Capítulo 7 Relación profesional

Aunque todavía sigo escéptica con las intenciones de Nathan, he cumplido con mi parte del trato. Mi mudanza a su nueva casa en la ciudad se ha dado con facilidad y sin muchas complicaciones o exigencias de mi parte. Obviamente he contado con la ayuda de los empleados de esta mansión, y con June, mi asistente.

—¡Te juro que esta habitación tiene la mejor vista del patio Kate! — exclama feliz abriendo de un golpe las cortinas de esta.

Estamos en la que será mi flamante habitación, es muy espaciosa, y va de acuerdo al resto de la decoración de la propiedad. Algunas de mis maletas están en proceso de ser vaciadas, mientras que yo me encargo de peinar mi cabello sentada en el tocador.

—Ninguna habitación debe tener una vista poco favorecedora en una casa como esta — digo desinteresada — Estamos rodeados de naturaleza.

June para de sonreír, me mira con el ceño fruncido.

—No debes haber explorado la casa como yo lo he hecho si estás asegurando eso. Esta es la mejor habitación. ¿No llegaste a decir que odiabas las casas modernas y el exceso de gris? Qué cuando los accionistas dejaran de sabotearte en tu empresa, te retirarías a una casa de campo como esta — argumenta inspirada.

—Alguien tendría que dejar de soñar despierta y en voz alta frente a su asistente. Su asistente con memoria perfecta — me burlo siguiendo estilizando mi cabello.

—Si no la tuviese, no tendría el puesto para comenzar — asegura — ¿Has decidido cuál vestido usarás esta noche?

La piel me pica de recordar que esta noche sería mi primera aparición pública con Nathan. Después de tantos años atados como esposos, finalmente asistiríamos a un evento juntos como un matrimonio que sigue siéndolo. No dormí bien anoche, ni creo poder hacerlo hoy, nos acribillarán con preguntas y burlas disfrazadas, lo sé.

—No tengo cabeza para eso — me lamento — Cualquiera que me quede bien y vaya con el código de vestimenta. Escoge por mí, por favor.

Con mi cabello listo, procedo con mi maquillaje mientras escucho de fondo a Jane extasiada con las amenidades de esta habitación. Está a poco de dar volteretas en el aire cuando descubre que hay un segundo vestidor.

—¡Kate es este! ¡Este es el vestido! ¡Madre mía! — grita emocionada.

Me giro con suavidad para verla saliendo del vestidor con tres cajas de gran tamaño de marcas de lujo. No trajimos ropa mía en cajas, solo en maletas. Por lo que me extraña eso. June abre la caja más grande y saca de esta, un vestido precioso. Los acabados y el trabajo de pedrería, me sorprenden.

—¿Dónde conseguiste esto? — digo extrañada.

—¿Cómo que dónde? En el segundo vestier. ¡Es un regalo de tu esposo!

—¿Regalo? — menciona igual de extrañada — Debió olvidársele a la antigua propietaria de esta casa. Mándalo con la ama de llaves. Que se contacte con ella para devolvérselo.

Podría jurar que, si no tuviésemos una relación profesional, June estaría revirándome los ojos. Fuera de horario laboral, tiene permiso de hacerlo, después de todo es la hija de la enfermera de mi madre. Hay confianza. Y mucha honestidad de por medio.

—¿La antigua propietaria también era de tu talla? ¿Tenía hasta la misma talla de calzado? — pregunta revisando ambas cosas.

Le quito los zapatos de las manos, para confirmar que eran de mi talla. Son nuevos. June me ruega con los ojos que me los pruebe y lo hago. El vestido me queda como un guante, y los zapatos a pesar de ser muy altos, son cómodos. Viéndome al espejo de cuerpo completo luzco hermosa.

—Está bien. Sí son para mí, pero tuvo que mandar a alguno de sus empleados a comprarlos. Y debo admitirlo, el empleado que haya escogido estos regalos, tiene un excelente gusto — comento.

—Y un presupuesto ilimitado. No te voltees, aprecia esta exquisitez.

June dice esto poniéndome por detrás un collar de diamantes capaz de dejar sin habla a cualquiera. Incluyéndome. No tengo una joya de tal calibre en mi poder, nunca la he tenido, porque no son “dignas” de una hija bastarda como diría mi amado difunto padre.

—¿Crees que también un empleado escogió un collar como éste? — dice — ¿Estás segura que tu esposo te detesta tanto como dices, jefa?

La visión de mi cuello rodeado de diamantes confieso que es algo intimidante. Pero no pierdo mi enfoque.

—Nathan no me detesta. Me odia, y yo lo odio a él — aseguro con convicción — Este matrimonio terminará este año, y después más nunca nos volveremos a ver. Ese es el trato. Te darás cuenta a medida que el tiempo avance, no te pongas muy cómoda a su alrededor.

Nathan planea algo, lo puedo sentir muy dentro de mí, y no bajaré mi guardia por un simple vestido o collar.

……

Desciendo por las escaleras al este de la casa al mismo tiempo que Nathan baja por el lado oeste. De alguna forma nos la ingeniamos para hacerlo en simultáneo, y compartiendo una mirada que podría significar mil cosas sin pudiésemos leer el pensamiento del otro.

Él ha quedado como paralizado al observarme. Le cuesta mover las facciones de su rostro. En cambio, yo le miro con burla y frialdad. Tengo una media sonrisa que usaré como arma. No importa que por dentro haya sido distraída con lo bien que se ve en ese traje.

—¿Estás preparado para dar inicio a esta farsa? — le pregunto.

Con mis palabras lo saco del estado de distracción en el que estaba. Se recompone.

—Tanto como tú lo estás. No hagas tan obvios los sentimientos que tenemos por el otro, o nos dejarás en evidencia — me extiende su brazo — Esposa.

Lo tomo sintiendo al instante una corriente eléctrica al aferrarme a éste para que me ayude a bajar por las escaleras.

—Haré mi mejor intento, esposo — le respondo.

Entonces bajamos, los empleados en la puerta nos la abren, y otros más hacen lo mismo al llegar al auto. Una vez dentro de éste, me cuesta mantener la compostura. Tener a Nathan tan cerca en un espacio cerrado, es incómodo. Trato de hacer la mayor distancia que puedo entre nosotros. Él nota esto en silencio.

—Tocarme no te corroerá la piel Katherine.

—Lo mejor será tomar precauciones — le sonrío con desfachatez, la misma que él me devuelve — Lo que llevo puesto, supongo es un préstamo de una sola vez.

Nathan me mira extrañado. En sus ojos hay una especie de confusión que a mí me confunde.

—¿Por qué haría algo como eso? ¿Crees que el dinero es un problema para mí?

—El dinero no es un problema para ti, pero tener gestos considerados conmigo, creo que sí lo es. ¿O es que el empleado que escogió esto no hizo caso al presupuesto? — cuestiono con el auto ya en marcha.

Él en lugar de pelearme, responde con algo más desconcertante de por sí. Se ríe suavemente.

—No le di presupuestos a ese empleado. Pídele lo que quieras.

Nathan me pasa su número sin complicaciones o reclamos. Sigo sin saber cómo ese empleado supo mis tallas.

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