Capítulo 3 Capítulo 3
Cuando el anillo ingresó en el dedo de Natalia, Zara se sintió morir.
La música de la ceremonia aún sonaba, el murmullo de los invitados flotaba en el ambiente, pero para ella todo quedó ahogado, opaco, en una especie de niebla que la rodeaba por completo.
Sentía que el mundo se rompía con cada aplauso que seguía a ese gesto que la marcaba como perdedora.
Giró hacia sus padres, el rostro deformado por la furia.
—¡No pueden permitir que esa cosa se quede con mi hombre!
Su voz resonó entre los cristales. Todos la miraban, pero ella no podía detenerse.
No podía imaginarse cuánto se burlarían sus amigas, aquellas que tanto la envidiaban por ser la prometida de Alejandro O’Sullivan.
Ella, Zara Crandrall, la más hermosa, la más admirada, la que siempre conseguía lo que quería. Y ahora, esa muda, aparentemente insignificante, se lo había arrebatado a: Alejandro.
Sentía que era una humillación imposible de borrar, una mancha imborrable en su orgullo, algo que la sociedad, tan cruel con los fracasos, jamás le dejaría olvidar.
—¡Padre, haz algo! —gritó mientras su voz se quebraba—. ¡No puedes permitir esto!
Roberto Crandrall amaba a su hija, más de lo que jamás admitiría. La había criado como a una princesa, dándole todo lo que ella pidiera.
—¡Natalia, te exijo que te divorcies del prometido de tu hermana! —tronó su voz grave, intentando recuperar el control de una situación que ya se le escapaba entre los dedos.
La joven permaneció quieta. El silencio que emanaba de ella era más poderoso que cualquier palabra.
—No lo hará, aunque la obligues —intervino Alejandro—. Ella no podrá abandonarme, ni cambiarme, aunque quisiera.
Su mirada se hizo más oscura. Luego añadió, sin apartar los ojos de Natalia.
—Mientras yo no quiera desecharla, estará atada a mí, no porque ella quiera, sino porque yo quiero.
El gesto en el rostro de Zara se torció.
Su desesperación se convirtió en incredulidad; el tono del hombre que alguna vez soñó con tener para sí sonaba ajeno, duro.
—¡Alejandro! —chilló, con un temblor de histeria en cada sílaba—. ¿Por qué no te divorcias de ella? ¿Acaso no te da asco? —Su voz se tornó venenosa—. ¡Solo mírala! Es… es horrible.
Alejandro entonces la miró, no a Zara, sino a Natalia, con un gesto que descolocó a todos los presentes.
Su expresión, en lugar de asco, mostraba una extraña curiosidad, una especie de ternura bajo una capa de arrogancia.
Llevó lentamente su mano al cabello de su esposa, cubriendo con cuidado la cicatriz que surcaba parte de su mejilla. Luego sonrió, casi con dulzura.
—No es fea —dijo sin vacilar—. Con una cirugía, quedará bien.
Esa frase, tan liviana en apariencia, se hundió en el corazón de Natalia como una aguja.
Su vientre se contrajo, y su respiración se detuvo apenas un segundo cuando los dedos de él rozaron su piel. No por rechazo, sino por el caos de emociones que ese contacto despertaba.
—Tú… no estás hablando en serio, ¿cierto? —susurró Zara, con el tono de quien no puede creer que el universo la esté castigando de esa manera.
Alejandro no la miró siquiera. Continuó observando a Natalia, imaginando su rostro sin marcas, su piel reconstruida, su expresión libre.
—Vamos, esposa —dijo—. Hay una casa esperándonos.
Cuando Alejandro iba a tomarla de la mano para salir, Zara se abalanzó sobre Natalia con la intención de golpearla, de arrancarle siquiera un mechón de cabello, de dejarle alguna otra herida.
Pero Natalia tenía reflejos rápidos, demasiado rápidos.
Antes de que la mano de su media hermana alcanzara su rostro, la de ella ya se había cerrado en un puño.
El golpe resonó seco, contundente. El sonido del impacto fue tan claro que quienes estaban cerca sintieron que el aire se detuvo.
La mano de Natalia cayó directa en los labios de Zara.
Un segundo después, la boca de Zara se llenó de sangre.
—¡Ay! —gritó con un alarido—. ¡Mis dientes! ¡Mis dientes!
