Capítulo 7 Capítulo 7

Era otro día, y Natalia se levantó temprano, abrió la ventana de su habitación y cerró los ojos para sentir la caricia del viento.

Su primer día como la señora O’Sullivan debía comenzar con un importante desayuno.

Tras darse un aseo personal, bajó las gradas, vestida con un sencillo vestido que moldeaba su cintura de guitarra.

Llegó a la cocina y saludó al personal con amabilidad y una gran sonrisa, ganándose inmediatamente el cariño de estos.

“Cocinaré para mí, esposo. ¿Me dirán qué es lo que le gusta desayunar?”

La empleada de cocina le dio indicaciones sobre el tipo de desayuno que solía comer Alejandro O’Sullivan.

En unos minutos, Natalia ya tenía la comida preparada, con un adorno excelente, dejando asombradas a las empleadas.

Natalia no esperó a que Alejandro bajara; ella preparó la mesa de mano y, con cuidado, subió a la habitación de este.

Abrió la puerta sin tocar, tomando por sorpresa a un Alejandro que yacía dormido profundamente.

—¿Qué carajos? —dijo al sentir que su puerta se abría y alguien ingresaba como si aquel lugar no fuese prohibido.

Natalia dejó la mesa de mano en el velador, fue a las ventanas y abrió las cortinas, logrando que la luz del sol pegara en los preciosos ojos de Alejandro.

Este cubrió el rostro con su mano.

—Joder. ¿Cómo te atreves a entrar y despertarme de esta forma? —gruñó, levantándose.

La boca de Natalia se hizo agua. Su mirada bajó por el cuerpo desnudo de Alejandro, quien solo llevaba un bóxer que cubría su zona baja.

Aun así, Natalia no dejó de observar con curiosidad e imaginar lo que había dentro.

Recordaba de su primera vez que era grande, firme, caliente, pero no lo había visto, ni siquiera en bóxer.

Al notar la mirada de Natalia, Alejandro cubrió su zona baja con ambas manos.

—Mujer, ¿cómo te atreves a entrar de esa forma a mi habitación? ¿Quién te ha dado permiso?

Ella lo miró con una sonrisa.

Ya había intuido los cuestionamientos de Alejandro al ingresar a la habitación, así que ya había escrito la respuesta.

“Es nuestro primer día amaneciendo como esposo, así que me esforcé por prepararle y sorprenderlo con un desayuno, señor O’Sullivan.”

¿Sorprender?

Cuestionó internamente Alejandro. Vaya, que sí que lo había sorprendido.

“¿Por qué se cubre algo que ya vi?”

Escribió Natalia de nuevo en su teléfono.

“Recuerde que ya pasamos nuestra noche de bodas juntos.”

Alejandro dejó de cubrirse. Miró a Natalia intensamente. Caminó hacia ella sin apartarle la mirada, dejándola en trance y con el pecho acelerado.

—Así que recuerdas que pasamos la noche juntos —Natalia contuvo la respiración ante tal cercanía—. ¿Y cómo fue? ¿Por qué no me cuentas cómo fue que sucedió? ¿Te gustó?

El corazón de Natalia se desbocó en latidos; parecía que se saldría de su órbita.

Instintivamente, llevó la mano al pecho de Alejandro, y cuando sus yemas de los dedos rozaron la piel, las manos de Alejandro se cerraron en las muñecas, evitando tal contacto.

—No tienes permitido entrar a mi habitación.

Odiaba, detestaba que lo despertaran cuando su sueño aún no estaba completo, más aún, que ingresaran personas no autorizadas.

Las únicas autorizadas a ingresar eran las empleadas de servicio, y eso, solamente a arreglar la habitación cuando él ya estuviera fuera de la villa.

—¡No vuelvas a ingresar sin mi autorización! —cerró la puerta.

Al girarse, vio la bandeja de desayuno, ladeó la cabeza y se metió al baño.

Cuando salió, ya vestido y perfumado, listo para un día de trabajo, se detuvo a contemplar el desayuno.

Debía admitir que la decoración era digna de un profesional; incluso la comida se veía buena, hasta el punto de hacérsele agua la boca. Sin embargo, no comió, debía estar pronto en la empresa.

Alejandro bajó las gradas; ni siquiera se dignó a despedirse de Natalia, solo agarró las llaves del auto y se marchó.

Natalia suspiró profundo, sintiendo que había fracasado en su primer intento por acercarse a Alejandro, pero no se daría por vencida. Ella, más que nadie, sabía que la persistencia era la clave del éxito.

Alejandro llegó a la empresa, caminó con la mirada alta y el murmullo de las empleadas, quienes no podían dejar de admirar ese hombre, guapo, elegante y glamuroso.

Alejandro llegó a su oficina, retiró el saco, lo colgó detrás del asiento y se acomodó en la silla para empezar su día de trabajo.

La secretaria ingresó con una sonrisa radiante y un caminar coqueto.

—Señor O’Sullivan —se arregló el cabello, esperando que él la mirara—. Le leeré su agenda del día de hoy.

Alejandro continuó concentrado en la portátil. Ni siquiera una mirada de reojo le lanzó a aquella mujer.

—La reunión empieza en unos minutos; su padre requiere que esté antes de lo previsto.

—Lo estaré —fue lo único que dijo.

La mujer continuó ahí, sonriendo, esperando que él la mirara por un instante y viera en esos ojos el deseo de ella.

Cuando Alejandro la miró, no había pizca de deseo en sus ojos; más bien, estaban cargados de irritación.

—¿Tienes algo más que decir? —ella negó—. Entonces, márchate.

—Oh, sí, ahora mismo.

Giró en sus propios talones y caminó sensualmente hacia la puerta, sintiendo la mirada de Alejandro en su espalda. Antes de atravesar el umbral, dejó caer el lápiz y se inclinó a recogerlo, levantando la cola en dirección a Alejandro.

Este miró con desagrado las insinuaciones de esa mujer.

¡Qué desubicada! —farfulló entre dientes, con un atisbo de rechazo.

Tiempo después, Alejandro se levantó para ir a la reunión. Al ingresar, su padre cuestionó.

—¿Cómo fue el primer día con la fea?

Alejandro le miró indignado.

—Te pediré de la manera más amable que no te dirijas a mi esposa de esa forma.

Alexander O’Sullivan elevó la ceja, sorprendido por el actuar de su hijo.

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