Capítulo 6 Capítulo 6

“Estoy cansada, ¿me podría decir dónde está nuestra habitación?”

—¿Nuestra habitación? —Cuestionó Alejandro—. No hay nuestra habitación. Tú tendrás la tuya y yo la mía.

Natalia permaneció en silencio mientras Alejandro llamaba a su empleada para que esta, a su vez, la llevara a la habitación.

Antes de retirarse, Natalia hizo una reverencia a Alejandro y se marchó bajo la mirada de él.

Alejandro agarró una copa, la llenó completamente y, con ella en mano, sobre todo, el contrato, sonrío. Seguido se fue al despacho.

Ahí se dejó caer en el gran sillón de cuero, levantó la pierna y comenzó a leer atentamente cada una de las cláusulas del contrato matrimonial.

Tras leer, se serenó. Después de todo, el único que salía ganando era él, pues Natalia estaba dispuesta a darle el 60% de las acciones de la compañía Gilmartin, que en ese tiempo ocupaba el nombre de Crandrall.

Pero Alejandro sabía que esa empresa nunca le perteneció a Roberto Crandrall, que la difunta esposa de este era la única heredera.

Eso lo investigó antes de comprometerse con Zara Crandrall, pero estaba esperando el día del compromiso para desenmascararlos.

Alejandro bebió de la copa mientras pensaba en la cara que pondrían los Crandrall cuando supieran que él, Alejandro O’Sullivan, era el nuevo mayor accionista de tal empresa.

Solo que, para hacer realidad aquello, debía darle un hijo a Natalia. Eso no le desagradaba en absoluto. Después de todo, su promesa se cumpliría.

En su habitación, Natalia se dejó caer en la cama y llevó su mano al dije en forma de corazón que tenía en la cadena. Suspiró profundo y sonrió.

Alejandro ya era suyo, ya era su esposo. Eso era lo que más quería, lo que más anhelaba, y lo había conseguido.

Ella lo amaba secretamente. Lo había visto cuando apenas entraba en la adolescencia, en las revistas que llegaban a su casa.

Ella lo miró en un papel y sintió que su pecho se aceleraba. Por eso, cuando se enteró de que estaba comprometido con Zara, hizo hasta lo imposible por atarlo a ella.

Natalia siguió los pasos de Alejandro; sabía toda su agenda, y eso era gracias a su gran empeño en la informática. Ella casi, casi, era un genio de la tecnología.

Natalia se presentó ante Alejandro aquella noche en el hotel, esperando que él no la rechazara, que la escuchara.

Estaba dispuesta a contarle que era ella la heredera de los Gilmartin, no su padre, y que aquella unión con Zara sería en vano.

Pero esa noche, cuando se acercó a Alejandro, este ya estaba un poco borracho. Había bebido poco, pero con la copa que su conocido le dio, bastó para que hiciera lo que la otra persona quería.

—¿Qué quieres? —le preguntó Alejandro aquella noche cuando la vio acercarse.

—Casarme contigo —le contestó Natalia, dejando salir por primera vez la voz después del accidente de su madre.

—Bien, casémonos entonces —Dijo sin preámbulos, con una sonrisa.

El abogado de Natalia, quien había sido el promotor de la droga a Alejandro, sonrió cuando escuchó que este aceptaba el matrimonio.

Natalia no lo había querido de esa forma, con Alejandro drogado, por ello se enojó con el abogado, porque había usado una estrategia tan baja para obligarlo a casarse con ella.

Ella tenía pensado hablarle con la verdad, convencerlo de que unieran fuerzas a cambio de un porcentaje, pero gracias a la estrategia mañosa de su abogado, él accedió bajo una sustancia.

Natalia quería conseguir el amor de Alejandro de forma correcta, no de tal manera. Pero ya que había ocurrido de tal manera, debía luchar por conseguir su corazón.

Alejandro era algo que Zara no podría quitarle. Esta le había quitado todo desde que su madre murió, pero no permitiría que le quitara el amor de su vida.

—Alejandro O’Sullivan, seremos una hermosa familia.

Dijo, dejando salir su hermosa voz, mientras se miraba al espejo, y pasaba su mano por el vientre.

Quizás ya había una vida dentro. Tal vez ya la semilla que Alejandro se negaba a sembrar ya estaba creciendo en su interior.

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