Capítulo 3 Una firma

Seis años después

El tic-tac del reloj de esta sala de juntas solo servía para ponerme los pelos de punta. Llevaba veinte minutos esperando que el gran magnate billonario Nathan Maxwell, se dignase a atender la citación que le había mandado a través de sus abogados.

Llevábamos años sin hablarnos directamente, otros más sin vernos en persona. Habíamos limitado cualquier comunicación a través de nuestros empleados y correos electrónicos corporativos. Seis años de farsa específicamente, que hoy llegarían a su final.

Firmaríamos los papeles del divorcio y daríamos conclusión a esta pesadilla llamada matrimonio.

Puede que haya soñado tantas veces con este día, que me cuesta asimilar que sea real. También me cuesta asimilar la impuntualidad de mi futuro ex esposo. Hasta que la puerta se abre de un golpe.

Nathan entra enfundado en un traje gris oscuro que grita lo bien que le ha ido en la vida. Los años le han sentado de maravilla, y ya no queda nada del hombre amable que una vez creí amar. Ahora frente a mí solo veo a un hombre extraño y arrogante que, al enfocarse en mí, me da una mirada tan gélida como para congelar este lugar.

—Seis años y sigues teniendo la misma costumbre de hacerle perder el tiempo a los demás con tu impuntualidad — escupí, cruzando los brazos con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

—Esperarme una bienvenida cálida de mi esposa después de tanto sin vernos, sería avaricia de mi parte. ¿No es así? — responde con una burla cruel en sus ojos.

—¿Esposa? El jet lag debe estar afectándote el cerebro — le devuelvo su mismo tono hostil — Mi padre ha muerto, Nathan. ¿Sabes lo que eso significa?

No se me escapa que él clave sus ojos en mi pecho, la forma en la que estoy parada y el vestido que tengo puesto, resalta esa zona de mi cuerpo. Qué mire todo lo que quiera. No me intimida en ninguna forma que pueda verme. Ya era inmune a ello.

—Stewart lleva meses muerto. ¿A qué se debe tu petición en este momento precisamente? — dice con soltura ocupando un asiento en la mesa.

—Quizás si hubieses asistido al funeral o estado a mi lado en las semanas posteriores, te habrías dado cuenta de que tenía la cabeza en otra parte — explico.

Cuando mi padre murió dejó hecho todo un lío, y como era su pasatiempo favorito, nos ha estado amargando la vida con el desastre de herencia que dejó. Estamos en plena auditoria patrimonial. Muchas propiedades alrededor del mundo bajo sociedades anónimas, cuentas millonarias escondidas en muchos paraísos fiscales, y ni hablar de la guerra que hay entre los accionistas minoritarios de Blackwood Inc.

—¿En la herencia de tu padre? ¿Tus dos hermanos siguen vivos? ¿No los has sacado del camino todavía? Me decepcionas Katherine — comenta con una sonrisa burlona.

—Para tu información, la muerte de nuestro padre, nos ha unido. Estamos trabajando juntos en las finanzas de la familia — revelo con convicción.

Él entrecierra los ojos sin creerme.

—¿Segura de eso? ¿No estarás necesitando la ayuda del marido que ignoraste durante más de media década? Puedo sacarlos del camino por ti. Durante las sucesiones los puntos débiles de los imperios son más relucientes que nunca — se ofrece.

Frunzo mi ceño desconcertada ante su propuesta. El Nathan que una vez conocí era un hombre de principios y valores inquebrantables. Suponía que nadie podía llegar con las manos limpias al estatus que él ganó estos últimos años. De la casi bancarrota a esto, a monopolizar el mercado y cientos de compañías locales de software.

—Convertirte en la cabeza de tu familia, terminó de corromperte. Me decepciones Nathan — le devuelvo provocando una mueca amarga en su boca.

Seguido a eso, le lanzo una carpeta negra con nuestra liberación. Él la toma para abrirla y leerla con una amargura que no debería estar allí. Debería estar tan feliz como yo lo estoy.

—¿Desde cuándo tienes ínfulas de mártir? ¿Deseas separarte de mí sin pedirme un centavo a cambio? — menciona leyendo el documento que todo su equipo legal debió examinar ya incontables veces — ¿Por qué no nos saltamos esta parte de la obra, y eres honesta conmigo?

Es inevitable. Una carcajada amarga se me escapa de los labios. La sangre me zumba en los oídos con la fuerza de un golpe.

—¿Crees que necesito algo de ti? — lo desgarro con la mirada mientras me recuesto de la mesa — Haznos un favor, firma el documento y ponle una fecha en el altar a Alma, que la pobre suficiente ha esperado por ti.

—Muy maduro de tu parte mencionarla en este instante — me fulmina con la mirada.

—Muy integro de tu parte estar casado en nombre conmigo, y jugar a la casita con otra mujer.

Nathan muerde su labio para contener la ira que se cosecha en su interior, y yo tomo una inhalada profunda con la que debería calmarme. Ni sé para qué estoy peleando con él. Era un final, no un comienzo esto.

—Cerremos este capítulo. Será lo mejor para los dos. No hay necesidad de dramatizar.

Le acerco el bolígrafo de plata sobre la mesa de caoba esta vez de una forma más política. Él lo mira con gran sequedad y obstinación. Después enfoca esa mirada mortal en mí. La pasión destila de sus ojos a pesar de su molestia, y no es una debilidad admitir la belleza de ellos, es la simple e irónica realidad.

—No me mires así. Es solo una firma. Una línea en un papel y seremos libres oficialmente — presumo.

—¿Libres? — susurra para arrepentirme de lo mucho que me he acercado a éste.

Nathan toma mi muñeca, esa con la que le he acercado el bolígrafo. Se pone de pie y arrima mi cuerpo al suyo con una intensidad que no debería estar allí.

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