Capítulo 2 2

―No pienso dejar que salgas al escenario vestida así.

Brisa cruzó los brazos.

―Qué suerte que no eres mi madre.

―Con ese top, hasta tu rodilla parece escandalizada.

Miré el espejo.

El vestuario de Vesper era negro, ceñido y bastante menos inocente que cualquier cosa que hubiera usado durante los últimos años. El pantalón abría desde medio muslo y dejaba las piernas libres para bailar. El top cubría lo necesario, pero no negociaba con la imaginación.

―Dijiste sensual, no desnuda.

―Estás cubierta.

―Mi dignidad discrepa.

―Tu dignidad lleva siete años usando conjuntos beige.

―El beige no cometió ningún delito.

Brisa levantó la máscara.

―Todavía.

La sostuve frente a mi cara.

Negra. Mate. Sin adornos.

Me gustó demasiado.

―No sé si puedo hacer esto.

―Sí puedes.

―Eso dijiste ayer antes de hacerme caminar como si mi pelvis tuviera abogado propio.

―Y mejoraste.

―Estoy casada.

Brisa parpadeó.

―Aitana, bailar no es adulterio.

―No hablaba de eso.

―Entonces hablas de Damián.

No contesté.

Desde la discusión de la noche anterior apenas nos habíamos cruzado. Él salió temprano. Yo dejé el desayuno servido por costumbre y luego me enfadé conmigo misma por hacerlo.

Brisa me ajustó la máscara.

―Hoy no eres la esposa de nadie.

―Qué conveniente.

―Hoy eres Vesper.

La música comenzó.

Y por primera vez, el nombre dejó de parecer un juego.

Ensayé durante dos horas.

Mi rodilla protestó.

Mi orgullo más.

Brisa había modificado la coreografía para evitar saltos agresivos, pero no había reducido la sensualidad.

―Otra vez ―ordenó.

―Voy a denunciarte.

―Hazlo después del giro.

Volví a empezar.

Esta vez dejé de pensar en técnica.

Pensé en Damián mirándome la noche anterior.

En su mano detenida a centímetros de mi cintura.

En los papeles sobre nuestra cama.

En todos los meses en que había querido que me tocara y no había sabido cómo pedirlo sin sentir que estaba mendigando algo que antes era natural.

El movimiento cambió.

Lo supe antes de que Brisa apagara la música.

―Eso.

Respiraba demasiado rápido.

―¿Eso qué?

―Eso era Vesper.

Me miré.

La mujer del espejo tenía mi cuerpo.

Pero no parecía pedir permiso para ocupar espacio.

―Da miedo.

―Perfecto.

―No quería que dijeras eso.

Brisa sonrió.

―Hay una función privada mañana.

―No.

―No te he preguntado.

―Precisamente.

―Una bailarina se lesionó.

―Brisa.

―Solo una pieza. Cuatro minutos.

―No estoy lista.

―Nadie que vuelve está listo. Solo llega un momento en que subir da menos miedo que seguir escondido.

Odié que tuviera sentido.

―¿Quién va a estar?

―Invitados del nuevo patrocinador, prensa cultural, arquitectos, gente insoportable con zapatos caros.

―Paso.

―Te pago.

―Sigo pasando.

―Y tendrás camerino privado.

―No.

―Entonces te guardaré el lugar hasta mañana.

―Manipuladora.

―Artista.

Regresé a casa cerca de las nueve.

Damián estaba cocinando.

Eso ya era raro.

Más raro fue verlo con delantal.

―¿Qué haces?

―Pasta.

―Pensé que solo sabías pedirla.

―He evolucionado.

Dejé las llaves.

―Felicidades.

Me observó.

Demasiado.

―¿Dónde estuviste?

―Trabajando en algo.

―¿Qué cosa?

―Todavía no quiero contarlo.

Su expresión cambió.

―¿Por los documentos?

―Por mí.

Eso lo calló.

Me acerqué a la encimera.

―¿La oferta de Copenhague sigue en pie?

―Sí.

―¿Quieres ir?

Damián apoyó las manos sobre la mesa.

―Quiero dirigir ese proyecto.

―No pregunté eso.

Silencio.

―No sé si quiero irme sin ti.

Me reí una vez.

―Curioso, porque estabas preparando exactamente eso.

―Estaba intentando tener opciones.

―Para ti.

―Pensé que tú no querrías venir.

―Nunca preguntaste.

―Lo sé.

Esa admisión me desarmó más que una defensa.

Damián sirvió la pasta.

―Come conmigo.

―No tengo hambre.

―Eso dijiste anoche.

―¿Ahora llevas registro?

―Ahora estoy intentando prestar atención.

Mi pecho hizo algo incómodo.

―Un poco tarde.

―Probablemente.

Nos sentamos.

El silencio no fue exactamente cómodo.

Pero tampoco fue muerto.

Eso era nuevo.

Miré su mano izquierda.

Seguía usando el anillo.

No debería haberme sorprendido. Yo también llevaba el mío. Sin embargo, después de encontrar aquellos documentos, había esperado que el suyo pareciera una mentira.

―¿Por qué no te lo quitaste?

Damián siguió mi mirada.

―Porque sigo casado.

―También estabas pensando en dejar de estarlo.

―Pensar en una separación no borró siete años.

―Prepararla a escondidas tampoco los respetó demasiado.

Asintió.

Sin excusas.

Eso empezaba a resultar peligrosamente más difícil de odiar.

―¿Cuándo empezaste a pensar que esto no funcionaba? ―pregunté.

Damián giró el tenedor entre los dedos.

―Cuando dejaste de contarme cosas.

Solté una risa incrédula.

―Tú llegabas a casa cuando yo ya dormía.

―Y cuando estaba, me decías que todo estaba bien.

―Porque cada conversación parecía tener que caber entre dos llamadas tuyas.

―Lo sé ahora.

―Qué eficiente.

―No estoy intentando ganar.

Lo miré.

―¿Entonces qué intentas?

Tardó tanto en responder que pensé que no lo haría.

―Entender en qué momento empezamos a comportarnos como si perder al otro fuera menos aterrador que admitir que todavía nos importaba.

La respuesta me dejó sin sarcasmo disponible.

―¿Puedo preguntarte algo? ―dijo.

―Depende.

―¿Hay alguien más?

Casi me atraganté.

―¿Qué?

―Últimamente sales más. Llegas tarde. Hoy tienes marcas de maquillaje en el cuello.

Me llevé la mano al cuello.

Brisa.

Maldita Brisa.

―No hay nadie.

Damián sostuvo mi mirada.

―Bien.

―¿Bien?

―Sí.

―¿Estás celoso?

―No.

―Qué rápido.

―Estoy preguntando.

―Con mandíbula tensa.

―Tengo mandíbula.

―Excelente defensa.

La esquina de su boca se movió.

Había olvidado cuánto me gustaba hacerlo reír.

Eso me irritó.

―Aitana.

―¿Qué?

―Si hay alguien, prefiero saberlo antes de tomar decisiones.

La frase cayó mal.

―¿Tú puedes preparar un divorcio sin decirme nada, pero yo debo entregarte un informe preventivo?

―No quise decir eso.

―Sonó exactamente así.

Damián se levantó.

Yo también.

Quedamos frente a frente.

―No quiero perderte por asumir otra vez ―dijo.

―Ya asumiste demasiado.

―Lo sé.

Su voz bajó.

―Y estoy intentando corregirlo.

Su mano rozó mi cintura.

Esta vez sí me tocó.

Solo un segundo.

Mi cuerpo respondió con una memoria indecente.

Damián lo notó.

Yo también.

―No hagas eso si no sabes qué quieres ―murmuré.

―Sé perfectamente qué quiero ahora.

―¿Qué?

Sus ojos bajaron a mi boca.

―Besarte.

El aire cambió.

Me quedé quieta.

Damián acercó la frente a la mía.

No avanzó más.

Esperó.

Durante siete años había conocido cada forma de su boca.

Y, sin embargo, ahora parecía una puerta que no sabía si debía abrir.

―No ―susurré.

Él retrocedió de inmediato.

―Está bien.

Eso dolió de una manera absurda.

―Buenas noches.

Subí antes de arrepentirme.

En mi habitación encontré un mensaje de Brisa.

“Última oportunidad. Mañana, ocho. Vesper abre la función.”

Escribí “no”.

Lo borré.

Volví a mirar la puerta.

Del otro lado de la casa estaba mi esposo, el hombre que había querido besarme justo después de preparar nuestra separación.

Quizá necesitaba recordar quién era lejos de él antes de decidir si todavía quería ser algo con él.

Respondí:

“Voy.”

Brisa tardó tres segundos.

“Perfecto. Y trae valor.”

Sonreí.

Entonces llegó otro mensaje.

“Por cierto, acaban de confirmar la lista de invitados.”

Abrí el archivo.

Leí el primer nombre.

Se me secó la boca.

Damián Varela.

Brisa llamó inmediatamente.

Contesté.

―Dime que estás bromeando.

Su carcajada explotó en el teléfono.

―Ni loca. Mañana vas a descubrir si tu esposo todavía sabe mirar a su esposa cuando no sabe que eres tú.

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