Capítulo 2 Capítulo 2

El impacto fue inmediato. Todas las miradas se posaron sobre Natalia. Ella se mantuvo de pie, sin apartar la vista de Alejandro.

—¡¿Natalia?! —gritó Susana, fuera de sí—. ¿Cómo es posible que esa mujer… esa criatura fea, sin gracia, sin voz siquiera… sea la esposa de Alejandro O’Sullivan?

Los murmullos se transformaron en exclamaciones.

—¿Te has casado con mi hermana? —preguntó, temblando, la voz quebrada entre la incredulidad y el dolor.

Alejandro no contestó. Sus ojos seguían fijos en Natalia, y en su mente se formaba lentamente el recuerdo de aquella noche borrosa, casi un sueño.

—Alejandro —la voz de su padre lo trajo de regreso a la realidad—, ¿qué tienes que decir ante esto? ¿Cuándo firmaste un acuerdo matrimonial con la hija de Crandrall? ¿Por qué lo ocultaste?

El joven respiró profundo, y su respuesta fue breve.

—No recuerdo exactamente cuándo sucedió.

El juez rectificó con datos.

—Según el certificado, llevan un mes de casados.

—¡¿Un mes?! —gritó Alexander, fuera de sí—. Un mes exacto…

‘Justo el día en que le ordené comprometerse con Zara Crandrall’

—Esto es un error —intervino Roberto Crandrall, el padre de Natalia—. ¡Debe haber una confusión en los registros!

—Lo lamento, señor —repuso el juez—. No hay error. El matrimonio está registrado legalmente. Reconocido y notariado ante ley. Es totalmente válido y vigente. Por lo tanto… no puedo casarlos.

Una exclamación general retumbó.

—¡Tiene que casarlos! —vociferó—. ¡Esta boda debe llevarse a cabo, lo quiera o no lo quiera esa insulsa criatura!

La madre de Alejandro, Ivonne O’Sullivan, que hasta entonces había callado, levantó la voz.

—Esa mujer no es digna de ser la esposa de mi hijo.

El juez cerró la laptop.

—Mientras no se produzca un divorcio legal —declaró—, no puedo proceder con ninguna otra unión.

—¡Entonces divórcialos ahora! —ordenó Susana, presa de la histeria—. Hágalo frente a todos, aquí mismo, ¡y terminemos con este absurdo!

Alexander se giró hacia ella con frialdad.

—Eso no será posible. —Su voz resonó firme—. En los O’Sullivan no existe el divorcio.

Susana y Zara palidecieron. Era conocido que la familia mantenía normas internas más rígidas que la ley misma. El matrimonio, en su linaje, era un pacto de sangre, inquebrantable.

—No puedes permitir esto, Alexander —insistió Ivonne, casi suplicando—. No puedes dejar que tu hijo quede atado a esa mujer… esa deformidad del destino.

Alexander guardó silencio un instante, observando a Natalia largamente. La joven no hablaba, ni lloraba, ni pedía defensa. Simplemente estaba ahí, erguida, tranquila, con la mirada clavada en un punto: Alejandro. Y por un momento, Alexander sintió algo extraño… ¿pena, quizás? Sí, pena por aquella muchacha que cargaba sobre su espalda el desdén del mundo entero.

Tras un largo respiro, bajó la vista hacia su hijo.

—Alejandro… —dijo con voz más suave—. Tienes la última palabra. ¿Deseas terminar con este matrimonio?

Un silencio total se extendió por el salón.

—No —dijo sin titubear—. No seré yo quien rompa las reglas de mi familia. Este matrimonio… continuará. Hasta que la muerte nos separe.

Las palabras cayeron como un cuchillo. Zara lo miró con el rostro desencajado. Ivonne se llevó una mano al pecho, como si le faltara el aire. Alexander asintió lentamente, en un gesto que significaba tanto aprobación como resignación.

Natalia sintió que su pecho se expandía, que un calor nuevo la invadía, desconocido pero dulce. Sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña.

—¡Alejandro! —gritó Zara, al borde del llanto—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Divórciate de ella, cásate conmigo!

Alejandro no la miró. Dentro de sí, pensaba: “No quiero divorciarme”

Se levantó despacio, Zara lo contuvo por el brazo.

—No te vayas, Alejandro —este se soltó de su agarre, caminó hacia Natalia.

El murmullo de los invitados se alzó, expectante. Cuando llegó frente a ella, sacó de su bolsillo un pequeño anillo de oro. Lo sostuvo por un momento, y luego, con elegancia tomó la mano de Natalia.

—Esto te pertenece —dijo con voz firme.

Zara dio un grito ahogado.

—¡No te atrevas! ¡No te quedarás con mi hombre!

En un arrebato de furia, corrió hacia Natalia con intención de abofetearla, pero el brazo de Alejandro se interpuso con fuerza. La sujetó antes de que pudiera tocarla.

Su voz estalló como un trueno en medio del silencio.

—Ahora es mi esposa. Nadie va a tocarla.

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