Capítulo 3 MI VENGANZA SE SIRVE EN PLATO FRIO
Semanas después, la mansión Gil se llenó de música, arreglos florales y mentiras cuidadosamente orquestadas. Elizabeth caminaba entre los trabajadores que organizaban la fiesta de cumpleaños de Diego con una serenidad que había ensayado frente al espejo durante varios días.
Por dentro, seguía enterrada junto a Mateo y Luna. Cada vez que pasaba frente a sus habitaciones, tenía que detenerse para no entrar y abrazar sus cobijas. Sin embargo, había aprendido a sonreír sin entregar el alma y a ocultar el odio detrás de una amabilidad que nadie se molestaba en cuestionar.
Lorena era la única que conocía toda la verdad. Durante las últimas semanas, habían recuperado el video de una cámara oculta, copiado mensajes, reunido fotografías y encontrado varias reservas de hoteles hechas por Diego y Cristina. Mientras ellas trabajaban en secreto, los amantes mantenían una fachada impecable frente a Álvaro.
Ella encontró a Elizabeth revisando por tercera vez el mecanismo de la pantalla instalada detrás de la mesa principal. Se acercó, le tomó la mano y la obligó a mirarla.
—Todavía puedes detenerte —le recordó, tomando sus manos—. Nadie te juzgaría por tener miedo después de lo que hicieron contigo. Podemos llevar las pruebas a la policía y marcharnos antes de que comience la fiesta.
Elizabeth miró la pantalla y después recorrió con la vista la sala donde Diego había fingido durante años que eran una familia feliz. Una sonrisa tranquila apareció en sus labios, aunque sus ojos seguían llenos de dolor.
—No tengo miedo, Lorena —respondió—. Lo que tenía era esperanza, y ellos se encargaron de matarla. Esta noche no voy a esconderme ni a escapar. Hoy todos conocerán a la mujer que dejaron viva.
Los invitados comenzaron a llegar cuando cayó la noche. Diego los recibía con abrazos y agradecimientos, mientras Cristina caminaba tomada del brazo de Álvaro, interpretando a la esposa perfecta. Ninguno de los dos sospechaba que Elizabeth había preparado su propia celebración.
Las conversaciones se interrumpieron cuando Elizabeth apareció en lo alto de la escalera. Llevaba un vestido rojo que abrazaba sus curvas y dejaba claro que ya no pensaba esconder su cuerpo para complacer a nadie. Algunas mujeres comenzaron a murmurar apenas la vieron bajar.
Ella alcanzó a leer en sus labios comentarios sobre sus hijos y sobre lo inapropiado que resultaba vestirse así tan poco tiempo después del funeral. No se detuvo a responderles. Llegó hasta Diego, lo abrazó delante de todos y levantó una copa para brindar por su felicidad.
Álvaro se acercó cuando ella terminó de saludar a los invitados. La observó durante unos segundos, sorprendido por la tranquilidad con la que se movía entre la gente.
—Me alegra verte animada —comentó, apoyándole una mano sobre el hombro—. Pensé que esta celebración sería demasiado dolorosa para ti. No tenías que involucrarte en todos los preparativos.
Elizabeth sostuvo la copa entre ambas manos y miró hacia Diego, quien reía junto a Cristina al otro lado de la sala. Después, regresó la atención hacia Álvaro.
—No podía perderme el cumpleaños del hombre que más amo —respondió con una dulzura que ocultaba sus verdaderas intenciones—. Aunque mis niños ya no estén conmigo, estoy segura de que, dondequiera que se encuentren, celebran esta noche. Además, preparé algo que nuestra familia recordará durante muchos años.
Horas después, cuando la música había animado a todos y las copas circulaban sin descanso, Elizabeth caminó hasta el centro de la sala y tomó el micrófono. Diego levantó su bebida para saludarla, mientras Cristina permanecía aferrada al brazo de Álvaro.
—Quiero hablar del amor, de la lealtad y de las personas que permanecen a nuestro lado cuando todo se derrumba —comenzó ella, fijando su mirada en Diego—. Mi esposo ha sido un ejemplo de entrega y paciencia. Cristina también ha demostrado cuánto ama a esta familia. Por eso, el regalo que preparé no será únicamente para Diego. Será para todos ustedes.
Elizabeth buscó a Lorena entre los invitados y le hizo una señal. Las luces de la sala disminuyeron y la enorme pantalla descendió lentamente detrás de la mesa principal.
Diego dejó la copa sobre una bandeja y dio un paso hacia Elizabeth. Antes de que pudiera preguntarle qué estaba haciendo, el video comenzó.
En la pantalla apareció besando a Cristina sobre la cama matrimonial. Después, llegaron las caricias, los cuerpos desnudos, las burlas contra Elizabeth y la confesión del engaño que mantenían desde hacía años.
—¡Apaga eso! —gritó Diego, abriéndose paso entre los invitados mientras señalaba la pantalla—. ¡Ese video está manipulado! Todos saben que estás enferma y que serías capaz de cualquier cosa para vengarte de mí.
Él trató de arrebatarle el control remoto, pero Álvaro lo sujetó por el cuello de la camisa y lo hizo girar. Sin darle tiempo para explicar nada, le lanzó un puñetazo que le abrió el labio y lo derribó contra una de las mesas.
—¡Te acostaste con mi esposa! —rugió Álvaro, levantándolo nuevamente por la camisa—. ¡Me mirabas a la cara, comías en mi mesa y planeabas enterrarme junto con ella! No vuelvas a llamarme padre después de lo que acabo de ver.
Cristina corrió hacia Álvaro e intentó apartarlo de Diego. Él se soltó bruscamente, pero ella volvió a sujetarlo y señaló a Elizabeth con desesperación.
—Es falso, amor. Tienes que creerme —suplicó ella, colocándose delante de él—. Elizabeth está desequilibrada. No olvides lo que hizo después de perder a los niños. Quiere destruirnos porque no acepta su enfermedad y nos culpa por todo lo que le ocurrió.
Beatriz salió de entre los invitados y se colocó junto a Cristina. Su decisión dejó claro de qué lado estaba antes de que pronunciara una sola palabra.
—Álvaro, escúchala —pidió, mirando a Elizabeth como si fuera una amenaza—. La muerte de su padre la dejó trastornada y lo de los mellizos terminó de destruirla. Mi hija necesita tratamiento. No puedes confiar en una mujer que lleva semanas viviendo dentro de sus propios delirios.
Elizabeth levantó el micrófono y esperó hasta que las voces se apagaron. No lloró ni intentó defenderse ante su madre. Se limitó a observarla con la decepción de quien finalmente había aceptado que nunca recibiría su amor.
—Durante años usaron mi cuerpo y mi dolor para llamarme loca —declaró, señalando la pantalla donde continuaba reproduciéndose la grabación—. Esta noche no necesito que ninguno de ustedes me crea. Solo necesito que miren aquello que Diego y Cristina hicieron todo lo posible por ocultar.
En el video apareció Cristina sosteniendo el frasco del medicamento y explicando cómo provocarían el infarto de Álvaro. Él retrocedió varios pasos, incapaz de apartar la vista de la pantalla.
Diego se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano y avanzó hacia Elizabeth. El odio había reemplazado por completo la imagen del esposo comprensivo que había interpretado durante las últimas semanas.
—Vas a arrepentirte de haberme humillado delante de toda esta gente —le advirtió, deteniéndose a pocos pasos de ella—. No tienes idea de lo que acabas de provocar ni de lo que soy capaz de hacerte ahora.
Elizabeth dejó escapar una risa breve y negó con la cabeza. Ya no quedaba miedo en su rostro.
—Ya me arrepentí de haberte amado y pagué esa deuda enterrando a nuestros hijos sin ti —respondió, entregándole el micrófono a uno de los músicos—. Lo que ocurra desde esta noche será problema de ustedes. Yo no pienso volver a salvar a nadie en esta familia.
Lorena llegó hasta ella y le ofreció la mano. Elizabeth la tomó sin vacilar. Mientras Álvaro volvía a golpear a Diego, Cristina gritaba que todo era mentira y los invitados levantaban sus teléfonos para grabar, ambas caminaron hacia la salida.
Un taxi las esperaba frente a la mansión con el motor encendido. Elizabeth subió al vehículo sin mirar atrás. La casa donde había perdido a sus hijos, su matrimonio y la última ilusión de recibir amor de su madre permaneció iluminada detrás de ella.
Lorena ocupó el asiento a su lado y cerró la puerta. Cuando el taxi comenzó a alejarse, observó a Elizabeth, preocupada por la calma con la que contemplaba la mansión desde la ventana.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó, con un dejo de preocupación—. Diego no va a quedarse tranquilo después de lo que pasó esta noche.
Elizabeth siguió mirando hacia atrás hasta que la mansión desapareció al final de la calle. Solo entonces se acomodó y cerró los ojos.
—Ahora les toca vivir dentro del infierno que ellos mismos construyeron.
Ella estaba segura de que podría empezar de nuevo y que podría resistir cualquier tormenta, pero los hilos del destino le demostrarían que antes debería caminar sobre espinas y brasas.
