Capítulo 4 PRIMERO TENDRÁN QUE PASAR POR MÍ
Los meses siguientes avanzaron de forma lenta y cruel. El dolor despertar cada mañana y recordar que Mateo y Luna ya no estaban. Seguía quemando a Elizabeth. Ella todavía , los veía correr hacia ella o escuchaba sus risas como si siguieran vivos. A veces, Luna le pedía que le acomodara el cabello y Mateo le mostraba algún juguete, orgulloso de haberlo reparado solo. En esos sueños, ella volvía a ser feliz.
Y aunque aquella noche, creyó haber destruido a Diego y Cristina, al final todo se volvió contra ella.
Diego convirtió el escándalo en un espectáculo cuidadosamente planeado. Pagó titulares, compró silencios y contrató expertos dispuestos a declarar cualquier cosa por dinero. Donde antes había indignación, comenzó a sembrar dudas. Donde existían pruebas, fabricó una mentira más conveniente.
Los medios dejaron de hablar del engaño y comenzaron a llamarla la viuda trastornada. Un reconocido psiquiatra aseguró frente a las cámaras que Elizabeth sufría delirios provocados por la muerte de sus hijos. Dos antiguos empleados juraron haberla visto mezclar medicamentos con alcohol, y una enfermera declaró que hablaba sola desde antes de caer por la ventana.
Incluso Álvaro, que había golpeado a su hijo y expulsado a Cristina de la mansión, terminó dudando. Diego apareció acompañado de varios especialistas que calificaron el video como un montaje preparado para destruir a la familia Gil.
Después utilizó a Tomás.
El antiguo chofer siempre había estado enamorado de Elizabeth. Alguna vez se lo confesó, pero ella lo rechazó sin darle ninguna esperanza. Jamás lo besó, nunca lo buscó a escondidas y tampoco existió una relación entre ellos.
Sin embargo, Tomás apareció frente a las cámaras con el rostro abatido y afirmó que habían sido amantes. Contó que se encontraban cuando Diego viajaba y aseguró que Elizabeth le había pedido ayuda para fabricar el video presentado durante la fiesta.
Con cada mentira que pronunció, enterró a Elizabeth un poco más. La gente olvidó las imágenes de Diego y Cristina en la habitación matrimonial y comenzó a discutir si ella era una mujer infiel, obsesionada y capaz de fabricar pruebas para vengarse.
Elizabeth perdió el acceso a sus cuentas bancarias. Los abogados dejaron de contestarle y varias personas que antes la saludaban con afecto bloquearon su número. Beatriz concedió una entrevista donde aseguró que su hija necesitaba ser internada antes de hacerse daño o lastimar a alguien.
Lorena intentó defenderla, pero también fue presentada como una cómplice. Durante semanas ambas recibieron insultos, amenazas y llamadas anónimas a cualquier hora de la madrugada.
Al final, Elizabeth dejó de pelear contra cada mentira. Vendió las pocas joyas que había logrado conservar y se mudó a Bogotá en compañía de Lorena. Las dos alquilaron una habitación pequeña lejos del caos y la guerra.
Consiguieron trabajo en una cafetería del centro. Lorena atendía la caja y organizaba los pedidos, mientras Elizabeth preparaba bebidas, limpiaba las mesas y lavaba platos. Algunas personas todavía la reconocían y cuchicheaban mientras ella trabajaba, pero ya no intentaba defenderse.
Había comprendido que la verdad no siempre vencía por ser verdad. A veces necesitaba dinero, poder y personas dispuestas a sostenerla. Ella no tenía nada de eso.
Aquella tarde terminó su turno poco antes de que oscureciera. Lorena debía quedarse una hora más cerrando la caja, así que Elizabeth salió sola.
La calle estaba llena de vendedores, automóviles y personas que caminaban con prisa. Ella avanzó varias cuadras sin prestar demasiada atención a quienes la rodeaban, hasta que escuchó unos pasos pequeños detrás de ella.
Al girarse, vio a dos niños corriendo tomados de la mano. El mayor tendría unos siete años y tiraba con todas sus fuerzas de una niña de quizá cinco. Ambos miraban hacia atrás con desesperación.
—¡Emi, no te sueltes de mí! —gritó el niño mientras esquivaba a las personas—. ¡Papá va a encontrarnos, pero tienes que seguir corriendo!
El pequeño no vio a Elizabeth y chocó contra ella. Perdió el equilibrio y cayó de rodillas. La niña soltó un grito, se aferró a la cintura de Elizabeth y comenzó a llorar con desesperación.
—¡Mamá, por favor, no nos dejes! —suplicó la pequeña, escondiendo el rostro contra su cuerpo—. Hay hombres malos detrás de nosotros y quieren llevarnos.
La palabra mamá golpeó a Elizabeth en el lugar donde todavía vivían Mateo y Luna. Durante un instante recordó sus voces, sus abrazos y la forma en que corrían hacia ella cuando tenían miedo.
Sin pensarlo, dejó caer la bolsa de pan y se agachó junto a los niños. Ayudó al pequeño a ponerse de pie y revisó rápidamente sus rodillas. Tenía un raspón, pero no parecía estar herido de gravedad.
—No soy su mamá, cariño, pero no voy a dejarlos solos —prometió Elizabeth mientras limpiaba las lágrimas de la niña—. Díganme cómo se llaman y quédense detrás de mí. Pase lo que pase, no se separen.
El niño respiraba con dificultad, pero intentó mantenerse fuerte por su hermana. Rodeó los hombros de la pequeña y la acercó hacia él antes de mirar nuevamente al final de la calle.
—Yo soy Noah y ella es mi hermanita Emi —explicó con la voz entrecortada—. Estábamos en el parque porque papá tenía una reunión. El tío Ryuu fue con nosotros, pero cuando regresábamos chocaron nuestro automóvil. Él nos ayudó a salir y nos dijo que corriéramos. Después escuchamos disparos.
Noah no pudo continuar.
Un grupo de varios hombres aparecieron al otro lado de la calle y comenzaron a caminar hacia ellos. Llevaban tatuajes en las manos, en el cuello y detrás de las orejas. Uno tenía sangre en la camisa y una herida abierta en la frente.
Los peatones se apartaron al verlos. Algunos entraron rápidamente en los negocios cercanos. Otros aceleraron el paso y fingieron que no ocurría nada.
Elizabeth tomó a los niños de las manos y retrocedió con ellos. Calculó la distancia hasta la cafetería, pero uno de los hombres se desplazó hacia la derecha y bloqueó el camino.
—Apártese, señora —ordenó el hombre más alto, deteniéndose frente a ella—. Esos niños no le pertenecen y usted no tiene idea del problema en el que está entrando.
Emi comenzó a llorar con más fuerza. Se abrazó a la pierna de Elizabeth y negó varias veces con la cabeza.
—¡No, mami! ¡No nos dejes con ellos! —rogó la niña, clavándole los dedos en el pantalón—. Ellos son malos. No queremos ir con esos hombres.
Elizabeth miró al sujeto que tenía delante. Su cuerpo le pedía que corriera, pero sabía que no llegaría muy lejos con dos niños pequeños. Además, si los abandonaba, jamás podría perdonárselo.
Se colocó delante de Noah y Emi y extendió los brazos para mantenerlos protegidos detrás de ella.
—Ya escucharon a los niños. No quieren acompañarlos y no voy a obligarlos —respondió Elizabeth, procurando que su voz no revelara el miedo que sentía—. Aléjense antes de que llame a la policía.
El hombre más alto, y fornido soltó una carcajada y miró a sus compañeros. Después extendió una mano hacia Noah, como si Elizabeth no estuviera delante de él.
—No haga esto más difícil de lo necesario —le advirtió mientras intentaba sujetar al niño por el brazo—. Entréguelos y siga con su vida. Nadie le está pidiendo que se convierta en una heroína.
Elizabeth golpeó su mano antes de que pudiera tocar a Noah. El hombre dejó de reír y la miró con una furia que ella conocía demasiado bien.
—No soy una heroína —respondió, acomodando a los niños detrás de su espalda—. Soy una mujer que sabe lo que significa perder a sus hijos. Si quieren tocar a estos pequeños, primero tendrán que pasar por mí.
Noah tomó la mano de su hermana y miró hacia la cafetería. Elizabeth señaló la entrada con un movimiento discreto de la cabeza.
—Cuando yo les diga, corran hasta ese local y busquen a mi amiga, se llama Lorena —les indicó en voz baja, sin apartar los ojos de los hombres—. No miren atrás y no se detengan, aunque escuchen gritos.
Noah asintió, pero antes de que pudieran moverse, el hombre más alto sacó un arma de la cintura. Apuntó directamente al pecho de Elizabeth y avanzó hasta quedar a pocos pasos de ella.
—Esta es su última oportunidad —dijo mientras sostenía el arma con ambas manos—. No se meta donde nadie la ha llamado. Muévase o estos niños verán cómo matamos a una mujer por hacerse la valiente.
Emi soltó un sollozo y escondió el rostro contra la espalda de Elizabeth. Noah abrazó a su hermana, aunque él también temblaba.
Elizabeth sintió que las piernas podían fallarle en cualquier momento. Pensó en Mateo y Luna, en todas las veces que no pudo protegerlos de la enfermedad y en la culpa que todavía la despertaba durante la madrugada.
Esta vez podía hacer algo.
—Tal vez nadie llore por mí —respondió Elizabeth mientras colocaba una mano sobre la cabeza de cada niño—. Pero ellos no se irán con ustedes. Así que haga lo que vino a hacer.
El hombre volvió a reír, y sin titubear, saco su arma y la apunto directamente a su cabeza.
