Capítulo 1 DOS TUMBAS Y UNA TRAICIÓN
Elizabeth tenía una mano sobre el ataúd de Mateo y la otra sobre el de Luna. Eran demasiado pequeños. Dos cajas blancas, idénticas, cubiertas con las flores amarillas que sus hijos habían elegido cuando todavía hablaban de regresar a casa.
No era justo.
Ella los había llevado en su vientre. Había escuchado sus primeros llantos, celebrado sus primeros pasos y pasado siete años separando peleas por juguetes. Ahora debía despedirse de ambos el mismo día.
—No los tapen todavía —susurró Elizabeth, sintiendo que su corazón explotaría—. Mamá sigue aquí. Solo denme un momento más.
Sobre el ataúd de Mateo descansaba su balón de fútbol. Sobre el de Luna, la muñeca a la que le había cortado el cabello para que se pareciera a ella después de la quimioterapia.
Elizabeth acarició la cabeza desigual de la muñeca.
—Te quedó horrible, mi amor —murmuró, soltando una risa rota—. Pero tú decías que era la muñeca más bonita del mundo porque se parecía a ti.
El sacerdote continuaba hablando, aunque algunas palabras se perdían antes de llegar a ella. Elizabeth se esforzó por escuchar. No quería perder una sola frase de la última ceremonia de sus hijos. Ya había perdido demasiado.
—¿Cómo se supone que voy a volver a casa? —preguntó, mirando los ataúdes—. ¿Quién va a correr por los pasillos? ¿Quién va a despertarme por una pesadilla? ¿Quién volverá a llamarme mamá?
Lorena la sostuvo por la cintura, pero Elizabeth apenas sintió el abrazo. Llevaba días llorando y creía que su cuerpo ya no podía producir otra lágrima. Se equivocaba. Una madre siempre encontraba una nueva forma de llorar por sus hijos.
Miró alrededor. Había enfermeras, empleados del cementerio y personas que apenas conocía. Diego no estaba. Había viajado a Canadá por una supuesta crisis en la empresa y ni siquiera había llamado esa mañana.
Beatriz tampoco había ido. Su madre no estuvo cuando Luna dejó de respirar ni cuando Mateo decidió seguir a su hermana pocas horas después. Elizabeth ya no tenía fuerzas para preguntarse por qué debía mendigar amor a quienes debían quererla sin condiciones.
—No importa —dijo, secándose las lágrimas—. Yo estoy aquí por ustedes. Mamá nunca los dejará solos.
El sacerdote terminó la oración.
Uno de los trabajadores levantó la pala.
La primera porción de tierra cayó sobre el ataúd de Luna. Otra cayó sobre el de Mateo.
Entonces Elizabeth comprendió que iban a cubrirlos. Que dejaría de ver aquellas cajas. Que aquello era definitivo.
—¡No! —gritó, soltándose de Lorena y corriendo hacia las tumbas—. ¡Esperen! ¡Ellos le temen a la oscuridad!
Cayó de rodillas y extendió los brazos, intentando proteger ambos ataúdes.
—Mateo duerme con la puerta abierta y Luna necesita su lámpara encendida —suplicó, apartando la tierra con las manos—. No pueden dejarlos ahí abajo. Van a despertarse y van a buscarme.
Lorena se arrodilló detrás de ella, pero Elizabeth siguió golpeando la tierra.
—¡Mateo! ¡Luna! Mamá está aquí. Podemos volver a casa. Les prepararé el desayuno, les leeré un cuento y no volveré a regañarlos por dejar los juguetes tirados.
Su voz se quebró. Después comenzó a reír, una risa desesperada que hizo que todos bajaran la mirada.
—Esto es una pesadilla —repitió—. Cuando despierte, ellos estarán conmigo. Van a volver. Mis niños siempre regresan conmigo.
La risa desapareció y el llanto volvió con más fuerza. Elizabeth lloró por Mateo, por Luna y por todos los años que nunca vivirían.
También lloró por ella.
Porque cuando cayera la última palada de tierra, tendría que levantarse y regresar a un mundo que seguía avanzando, aunque el suyo acababa de quedar enterrado en dos tumbas pequeñas.
Durante el camino de regreso a la mansión Gil, ella no soltó la maleta que llevaba sobre las piernas. Allí estaban los zapatos que Mateo había usado en el hospital, la diadema amarilla de Luna y dos pulseras con sus nombres. Eran las únicas cosas que había podido sacar de la habitación antes de que una enfermera cerrara la puerta.
Al llegar a la mansión, Elizabeth se quedó unos segundos frente a la entrada. La casa parecía haber olvidado que dos niños acababan de morir. No había flores, familiares ni una sola persona esperándola.
Elizabeth suspiro, lo único que quería era subir a la habitación de sus pequeños para olor sus ropa.
Subió las escaleras, agarrándose del pasamanos porque apenas podía sostener su propio cuerpo. Sin embargo, un sonido la detuvo en seco. Eran risas mezcladas con jadeos y gemidos de placer que llenaban el pasillo. Venían de la habitación principal, la que ella compartía con su esposo.
Ella empujó la puerta con una lentitud agónica. Lo que vio le revolvió el estómago.
—Así… No pares —pidió Cristina—. Hazlo más fuerte.
Cristina estaba desnuda, con las piernas abiertas alrededor de Diego. Él la sujetaba por las caderas y embestía a su propia madrastra con saña. Los dos se reían entre gemidos, perdidos en un placer que no conocía culpa, mientras la ropa de ambos permanecía tirada por toda la habitación.
—¡Malditos!
Diego se apartó de Cristina y giró hacia la puerta. No pareció avergonzado; solo se mostró molesto por la interrupción. Cristina tomó una sábana para cubrirse, aunque una pequeña risa todavía bailaba en sus labios.
—¿Qué haces aquí tan pronto? —preguntó él con cinismo.
Ella, sin dudarlo, cruzó la habitación, abofeteó a Diego, luego apartó la sábana, sujetó a Cristina por el brazo y la sacó de la cama.
—¡Perra! ¡Zorra infiel! —le gritó—. ¡Te acostaste con el hijo de tu esposo en mi propia cama!
Cristina trató de soltarse, pero Elizabeth la abofeteó. No lo hizo por Diego, sino por Álvaro, por sus hijos y por todos los años durante los cuales esa mujer se había sentado a su mesa fingiendo que formaban una familia.
—¡No vuelvas a tocarme! —protestó Cristina—. Estás loca.
—¿Loca? ¡Acabo de enterrar a mis dos hijos y te encuentro desnuda con su padre!
Diego agarró a Elizabeth por ambos brazos y la separó de Cristina. Ella se revolvió, le golpeó el pecho y trató de alcanzarlo otra vez. Diego apretó más, sin importarle que le estuviera haciendo daño.
—¡Suéltame, maldito! —gritó Elizabeth—. Mientras yo enterraba sola a Mateo y Luna, tú estabas acostándote con tu madrastra. ¿No se supone que debías estar en Canadá? No eres más que un cerdo.
—Mide tus palabras —respondió Diego—. Estás fuera de control.
—¡Los dos me dan asco! ¡Tus hijos murieron preguntando por ti y tú nunca fuiste capaz de despedirte!
Diego la soltó con un empujón. Elizabeth logró mantenerse de pie junto a la ventana. Cristina recogió una bata del suelo y se la puso con una calma que resultaba más ofensiva que cualquier disculpa.
—No hagas un drama más grande —dijo Cristina—. Tu matrimonio con Diego terminó hace mucho. Tú eras la única que no lo sabía, ¿quieres saber la verdad? Esto no comenzó ayer. Llevamos años juntos.
Elizabeth miró a Diego, esperando que negara aquella crueldad. Él tomó sus pantalones y comenzó a vestirse, como si su esposa hubiera entrado a reclamarle por una reunión olvidada. Ni siquiera pidió perdón.
—Dime que estás mintiendo —exigió Elizabeth, golpeando su pecho—. ¿Dime que no hacías esto mientras nuestros hijos estaban vivos?
—¿Para qué quieres más mentiras? —contestó Diego—. Nunca te amé. Eras una gorda insegura, fácil de manipular.
Cada palabra encontró dónde herirla. Elizabeth pensó en su boda, en los embarazos, en las noches que pasó esperando a que él regresara. Pensó en todas las veces que soportó su desprecio porque creía que, al menos, Diego amaba a sus hijos.
—Mi cuerpo no me hace menos mujer —respondió Elizabeth—. Ustedes son la basura de esta casa. ¿Por qué mierda te casaste conmigo?
—Mi padre dejó claro que el matrimonio era necesario para asegurar la herencia. Tú eras fácil de manejar. Siempre tuviste tanta hambre de cariño que bastaba tratarte bien dos días para que firmaras cualquier cosa.
Cristina rió por lo bajo.
—Y ni siquiera era difícil engañarte —añadió—. Siempre has sido tan estúpida, tan imbécil.
Elizabeth se volvió a lanzar contra ella, pero Diego volvió a sujetarla. Esta vez, le torció un brazo detrás de la espalda. El dolor la obligó a detenerse, aunque siguió mirándolos con un odio que ya no intentaba ocultar.
—No vuelvas a burlarte de mí —dijo, escupiendo el piso—. Lo único enfermo en esta habitación son ustedes.
—Pues, yo no diría eso, tus hijos nacieron enfermos —soltó Diego—. Siete años gastando dinero para terminar enterrándolos de todos modos.
Elizabeth dejó de luchar. Aquella frase la atravesó con una violencia distinta. Diego había hablado de Mateo y Luna como si fueran una mala inversión, no como los niños que corrían a abrazarlo cada vez que se dignaba a volver a casa.
—Eran tus hijos —dijo, llorando de rabia—. Ellos te amaban.
—Ese fue su problema. Y también el tuyo.
Elizabeth consiguió liberar una mano y lo abofeteó otra vez. Diego perdió la paciencia y la lanzó contra la pared. Cristina se acercó a él, le acarició el hombro y observó a Elizabeth sin una gota de arrepentimiento.
—Voy a llamar a Álvaro —dijo Elizabeth—. Le contaré lo que vi. Cuando sepa quién duerme en su cama, los destruirá a los dos.
Cristina intercambió una mirada con Diego. Después, caminó hasta la mesa de noche y tomó un frasco pequeño. Lo levantó entre dos dedos, segura de que Elizabeth ya no saldría de aquella habitación.
—Para cuando logres hablar con Álvaro, él estará muerto.
Elizabeth miró el frasco. Sobre la mesa había documentos médicos, el itinerario de regreso de Álvaro y el nombre de un medicamento. Finalmente, entendió por qué Cristina y Diego hablaban con tanta tranquilidad.
—¿Qué piensan hacerle?
—Una dosis en Canadá y otra cuando regrese —explicó Cristina—. Parecerá un infarto. Todos compadecerán a la viuda.
—Son unos asesinos.
—Todavía no —dijo Diego—. Pero tú acabas de complicarlo todo.
Elizabeth corrió hacia la puerta. Diego llegó primero y bloqueó la salida. Cristina giró la llave y guardó el teléfono de Elizabeth dentro de un cajón.
—Lorena sabe que vine —advirtió Elizabeth—. Si me pasa algo, vendrá a buscarme.
—Encontrará a una mujer destrozada por la muerte de sus hijos —respondió Diego—. Una mujer medicada que perdió el equilibrio y cayó por una ventana.
—Nadie va a creerles.
—Todos te creen débil, Elizabeth. Tu madre lleva años diciendo que eres inestable. Yo solo tendré que actuar demasiado bien.
Diego avanzó. Elizabeth retrocedió hasta sentir la ventana detrás de sus piernas. Intentó rodearlo, pero Cristina se lanzó sobre ella y le sujetó una muñeca.
Elizabeth luchó con todo lo que tenía. Arañó a Cristina, golpeó a Diego y gritó pidiendo ayuda. Ningún empleado apareció. La mansión seguía tan vacía como cuando había entrado.
—¡Suéltenme! —gritó—. ¡No van a salirse con la suya!
—Siempre fuiste demasiado confiada —dijo Diego—. Por eso fuiste perfecta para mí.
Él la empujó primero con una frialdad escalofriante. Cristina terminó el movimiento con un golpe seco que le arrastró el último destello de resistencia.
Elizabeth sintió que la baranda baja de la ventana golpeaba sus piernas y, en un acto desesperado por aferrarse a la vida, buscó algo a lo cual sujetarse. Sus dedos solo alcanzaron a arrancar la cadena que Diego llevaba en el cuello antes de perder el equilibrio por completo.
El vacío se abrió debajo de ella por una fracción de segundo. Quedó tendida allí, inmóvil sobre el suelo, mientras el eco de su respiración agitada se apagaba en el silencio opresivo de la mansión.
