Capítulo 4 El plan

Fedora

Como debía solucionar mi drama existencial para que mi madre y la junta directiva no me molestaran una hora después de mi renuncia tácita a mi libertad, estaba mirando a Sean, mi abogado y único amigo. Él era en el único en el que confiaba, además de Christopher. Aunque el segundo no lo supiera.

—¿Estás segura de lo que vas a hacer, Fedora? —me pregunta por enésima vez y estoy a un tris de mandarlo a la mismísima mierda.

—Claro que no, pero fue lo que mejor se me ocurrió cuando venía para acá a pedir tu consejo.

—Pero Chris… Él... —hasta él pensaba que era una locura, pero si no era Christopher era él el candidato y ahí si que ni loca.

—Solo redacta lo que te pedí, estoy perdiendo demasiado tiempo y entre mi mamá y el contrato con los alemanes no voy a tener otra oportunidad.

—Creo que te volviste loca o te pegaste alguna enfermedad que te cagó la cabeza, pero lo haré. Solo espero que no dañes a ese pobre chico.

—¿Y quién se preocupa por mí?

Parece que nadie —me respondí yo misma—. Salvo por…

—¿Qué decías?

—Nada, solo haz lo que te pido.

Una hora después estaba en mi oficina. Frente a mí, mi secretario y asistente de toda la vida, el que me conocía como la palma de su mano.

Observé a Christopher Lowell a través del cristal de mis anteojos mientras sostenía el bolígrafo como si fuera un arma cargada. Sus dedos temblaban y esa cara de chico bueno, de inocencia casi insultante, estaba pálida. Nunca pensé que dudaría tanto en firmar este contrato.

Firma de una puta vez, Christopher, pensé, apretando la mandíbula hasta que me dolió.

No tenía tiempo para sus dudas morales. El reloj de la fusión con los alemanes corría, pero ese no era el fuego que más me quemaba. El verdadero incendio tenía nombre y apellido: Alonso Collins.

Todavía sentía el eco de la humillación de hace dos meses en el club. Alonso, el hombre con el que planeé un futuro al que amaba como una estúpida, apareció del brazo de Marta Clark —mi ahora ex mejor amiga y ex socia—. Y no solo me restregó su compromiso en la cara, sino que le acarició su vientre abultado con una sonrisa triunfal. La vida que se suponía que tendríamos nosotros, el compromiso que debería haber sido el nuestro… todo era una farsa. Marta se había quedado con mi hombre, un contrato millonario con los rusos y con el respeto de mi círculo social en un solo movimiento.

Ellos merecían pagar y yo sería la ejecutora…

—Señorita Blake, esto es… es demasiado —susurró Christopher, sacándome de mis pensamientos.

Lo miré con fingida calma. Él era mi única salida. Mi madre, la matriarca de los Blake, me había dado un ultimátum: o sentaba cabeza con un hombre “decente y virtuoso” que limpiara mi imagen de tiburón herido, o el control de Bayac Inc. Pasaría a manos de mi primo Benedict, un idiota que no sabía sumar uno más uno.

Christopher era perfecto para el papel. Era el leal y sereno secretario que todo el mundo adoraba, el asistente eficiente que nadie sospecharía que estaba en venta. Su discreción y su aire de pureza eran el antídoto perfecto para el escándalo de mi ruptura con Alonso y su posterior noviazgo con mi mejor, perdón, ex mejor amiga.

Nadie dudaría de un amor de oficina, siendo que él pasa 25 de las 24 horas del día junto a mí. Créanme, es así.

Además, había algo que nadie sabía y era que Alonso lo odiaba con toda su alma. Siempre me había dicho que ese secretario perfecto escondía algo.

“No puede ser tan correcto como todo el mundo cree”, me dijo una vez que llegó de improviso a la oficina.

“Estoy más que seguro que babea por ti”, me gritó unos días antes de que me dejara plantada el día que le pediría matrimonio y luego lo encontrara con mi mejor amiga teniendo sexo desenfrenado en su apartamento.

Sí, Christopher sería la bomba para Alonso y yo lo disfrutaría con solo verlo perder… Con perderlo todo.

—No se vea tan horrorizado, Christopher —le dije, mi voz sonando más ronca de lo que pretendía. Necesitaba convencerlo… seducirlo, no podía obligarlo, pero sí manipularlo—. No es nada que no haya visto en las películas o leído en sus novelas de aplicación. Solo que aquí, cada beso vale un millón de dólares en acciones de esta empresa.

Me había puesto de pie, sintiendo la necesidad de acortar la distancia. Verlo ahí, vulnerable tras mi escritorio, despertó un instinto posesivo que no sabía que tenía. No se trataba solo de negocios. Se trataba de ganar. Se trataba de aparecer en la boda de Alonso con un hombre que lo hiciera parecer un villano de segunda categoría. Se trataba de restregarle a mi madre que era la mejor. Y trataba de convencerme a mí misma de que estaba haciendo lo correcto.

—Firme, Christopher —le dije, dando un paso más, invadiendo su espacio personal—. Salve a su madre y a usted del desastre financiero y, a cambio, solo entrégueme su libertad por un año. ¿Qué prefiere? ¿Seguir siendo el secretario que nadie nota, o ser el rey de mi imperio?

Vi cómo bajaba la mirada al contrato. Puede que costara, pero sabía que terminaría aceptando. Nadie le decía que no a Fedora Blake. Pero mientras lo veía firmar, una punzada de algo parecido a la culpa me atravesó.

Él no tenía idea de que a partir de hoy no solo sería mi prometido ante el mundo. Sería mi escudo, mi venganza y, si no tenía cuidado, mi perdición.

—Bienvenido a mi mundo, señor Lowell. Ahora, vamos a deshacernos de esa ropa de oficina. Tenemos una guerra que ganar.

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