Capítulo 5 Un compromiso sin devoluciones

Christopher

Tomé el bolígrafo de mi jefa. Pesaba más de lo que imaginaba, o quizá era el peso de mi propia dignidad desvaneciéndose mientras estampaba mi firma en la última hoja. Mi jefa me arrebató el contrato con una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos y volvió a sentarse como si nada, guardó el documento en su caja fuerte bajo llave y por fin me habló.

—Bienvenido a mi mundo, señor Lowell. Ahora, vamos a deshacernos de esa ropa de oficina. Tenemos una guerra que ganar.

—Señorita Fedora, yo… —movió su mano para que me callara y volvió a su diatriba.

—Excelente elección, Christopher. Ahora, despídete de ese disfraz de seminarista. Tenemos una cena con los alemanes en una semana y no voy a presentarte luciendo como si acabaras de salir de una biblioteca de los años cincuenta o de una funeraria.

No sé en qué momento lo hizo, pero ni siquiera me dejó recoger mi bolso. Me tomó del brazo, su agarre firme y dominante, mientras me conducía a través de la oficina ante la mirada atónita de mis compañeros y de todo el que estuviera cuchicheando en el lugar. En el estacionamiento, su Lamborghini rojo nos esperaba. El trayecto hacia el centro de la ciudad fue en un silencio tenso, solo interrumpido por el rugido del motor y el sonido de mi estómago reclamando por sus añorados alimentos. Era la hora de mi tentempié, pero ni eso pude coger.

Llegamos a “L’Eternité”, una boutique de esas donde no hay etiquetas de precio porque, si tienes que preguntar, no puedes pagarlo. Una mujer delgada y de mirada altiva nos recibió con una reverencia y ojos de enamorada hacia mi jefa.

—Madame Bouchard, necesito que transforme a mi prometido —dijo mi jefa, empujándome suavemente hacia el centro de la alfombra de terciopelo—. Quiero que el mundo vea exactamente lo que he estado escondiendo en mi oficina.

La mujer se estremeció al escuchar su voz, lo mismo que yo, bajó su cabeza y sonrió de medio lado.

—Entiendo perfectamente, Madame Blake. Tiene una estructura ósea exquisita y… una presencia que es un pecado ocultar —murmuró la mujer, recorriéndome con ojos clínicos y provocándome un sonrojo—. Allons, petit garçon, hagamos magia.

Me llevaron a un vestidor circular rodeado de espejos. Me sentía como un maniquí mientras me despojaban de mi pantalón de vestir y mi camisa holgada, expuesto frente a ellos. Madame Bouchard regresó con varios trajes de alta costura, pero uno llamó mi atención y ella lo notó. Era un traje a medida de corte italiano en tono azul medianoche, con una camisa de seda negra.

—Pruébate esto, querido.

Cuando salí del probador, fue peor; me sentí al descubierto a pesar de estar completamente vestido. El tejido se adhería a mis hombros y espalda como moldeado a medida. El saco entallado marcaba mi figura y el ajuste del pantalón destacaba mi estatura y contextura de una forma que nunca me había atrevido a mostrar. Mi porte, ese que siempre había intentado disimular con ropa ancha para pasar desapercibido, ahora gritaba protagonismo.

Estaba avergonzado, pero ahí estaba yo, el nuevo rehén de la bestia, frente a ella como una pieza de exposición.

Fedora, perdón, la señorita Blake estaba sentada en un diván de cuero, bebiendo de una copa de cristal. Al verme, la copa se detuvo a medio camino de sus labios. Sus ojos grises se oscurecieron, recorriendo el ancho de mis hombros, el ajuste del chaleco y subiendo de nuevo hasta mi rostro, que ardía de vergüenza, mientras mis manos intentaban ajustar la corbata por inercia.

—Señorita Blake… es demasiado ajustado… pue… puede ser un error —susurré, intentando arreglarme el saco sin éxito.

Ella se levantó lentamente, caminando hacia mí con esa elegancia depredadora. Se detuvo a centímetros de mi espalda y sus manos, suaves pero firmes, se posaron en mis hombros, acomodando la solapa contra mi pecho. El contraste de su vestido oscuro tras de mí en el espejo me cortó la respiración.

—Te equivocas, Christopher —dijo su voz grave, rozando mi oído—. Es perfecto. Por fin pareces un hombre capaz de estar al lado de una mujer como yo. Aunque ambos sepamos que solo es una actuación.

Me obligó a mirarme en el espejo. Y en ese momento lo vi. Ya no era el secretario tímido con traje holgado que quería esconderse. Era el prometido de una depredadora, y por primera vez, mi propio reflejo me dio miedo.

—Camina —ordenó, su mano bajando peligrosamente hacia mi espalda baja—. Tenemos un imperio que convencer y una boda a la que asistir.

—¿Boda?

Me ignoró olímpicamente y se dirigió hacia Madame Bouchard como si lo que le hubiera preguntado fuera una nimiedad, pero yo sabía que no era así.

—Necesita varios trajes similares, ropa de oficina y algo más informal.

—Entendido.

—Je… Jefa —intenté detenerla. O sea, sabía que debería usar ropa distinta por eso del contrato, pero ella me estaba omitiendo cosas importantes y quería que por lo menos me las dijera.

Se dio la vuelta y me miró mordiéndose el labio inferior.

—Fedora. Desde ahora soy Fedora para ti.

—Creo que…

—No es momento de creer en nada, Christopher. Es momento de hacer las cosas bien.

Se sentó nuevamente en el sofá y me pidió que probara varios trajes y combinaciones más. Ya estaba cansado y hasta sentía adolorida la espalda de tanto cambiarme. Además, todo era demasiado ajustado o rígido. Esto jamás podría usarlo en mi día a día. Bueno, ahora tendría que hacerlo.

Cuando ya se aburrió o eso pensé, tomó mi mano y de la misma forma en que me sacó de la oficina, caminamos a la salida de la boutique.

No salía del estupor al ver la cantidad de bolsas y cajas que los dependientes de la boutique colocaban en el auto de mi jefa. Además, me había obligado a quedarme con el traje que apenas me dejaba mover con soltura.

—Te quiero así, este es un compromiso de venta sin derecho a devolución, Christopher —me dijo demasiado cerca de mi oído, mientras lanzaba mi humilde ropa al tacho de la basura y con una sonrisa triunfante me obligó a subir a su auto.

¡Dios! ¿En qué mierda me he metido?

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