio de una mujer que, incluso estando al borde del abismo profesional, se negaba rotundamente a ceder el mando en la alcoba.
Cada roce frenético, cada embestida calculada y el sonido constante de nuestras respiraciones agitadas rebotando en los altos techos del apartamento funcionaron como el funeral perfecto para mi libertad desmedida. Alcanzamos la cúspide juntos en un arrebato de placer violento, sofocante y sin espacio para la duda, dejándonos desplomar exhaustos y sudorosos sobre el caos de sábanas desordenadas.
Me dejé caer a su lado sobre el colchón, sintiendo el corazón martillearme salvajemente contra el pecho mientras el aire regresaba de a poco a mis pulmones. El modelo, ingenuo en su rol, intentó deslizar un brazo alrededor de mis hombros, buscando un gesto de ternura postcoital que yo no estaba dispuesta a conceder a nadie.
Me levanté de la cama sin siquiera dedicarle una mirada, deslizándome con elegancia dentro de mi bata de seda negra. Mientras caminaba a pasos lentos hacia el imponente ventanal para contemplar el despertar de la ciudad de Nueva York, encendí nuevamente mi teléfono. La notificación de la última portada de la prensa rosa brilló de inmediato en la pantalla: una fotografía desfavorable de mi rostro junto al del estafador que me utilizó y la mujer que solía llamar mi confidente.
Sonreí con amargura, sirviéndome un vaso de agua mineral de la jarra de cristal y tomando un trago pausado. La función de la chica despechada y vulnerable había llegado a su fin esa misma mañana. Benedict no pondría un solo dedo sobre mi presidencia, y si la junta directiva quería ver a una ejemplar mujer de familia al frente de la corporación, les daría la mejor actuación de sus vidas... aunque me costara el alma en el intento.
