Capítulo 1 1

―¿Desde cuándo planeas divorciarte de mí?

Damián se quedó inmóvil en mitad del dormitorio.

Yo sostenía ocho páginas con su nombre, el mío y demasiadas palabras jurídicas para las siete de la mañana.

Él miró los documentos.

Después me miró a mí.

―Aitana, déjame explicarte.

―Maravilloso. Temía que el plan fuera divorciarte sin avisarme y mandarme una invitación después.

―No están firmados.

―Qué alivio. Entonces solo ensayabas.

Me ardían los dedos alrededor del papel.

Había entrado a su despacho buscando el cargador del portátil. Encontré una carpeta cerrada dentro del cajón donde Damián guardaba contratos.

No debí abrirla.

También encontré una oferta para dirigir un proyecto en Copenhague durante dieciocho meses.

Fecha de inicio: seis semanas.

―¿Cuándo pensabas contarme lo de Dinamarca?

Su mandíbula se tensó.

―Esta noche.

Me reí.

―Claro.

―Es verdad.

―Tienes el contrato desde hace doce días.

―Todavía no he aceptado definitivamente.

Levanté la hoja donde aparecía su firma electrónica preliminar.

―Tu mano parece bastante decidida.

Damián exhaló.

Seguía en pantalón de dormir, descalzo, con el cabello húmedo y el torso desnudo porque acababa de ducharse.

Era francamente ofensivo que mi matrimonio pudiera estar muriéndose y mi marido siguiera teniendo un cuerpo capaz de distraerme.

Aparté la mirada.

No merecía esa victoria.

―Los documentos de separación los pidió mi abogado como borrador ―dijo―. Quería saber cómo funcionaría si...

―¿Si qué?

―Si llegábamos a eso.

―Llevamos meses durmiendo en habitaciones distintas, Damián. Creo que ya llegamos a bastantes cosas sin discutirlas.

―Tú dijiste que necesitabas dormir sola por mis horarios.

―Porque llegabas a las dos de la mañana y encendías todas las luces.

―Pensé que te molestaba compartir la habitación conmigo.

―Y yo pensé que tú agradecías tener otra cama.

Nos quedamos callados.

Siete años de matrimonio resumidos en dos personas descubriendo que habían interpretado mal hasta el motivo de dormir separados.

Magnífico.

―No quiero pelear antes de que salgas ―dije.

―Tengo tiempo.

―Yo no.

―Aitana.

―Necesito pensar.

Dejé los papeles sobre la cama.

Damián avanzó.

Yo retrocedí.

Se detuvo inmediatamente.

Ese detalle me dolió más de lo que debía.

Antes, si discutíamos, terminábamos demasiado cerca. A veces contra una pared. A veces riéndonos antes de recordar por qué estábamos enfadados.

Ahora respetábamos distancias como compañeros educados de ascensor.

―No voy a tocarte ―dijo.

―Nunca dije que no pudieras.

Sus ojos bajaron a mi boca.

Fue apenas un instante.

Lo vi porque llevaba demasiado tiempo esperando algo así.

―No hagas eso.

―¿Qué?

―Mirarme como si de repente recordaras que soy una mujer.

Damián endureció la expresión.

―Nunca lo olvidé.

―Tienes una forma curiosa de demostrarlo.

Agarré mi bata y salí.

Brisa abrió la puerta de Nácar con un café en cada mano.

―Tienes cara de haber cometido un delito o de estar considerando uno. Antes de contarme, elige el café grande.

Se lo quité.

―Damián preparó papeles de separación.

Su sonrisa desapareció.

―¿Qué?

―Y se va a Copenhague.

―¿Con quién?

―Con edificios.

―Odio a los edificios.

―Yo también, desde hoy.

Brisa cerró la puerta del teatro.

Habían pasado casi tres años desde mi última visita.

Nácar seguía oliendo a madera, maquillaje y polvo escénico.

Mi cuerpo recordó cosas antes que yo.

El suelo.

Las barras.

La música filtrándose desde una sala.

―¿Hay otra mujer? ―preguntó.

―No lo sé.

―¿Preguntaste?

―No.

―Aitana.

―Encontré papeles de divorcio a las siete de la mañana. Mi capacidad investigadora estaba ocupada evitando lanzarle una lámpara.

―¿La bonita?

―La de cerámica azul.

―Entonces hiciste bien. Costó demasiado.

Me reí.

Fue pequeño.

Pero salió.

Brisa me observó.

―Ven.

―¿Adónde?

―Sala tres.

―No traje ropa.

―Tengo.

―No voy a bailar.

―No te pregunté.

―Brisa.

―Hace dos años que dices que no vas a volver. Hoy tu marido planea una vida sin consultarte y tú llegas aquí antes de las nueve. No necesito ser psicóloga.

―Necesitas dejar de disfrutar cuando tengo crisis.

―Es mi mecanismo de supervivencia.

Abrió la sala.

Un espejo ocupaba la pared completa.

Me vi.

Treinta años.

Cabello recogido deprisa.

Bata sobre ropa vieja.

Una mujer que durante años había respondido “acompaño a mi esposo” cuando alguien preguntaba qué hacía.

Sentí vergüenza.

Después rabia.

―No puedo volver como antes.

Brisa dejó una bolsa sobre el banco.

―Entonces vuelve distinta.

Dentro había leggings, un top y una rodillera.

―¿Guardabas mi talla?

―Guardaba esperanza. Es más invasiva.

Le lancé una toalla.

Veinte minutos después estaba frente al espejo.

Mi rodilla derecha aguantó el primer plié.

Después el segundo.

El tercero tembló.

―No fuerces ―dijo Brisa.

―No estoy forzando.

―Tu mandíbula dice otra cosa.

―Mi mandíbula no tiene formación médica.

―Pero es dramática.

La música comenzó.

No intenté una coreografía.

Solo dejé que mi cuerpo recordara.

Un paso.

Otro.

Giro lento.

Peso al lado izquierdo.

Brazo.

Respiración.

Cuando terminé, estaba sudando y quería llorar.

Brisa no dijo nada durante varios segundos.

―No estoy lista ―murmuré.

―No.

La miré.

―Qué apoyo.

―No estás lista para hacer lo que hacías antes. Sí estás lista para descubrir qué puedes hacer ahora.

Me senté en el suelo.

―Damián no sabe que vine.

―¿Tiene que saberlo?

La pregunta me incomodó.

―Es mi esposo.

―Y tú eres una persona.

―No quiero empezar una guerra.

―Entonces no la empieces. Empieza algo tuyo.

Brisa abrió un armario.

Sacó una máscara negra.

―¿Qué es eso?

―Una propuesta.

―Parece el inicio de una secta elegante.

―Nácar estrena una producción en tres semanas. Bailarines enmascarados, identidades escénicas, funciones privadas. Necesito sustituta para una pieza.

Me reí.

―No puedo.

―Sí puedes.

―Mi rodilla.

―La coreografía se adapta.

―No he bailado profesionalmente en años.

―Precisamente.

Tomé la máscara.

Cubría pómulos y ojos.

―¿Por qué enmascarados?

―Porque la obra juega con quién eres cuando nadie conoce tu nombre.

La frase me golpeó.

Brisa lo notó.

―Solo ensaya conmigo.

―¿Y si odio hacerlo?

―Te vas.

―¿Y si me gusta?

Sonrió.

―Entonces tendrás un problema mucho más interesante que tu divorcio.

Regresé a casa después de las ocho.

Damián estaba en la cocina.

Había aflojado la corbata.

―¿Dónde estabas?

Dejé el bolso.

―Fuera.

―Te llamé.

―Vi las llamadas.

―¿Podemos hablar?

―Mañana.

―Aitana, no quiero que pienses que hay alguien más.

Me giré.

―¿La hay?

―No.

Le creí.

Eso complicaba todo.

Damián se acercó.

―No he estado con nadie.

―Tampoco conmigo.

El golpe fue limpio.

Su mirada volvió a mi boca.

Esta vez no apartó los ojos.

―Eso no significa que no quiera.

Mi piel reaccionó antes que mi orgullo.

―Entonces eres excelente escondiéndolo.

Quedamos a menos de un paso.

Damián levantó una mano hacia mi cintura.

Se detuvo antes de tocarme.

Esperó.

Yo también.

Durante un segundo absurdo quise inclinarme.

Después recordé los papeles.

Retrocedí.

―Buenas noches.

Subí las escaleras.

En mi bolso, la máscara golpeó suavemente contra mi cadera.

Brisa me había escrito hacía diez minutos.

“Ensayo mañana. Siete. Si vienes, te inventamos un nombre.”

Miré a Damián desde el descanso.

Seguía en la cocina.

El hombre que decía desearme mientras preparaba una vida sin mí.

Saqué el teléfono.

Escribí una respuesta.

“Voy.”

Brisa contestó enseguida.

“Entonces dime cómo quieres llamarte cuando nadie sepa que eres Aitana.”

Miré la máscara.

Por primera vez en años, aquel nombre no me dio miedo.

Y respondí:

―Vesper. Quiero que esa mujer se llame Vesper.

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