Capítulo 6 Un imán peligroso
Fedora
La firma de Christopher al pie del contrato cayó sobre la mesa con el peso contundente de un ancla en mitad de la tempestad.
En cuanto soltó el bolígrafo, sentí una punzada de satisfacción helada recorriéndome la columna; una victoria vibrante que, muy a mi pesar, no era enteramente profesional. Lo miré una última vez ataviado en su habitual atuendo de secretario: una camisa descolorida y sin forma combinada con un pantalón holgado que ocultaba, con una precisión exasperante, cada centímetro de la presencia imponente que yo comenzaba a sospechar que poseía. Ridículo. Esa fachada de chico bueno y sacrificado no iba a limpiar mi reputación ni a frenar las garras de mi madre, y mucho menos a taparle la boca a la prensa.
Sin darle tiempo a procesar el documento, lo tomé del brazo y lo arrastré fuera de la oficina, ignorando olímpicamente los murmullos y las miradas curiosas del personal que se cruzaba en nuestro camino. Él era mío ahora. Al menos sobre el papel y bajo las estrictas cláusulas que acababa de aceptar. Nos subimos a mi automóvil y conduje a toda velocidad hasta L’Eternité, mi boutique de alta costura de confianza. En la entrada, Madame Bouchard ya nos esperaba con una sonrisa complaciente y la discreción grabada en el rostro.
—Quiero que el mundo vea exactamente lo que he estado escondiendo en mi oficina —le dije a la estilista, señalando al hombre a mi lado sin apartar ni un segundo la mirada de él—. Necesito una transformación absoluta.
Necesitaba que Alonso viera que yo había pasado página de la forma más magistral posible, y que mi nueva página era infinitamente más brillante e impactante que su mediocre existencia.
Me acomodé en el suntuoso diván de cuero del salón privado, cruzando las piernas con lentitud y bebiendo un sorbo de champagne helado mientras Christopher desaparecía tras las pesadas cortinas de terciopelo bordó. La impaciencia amenazaba con carcomerme los nervios. ¿Realmente había tomado la elección correcta? ¿Podría ese hombre reservado, de voz pausada y modales intachables, encarnar el papel del prometido apasionado de Fedora Blake?
Cuando la cortina finalmente se descorrió, la copa de cristal se detuvo a medio camino de mis labios.
El aire en la boutique pareció volverse denso, casi irrespirable. Christopher dio un paso al frente y el tiempo se detuvo. El hombre tímido que trabajaba para mí había desaparecido por completo. El traje azul medianoche de corte italiano e impecable factura se moldeaba a su anatomía como si hubiese sido esculpido a medida para su piel, revelando una espalda ancha, una cintura firme y una postura erecta que su ropa holgada había ocultado con una meticulosidad pasmosa. La camisa de seda negra, ligeramente abierta en el cuello, enmarcaba las líneas marcadas de su mandíbula, mientras que el ajuste perfecto del pantalón acentuaba unas piernas largas y un porte viril que no recordaba tan dominante.
Un cosquilleo abrasador recorrió la parte baja de mi abdomen, y por un instante juro que estuve a punto de tener un orgasmo con solo contemplar la estampa que tenía enfrente. Era una visión absolutamente hipnótica. El leal y gris secretario se había transformado en un imán peligroso, elegante y devastadoramente seductor. Su rostro, teñido por un ligero rubor de vergüenza ante la atención, no lograba opacar el atractivo crudo y salvaje que desprendía cada uno de sus movimientos. Era una joya oculta que acababa de descubrir, y el solo pensamiento de que era mi joya personal me llenaba de una posesividad oscura.
—Señorita Blake… esto es demasiado ajustado —murmuró con voz baja, intentando acomodarse el saco con cierta timidez mientras acomodaba sus puños.
Una sonrisa lenta, predadora y cargada de satisfacción se extendió por mis labios. ¿Demasiado ajustado? Era perfecto. Deliciosamente perfecto.
Dejé la copa en la mesa lateral y me levanté, caminando hacia él con pasos pausados y calculados. El aroma a tela fina, mezclado con la nota sutil y amaderada de su perfume natural, me embriagó al instante. Me detuve a sus espaldas; alcé las manos y las posé suavemente sobre sus hombros, ajustando la caída de la tela mientras sentía la solidez de sus músculos bajo mis dedos. Lo sentí tensarse de inmediato ante mi cercanía, y una corriente eléctrica me tentó a deslizar las manos mucho más abajo.
En el gran espejo de marco dorado éramos el contraste perfecto: yo, la mujer de poder vestida para mandar y devorar al mundo; él, el diamante pulido que estaba a punto de presentar en sociedad.
—Te equivocas, Christopher —dije, bajando el tono de mi voz hasta convertirlo en un susurro grave que rozó directamente su oído sensible. Quería que sintiera el peso de mis palabras, que entendiera que aunque esto fuera un contrato, la línea entre la ficción y el deseo era peligrosamente delgada—. Es absolutamente perfecto. Por fin pareces un hombre capaz de estar a la altura de una mujer como yo... Aunque ambos sepamos que, detrás de esto, solo hay una actuación calculada.
Con la punta de mis dedos en su barbilla, lo obligué a sostener su propia mirada en el reflejo. Ya no quedaba rastro del empleado dócil. Frente a nosotros estaba la figura del hombre que iba a utilizar para pulverizar la sonrisa autosuficiente de Alonso y acallar las alarmas de mi madre. Un rey consorte diseñado para mi imperio.
Me regodeé en la escena durante la siguiente hora, haciéndolo probarse combinación tras combinación. Si no fuera porque Madame Bouchard y sus asistentes revoloteaban a nuestro alrededor como locas ajustando dobladillos, yo misma me habría encargado de vestirlo... y de desvestirlo lentamente ahí mismo. Pero la autocontención era una virtud que debía ejercitar; la tarde avanzaba y aún quedaban movimientos cruciales por ejecutar.
—Camina —ordené finalmente, dejando que mi mano bajara con lentitud por su espalda hasta rozar con descaro la tela ajustada a la altura de su cadera—. Tenemos un imperio al que convencer. Y una boda a la que asistir.
Christopher se detuvo en seco, girándose hacia mí con el ceño fruncido.
—¿Una boda? —preguntó desconcertado.
Omití su interrogante con un gesto despectivo de la mano. Me volví hacia Madame Bouchard y le ordené empaquetar varios trajes de corte similar, camisas de seda para la oficina y algunas prendas de vestir de estilo informal pero impecable.
—Entendido de inmediato, Señorita Blake —asintió la mujer, haciendo una rápida seña a su personal.
Mi leal secretario no lograba salir del estupor mientras observaba la montaña de bolsas elegantes y cajas de lujo que los dependientes comenzaban a transportar hacia el maletero de mi vehículo. Cuando amagó con regresar al vestidor para cambiarse, lo detuve con una sola mirada. No iba a permitirlo. Lo quería exactamente así.
Con su ropa vieja tirada simbólicamente en el tacho de la basura de la boutique y una sonrisa triunfante dibujada en mi rostro, lo obligué a subir al asiento del copiloto de mi auto. La atmósfera dentro del habitáculo se sentía cargada, casi eléctrica, impregnada de la transformación que acababa de presenciar.
La primera batalla estaba ganada con creces. Pero la guerra por el control absoluto de mi vida y mi apellido apenas comenzaba.
