Capítulo 5 Capítulo 5
Las largas pestañas de Alejandro se levantaron con lentitud. El azul intenso de su mirada, normalmente sereno y cristalino estaba ahora teñido por un desconcierto.
—¿Tú… creaste este contrato?
Natalia negó, y en señas le indicó que ambos lo crearon.
—¿Los dos? ¿Estás segura?
Ni siquiera se atrevía a pronunciar en voz alta la posibilidad de que todo aquello fuera una falsificación: aquella firma era suya. Hecha con su trazo distintivo, con la elegancia de su caligrafía, con la precisión de quien acostumbra a rubricar contratos empresariales de millones. Era imposible negar que la tinta pertenecía a su mano.
—Me emborrachaste… y drogaste aquella noche.
Natalia guardó silencio cuando lo escuchó acusarla de haberlo drogado.
—¿No lo dirás? ¿No explicaras cómo nos casamos, como firmamos ese contrato y…? —Tropezando las palabras en la garganta— ¿Nos acostáramos?
Natalia asintió, sin pronunciar palabra.
—¿¡Qué!? —Alejandro dio dos pasos largos, y ya estaba frente a ella. La proximidad era tanta que parecía absorber el aire entre ambos— ¿Robaste mi virginidad?
Natalia frunció el ceño ante su cercanía; el aliento cálido de Alejandro chocó con el suyo. Sus pupilas no se movieron, apenas un parpadeo revelaba su incomodidad.
—¿¡Cómo pudiste!?
Sus grandes dedos, delgados y fuertes, se cerraron alrededor del brazo de ella.
No fue un gesto de violencia.
Aquella mujer —que ahora era su esposa— le había robado lo que él consideraba sagrado.
Pero al pensar en ello, recordó. Natalia era su esposa. Legalmente, ante los ojos de todos.
Natalia lo observó en silencio, intentando descifrar los pensamientos que se reflejaban como tormentas en los ojos de Alejandro.
Con lentitud, Natalia llevó su mano al antebrazo de él, sintió lo duro de su músculo. Joder, parecía tener una piedra, pero eso no le desvió de su propósito principal, deshacerse del agarre.
Después que ella sacó la mano que sujetaba su brazo, sacó su teléfono celular del bolsillo y empezó a escribir con rapidez.
Cuando terminó, le mostró la pantalla.
“No quise que pasara algo.”
Alejandro leyó el mensaje una vez, luego dos.
—¿Estás diciendo que yo te forcé?
Natalia escribió de nuevo.
“Sí. Además, fuiste tú quien propuso manejar la empresa de mi familia si te casabas conmigo.”
Alejandro entrecerró los ojos. El texto siguiente apareció en la pantalla de Natalia:
“A cambio, yo agregué esa cláusula.”
—¿La del hijo? —preguntó él, la voz más baja.
Natalia asintió, sin apartar la mirada.
“Señor O’Sullivan,” escribió “usted firmó un contrato conmigo. Prometió darme un hijo, y debe cumplirlo.”
Lo que escuchaba le causaba gracia.
¿Se habría visto a alguien obligar a Alejandro O’Sullivan a hacer algo que no quería?
Nadie. Absolutamente nadie en su sano juicio se atrevía a obligarlo siquiera, menos una mujer. Pero la que tenía enfrente estaba desafiándolo, alcanzando el límite de su paciencia.
Primero, se atrevía a emborracharlo, a obligarlo a casarse; luego, había robado su virginidad. Ahora, la muy astuta quería obligarlo a sembrar sus semillas en ella.
—Tú… ¿Quién te has creído para obligarme a mí a darte un hijo?
Natalia escribió de prisa, para luego recordarle:
“Tu esposa, con quien firmaste un contrato” —agarró de nuevo el contrato y se lo mostró, justo en la firma—. “Esta rúbrica rectifica su palabra. ¿O pensará fallarla, señor O’Sullivan?”
Alejandro le quitó el papel, presionó sus labios al mismo tiempo que presionaba el documento.
“Si lo rompe, no importa. Mi abogado guarda otro más”, se apresuró a decir Natalia.
“Yo en su lugar no lo rompería; mejor leería detenidamente cada cláusula y así me llenaría de conocimientos sobre lo que nos depara en el futuro juntos, querido esposo”.
Alejandro miró fijamente a su esposa, notando la sonrisa escondida que tenía y el brillo de esos ojos que parecían guardar más de mil secretos.
Tal parecía que esa mujer no era fácil de manejar como él había creído. Que su mudez no la hacía nada sumisa.
Tal parecía que su aparente sumisión antes de ir a casa solo fue un teatro para que él la recibiera.
