Capítulo 4 Tu precio
El calor que emana el cuerpo de Nathan, y el poder que tiene su mano sobre la mía, no deberían tenerme en esta condición. Con la respiración acelerada y ahogada de los nervios por dentro. Me fijo en su cabello perfectamente peinado, su aroma hipnotizante a cuero intenso y cardamomo. Tengo unas ganas absurdas de abofetearlo y besarlo al mismo tiempo.
—¿Para qué deseas tanto ser libre? — me reclama con su boca muy cerca de la mía.
Su voz suena ronca, posesiva y oscura. Pero no muestro mi debilidad, ni el fantasma del amor que una vez sentí hacia él. Le miro sin una pizca de temor o suavidad.
Una tos incómoda interrumpe en la sala, y provoca que me suelte de un golpe de él. Hago la mayor distancia que puedo de su cuerpo. El abogado encargado de nuestro divorcio, el viejo Elijah Scott, nos interrumpe sofocado y preocupado.
—Les ruego que me disculpen la intromisión, pero... me temo que no es bajo tu mejor interés firmar el divorcio en estos momentos, Katherine — comenta tan nervioso que le veo sudar en las manos.
—¿De qué hablas? Será un divorcio de mutuo acuerdo, y sin repartición de bienes. ¿Qué tiene de complicado? — devuelvo incierta.
El abogado se afloja el nudo de su corbata, traga mucha saliva y se prepara para decir una incoherencia del tamaño de una casa.
—Un nuevo testamento de tu padre ha sido entregado al juzgado. Hay una cláusula que impide su divorcio, si es que … deseas ser parte de los herederos — revela.
Mi mundo se tambalea, y el que debía ser un día feliz, ya no lo es más.
—Si es una broma, es de muy mal gusto. La lectura del testamento ya se dio, estamos en pleno inventario de activos — aseguro atónita.
El anciano se ajusta las gafas sobre el puente de la nariz usando sus dedos torpes. Con esos mismos, despliega un documento oficial con sellos recientes sobre la mesa.
—Siempre prevalece el documento con la fecha más reciente, y este documento tiene fecha de una semana antes del fallecimiento de tu padre.
Tomo la copia del documento desesperada y en plena crisis. Si bien Stewart se encargó de esconder buena parte de su fortuna, la que dejó a simple vista, parte de esa me correspondía a mí legalmente, legítimamente. Pero según este testamento, es lo contrario.
—¿Para recibir lo que me corresponde debo permanecer casada con Nathan Maxwell? — leo desconcertada.
El abogado asiente con temor, y sin poder verme a los ojos.
—Esta cláusula tiene que ser inválida. ¡¿Por qué dependería de que esté casada que reciba la herencia de mi padre?! — exclamo enfurecida.
Más me enfurece que Nathan esté cubriendo su boca con su mano, es un gesto tan ligero, es como si se estuviese burlando de mi desgracia.
—Según se cita en el documento, tu padre consciente de la influencia de tu esposo, esperaba que su enlace diese valor a los activos heredados — explica.
—Impugnaré el testamento. Incapacidad mental del testador. Mi padre no estaba en sus cinco sentidos al firmar esto — aseguro.
—No lo recomendaría Katherine. Si están atravesando una auditoria patrimonial, porque desconocen la suma de los bienes y derechos que forman parte de la herencia de Stewart, impugnar un segundo testamento, sólo complicaría y extendería esta batalla legal por años — argumenta el abogado.
El silencio que cae sobre la mesa es absoluto.
—Tiene que existir otra manera — insisto.
—Se trata de una condición inflexible. La parte de tu herencia será cedida a un listado muy detallado de causas benéficas, si al momento de recibirle estás separada de tu esposo. Necesitan convivir bajo el mismo techo, como un matrimonio real. Stewart “confiaba es dejar resguardada a su hija bajo la protección de su esposo”. Es una cita textual del documento.
Algo chirría dentro de mi cabeza, mi padre aún desde el infierno estaba martirizándome. Haciendo mi vida un desastre y torturándome. Su especialidad. Él sabía que nunca había vivido con Nathan. Que él me odiaba. Nunca se preocupó por dejarme protegida. De haberlo hecho no me habría dejado desamparada económicamente.
—¿Cuánto tiempo necesito permanecer casada? — cuestiono sin aliento.
—Cuanto duré en resolverse la auditoria, y se dé la entrega formal de la herencia — especifica el profesional — Podría darse en seis meses, si todos cooperan.
Mi cuerpo cae en la silla rendido y procesando el conflicto. Elijah lee la habitación y nos deja a solas. Mientras que afinco mi frente de mis manos, mis ojos van a analizar a mi enemigo. Nathan se planta en la ventana observando la ciudad, entrelaza sus propias manos en la espalda.
—Qué desafortunada situación. Es como si necesitases de mí al final — dice con un aire de satisfacción repugnante.
Me muerdo la lengua para no insultarlo, para no gritarle. Lo miro con el más puro de los odios e impotencias. Me prometí a mí misma más nunca llorar por su ayuda, ni por amistad, ni amor o un minuto de su atención.
—¿Te complace volver a tenerme en tus manos? Dispara primero. ¿Cómo pedirás que me humille para obtener lo que me merezco después de tantos años de sacrificio trabajando como esclava para la empresa de mi padre? — le ofrezco.
Nathan hace algo inesperado. Me mira con una expresión que no sé identificar. Podría ser indiferencia o frialdad, pero no me las creo. Y eso más me asusta.
—No te conviene batallar por años en juzgados por tu herencia. Firmaré el divorcio en seis meses — me informa para congelarme de una forma instantánea. Él camina a la puerta — Empaca tus cosas, nos mudaremos a mi nueva propiedad en la ciudad.
Me levanto consternada, y alzo la voz evitando que termine de irse.
—¿Por qué cooperarías conmigo? ¿Cuál es el precio? — reclamo saber.
El que debería ser mi ex esposo me da una mirada de reojo.
—No todo tiene un precio en esta vida. ¿O sí lo tiene?
Él se retira dejándome anonadada, y muy frustrada.
