Capítulo 4 Capítulo 4

La sangre le chorreaba entre los dedos que usaba para cubrirse el rostro. Las lágrimas se mezclaban con el maquillaje que se le corría en líneas negras sobre las mejillas.

—¡Salvaje! —bramó, Susana—. ¡Qué le has hecho a mi niña!

Roberto también corrió para sostener a su hija herida, mientras el resto de los invitados murmuraba con escándalo.

Mientras tanto, Alejandro observaba a Natalia. Ella se sacudía la mano con calma, como si acabara de quitarse algo molesto. Sus nudillos estaban rojos, pero su rostro, inexpresivo, solo mostraba el más mínimo destello de satisfacción.

Alejandro esbozó una sonrisa lenta, admirativa.

—Increíble —dijo en voz baja, pero perfectamente audible—. Tengo una esposa fuerte.

Y sin más miramientos, la tomó de la mano y la condujo hacia la salida.

No miró atrás, no ofreció disculpas, no dio explicaciones.

Detrás de ellos, los gritos de Zara aún resonaban, desgarradores y llenos de furia impotente.

—¡Ah, me quebró los dientes! —se quejaba—. ¡No es justo! ¡No es justo! ¡No es justo que se vaya con él!

Se suponía que era ella la que saldría de la mano de Alejandro.

Dentro del coche, Natalia miraba por la ventana, viendo cómo la ciudad se deshacía en luces y sombras.

En cuanto Alejandro, revisaba ocasionalmente su teléfono. La pantalla iluminaba su rostro, resaltando el perfil elegante que tantas veces ella había observado en secreto.

Las líneas de su mandíbula, sus labios delgados, el brillo de sus ojos… todo en él parecía tallado para el dominio.

Natalia lo observaba sin darse cuenta, su mirada fija, analítica.

—¿Estás enamorada de mí? —Preguntó Alejandro de repente, sin levantar la vista.

El corazón de Natalia dio un salto. Sintió el calor treparle por el cuello, y apartó la mirada velozmente, fingiendo interés en los árboles que pasaban afuera.

—Bien, no hablemos aún —añadió él con tono neutro, casi divertido, como si conociera perfectamente la respuesta.

El resto del trayecto transcurrió en silencio.

Llegaron a la villa de Alejandro, una construcción moderna, grande y solitaria, perdida entre colinas.

Al entrar, Alejandro dejó las llaves en el colgadero con un movimiento lento se quitó el abrigo. Luego volteó, esperando que ella lo siguiera.

Natalia aún estaba de pie junto a la puerta, inmóvil.

—¿Quieres que te invite a pasar a tu propia casa? —preguntó él, arqueando una ceja.

Ella asintió lentamente y cruzó el umbral. Sus pasos eran livianos, temerosos, cuidando de no hacer ruido.

Detrás de ella, la puerta se cerró.

—¿Tomas? —preguntó él, ya cerca de la barra.

Natalia negó con la cabeza.

Alejandro se sirvió una copa de vino con esa elegancia pausada que evidenciaba su educación y su control.

Giró la copa, observando cómo el líquido rojo se adhería a las paredes de cristal.

—Natalia —dijo de repente, sin apartar la vista del vino—. ¿Tú recuerdas cómo nos casamos? ¿Hay algún contrato?

Ella permaneció quieta unos segundos, como si evaluara su respuesta. Luego llevó una mano a la pretina de su falda y sacó un sobre doblado. Lo extendió hacia él con ambas manos, en silencio.

Alejandro tomó el sobre. Sus dedos largos y definidos rozaron los de ella, y por un instante, ambos se miraron.

Había algo eléctrico en ese contacto.

Él abrió el sobre con calma, deslizándolo con el dedo pulgar.

Su mirada bajó hacia el documento y comenzó a leer, línea por línea.

Sabía que su esposa no podía hablar, pero sí escuchar, sobre todo, entender.

Natalia lo observaba con serenidad. No necesitaba decir nada, el contrato lo decía todo.

Lo que vio Alejandro dentro del sobre no fue solo un contrato matrimonial común. Era un pacto. Una unión firmada bajo condiciones, con cláusulas, donde el poder no recaía en él, sino en ella.

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