Capítulo 2 PRESA EN CUNA DE LOBOS

Durante tres días, Elizabeth flotó en un lugar donde el tiempo no existía. A ratos, escuchaba a Mateo correr por los pasillos; en otros momentos, Luna le preguntaba por qué su papá no había llegado a despedirse. Luego aparecían la habitación, el rostro de Diego, las manos de Cristina y la ventana que se abría detrás de ella.

Quería correr hacia sus hijos, abrazarlos y quedarse con ellos para siempre. Sin embargo, una voz áspera comenzó a llamarla desde muy lejos, arrancándola de aquel sueño en el que aún oía sus risas. Elizabeth trató de resistirse, pero el dolor terminó arrastrándola de regreso.

Cuando abrió los ojos, encontró a Beatriz sentada junto a la cama. Su madre revisaba el teléfono con tanta tranquilidad que parecía estar esperando una cita médica y no el de su propia hija. Elizabeth quiso acomodarse, pero una punzada le atravesó la espalda y la obligó a caer nuevamente sobre la almohada.

—Mamá… ¿dónde estoy? —preguntó, llevándose una mano a la cabeza mientras ordenaba sus recuerdos—. ¿Dónde está Álvaro? Necesito hablar con él. Diego y Cristina quieren matarlo. Son amantes y planeaban provocarle un infarto; me arrojaron por la ventana cuando los descubrí. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Beatriz levantó la vista del teléfono y la observó con evidente fastidio. No hubo alivio en su rostro ni una palabra de cariño. Guardó el teléfono en el bolso y acomodó la espalda contra la silla antes de responder.

—No empieces con tus escándalos, Elizabeth —le advirtió, bajando la voz para que nadie fuera de la habitación la escuchase—. Llevas tres días inconsciente y lo primero que haces al despertar es inventar otra historia. Cállate antes de que alguien vuelva a escuchar tus locuras.

Elizabeth apartó la sábana y trató de levantarse, pero el dolor la obligó a detenerse. Aun así, sostuvo la mirada de su madre. No podía permitir que Diego hubiera construido una mentira mientras ella estaba inconsciente.

—No estoy inventando nada —aseguró, con voz temblorosa—. Los encontré juntos y escuché el plan completo. Intenté escapar, pero me empujaron. Soy tu hija, mamá. No permitas que conviertan la verdad en una enfermedad solo para protegerse.

Beatriz se levantó y se inclinó sobre la cama. Elizabeth esperó que fuera a abrazarla, pero su madre solo la miró como si estuviera frente a una extraña que acababa de avergonzarla.

—¿Creerte qué? —preguntó con desprecio, cruzándose de brazos—. Siempre has necesitado llamar la atención. Primero era tu peso, luego tus inseguridades, el duelo no procesado por tu padre. Y ahora resultaste ser una maniática. Diego ya me contó la verdad: comenzaste a consumir sustancias cuando los mellizos enfermaron y, después de enterrarlos, perdiste el juicio.

Elizabeth sintió que aquellas palabras le abrían una herida diferente. Había soportado durante años que Beatriz criticara su cuerpo, se burlara de su apariencia y justificara cada desprecio de Diego. Sin embargo, no permitiría que también la presentaran como una adicta incapaz de aceptar la muerte de sus hijos.

—Mateo y Luna estaban muriendo y yo permanecí junto a ellos cada noche —respondió, llevando sus manos hacia su pecho—. Los alimenté, los bañé y los sostuve cuando ya no tenían fuerzas. No consumí drogas y no me lancé por esa ventana. Mírame a los ojos y dime si de verdad crees que yo habría intentado abandonar a mis hijos de esa manera.

Beatriz desvió la mirada hacia la ventana. Por un instante, Elizabeth creyó haber logrado tocar algo dentro de ella, pero su madre volvió a endurecer el rostro y tomó su bolso.

—Eres mi hija y precisamente por eso sé lo difícil que siempre has sido —replicó, con desdén—. Desde que murió tu padre, te convertiste en otra persona. No uses ahora la tragedia de los niños para destruir a un hombre que ha tenido que soportar demasiado contigo.

Elizabeth apretó los puños debajo de la sábana. En ese momento comprendió que estaba rodeada de lobos y que su propia madre había elegido caminar con ellos. Abrió la boca para lanzar una última súplica, pero la puerta de la habitación se abrió antes de que pudiera hablar.

Álvaro entró con el rostro agotado y los hombros caídos. Al verla despierta, avanzó rápidamente hasta la cama y tomó una de sus manos entre las suyas. Su preocupación parecía sincera, aunque Elizabeth ya no sabía en quién podía confiar.

—Mi muchacha, perdóname por no estar cuando me necesitabas —dijo él, abrazándola fuertemente—. Intenté regresar, pero cancelaron todos los vuelos por las condiciones climáticas. Cuando conseguí salir de Canadá, ya había ocurrido todo. Lamento que pasaras sola por el funeral de los niños.

Elizabeth se aferró a su mano y lo obligó a acercarse. Aquella podía ser su única oportunidad de advertirle antes de que Cristina terminara lo que había comenzado.

—No tienes que disculparte, pero debes escucharme con mucha atención —le pidió, mirando hacia la puerta por temor a que alguien apareciera—. Cristina y Diego son amantes. Encontré un medicamento y escuché cómo planeaban provocarte un infarto. Debes revisar las cámaras, buscar sus mensajes y no aceptar nada que Cristina te dé.

Álvaro frunció el ceño y abrió la boca para preguntar algo. Sin embargo, Diego entró en ese mismo instante y caminó hasta colocarse entre su padre y la cama, impidiendo que Elizabeth pudiera seguir mirándolo directamente.

—Papá, el médico pidió que evitáramos estos temas —explicó Diego, apoyando una mano sobre el hombro de Álvaro—. Ella está mezclando recuerdos con pesadillas desde que despertó. La muerte de los niños la ha dominado por completo y todavía no puede distinguir lo que ocurrió de lo que está imaginando.

Elizabeth arrancó su mano de entre los dedos de Álvaro y se incorporó pese al dolor. El movimiento hizo que los monitores junto a la cama comenzaran a emitir sonidos rápidos.

—¡No hables por mí! —gritó, señalando a Diego con rabia—. Dile a tu padre dónde estabas mientras nuestros hijos morían. Dile por qué Cristina estaba desnuda en nuestra cama. Dile quién me empujó por la ventana y por qué mi teléfono desapareció después de la caída.

Él respiró profundamente y se giró hacia su padre. Adoptó una expresión cansada, como si fuera un esposo desesperado que ya no supiera cómo controlar a una mujer enferma.

—La encontré alterada, con una botella de alcohol y varias pastillas —mintió, sosteniendo la mirada de Álvaro—. Intenté detenerla, pero corrió hacia la ventana. Cristina quiso ayudarme a sujetarla, y Elizabeth comenzó a golpearnos. Ahora nos acusa porque necesita culpar a alguien. Yo la amo, papá, pero no puedo permitir que sus delirios vuelvan a hacerle daño.

Álvaro miró a su hijo y después a Elizabeth. La seguridad con la que Diego había pronunciado cada mentira comenzó a sembrar una duda visible en su rostro. Elizabeth reconoció aquella vacilación y sintió que la desesperación volvía a apoderarse de ella.

—Revisa las cámaras de la mansión —le exigió ella, extendiendo una mano hacia él—. No dejes que tu hijo decida lo que debes creer. Investiga antes de permitir que ellos también te destruyan.

Álvaro se acercó nuevamente a la cama, pero ya no tomó su mano. Se limitó a observarla con compasión, como si estuviera frente a una mujer que había perdido cualquier contacto con la realidad.

—Elizabeth, necesitas descansar —murmuró, mirándola con angustia—. Cuando estés más fuerte y los médicos digan que puedes hablar de esto, nos sentaremos con calma. Ahora lo más importante es que te recuperes.

—¡No habrá un después si ellos te matan! —Elizabeth apartó la sábana y trató de bajar de la cama—. ¡Llamen a Lorena ahora mismo! Ella es la única que conoce la verdad. Por favor, Álvaro, no te vayas sin escucharme.

Diego miró hacia la puerta e hizo una pequeña seña. Una enfermera entró de inmediato con una jeringa preparada. Al verla acercarse, Elizabeth comprendió que todo estaba organizado y se aferró con fuerza al brazo de Álvaro.

—No permitas que me duerman —le suplicó, clavando sus manos en la manga de su camisa—. No estoy loca. Te juro por la vida de mis niños; tu hijo está esperando que deje de hablar porque sabe que puedo destruirlo. Si me duermen, revisa las cámaras antes de que él las borre.

Álvaro permaneció inmóvil, dividido entre la súplica de Elizabeth y la aparente tranquilidad de su hijo. Diego se acercó a la cama y fue retirando uno por uno los dedos con los que ella se aferraba a su padre.

—Es por tu bien, amor —dijo, sujetándole la muñeca para impedir que golpeara a la enfermera—. Cuando despiertes estarás más tranquila. Entonces podremos ayudarte a aceptar lo que ocurrió sin que sigas lastimándote.

La enfermera conectó la jeringa al conducto del suero. Elizabeth intentó apartar el brazo, pero Diego la sostuvo con fuerza mientras el medicamento entraba en su vena. Su visión comenzó a perder claridad y las voces se convirtieron en murmullos lejanos.

Lo último que alcanzó a ver fue a Diego abrazando a Álvaro y fingiendo que también estaba destrozado. Cerca de la puerta, Beatriz observaba la escena sin hacer nada, como si su hija no acabara de ser silenciada delante de ella.

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