Capítulo 3 3

―Si vomitas sobre el vestuario, te cobro la tintorería.

Brisa me ajustó la máscara mientras yo intentaba respirar.

―Qué manera tan conmovedora de apoyar a una amiga.

―Estoy apoyándote. El vestido cuesta más que mi refrigerador.

―Eso explica tus prioridades.

Del otro lado del telón llegaba el murmullo de los invitados.

Y, en algún lugar de la sala, estaba mi esposo.

Damián.

El hombre que la noche anterior había pedido besarme y que, esa mañana, salió de casa dejando sobre la mesa un café para mí como si siete años de matrimonio pudieran repararse con espuma de leche.

No lo bebí.

Mentira.

Lo bebí frío.

―Todavía puedes retirarte ―dijo Brisa.

Miré mi reflejo.

Peluca oscura, máscara negra, labios rojos. El vestuario ceñía mi cintura y dejaba una pierna al descubierto cuando caminaba.

No parecía otra mujer.

Parecía una versión de mí a la que llevaba años sin permitirle salir.

―Si me retiro ahora, no vuelvo.

―Entonces no te retires.

―Odio cuando dices cosas razonables.

―Es agotador mantener una reputación.

La asistente levantó tres dedos.

Tres minutos.

Mi rodilla empezó a palpitar.

O quizá era miedo.

―Brisa.

―¿Sí?

―Si Damián me reconoce, voy a fingir un desmayo.

―Con elegancia, por favor.

―No prometo nada.

La música comenzó.

La primera luz cayó sobre mí antes de que pudiera arrepentirme.

Salí.

No busqué a Damián.

Eso duró exactamente seis segundos.

Estaba en la primera fila.

Traje gris oscuro. Camisa blanca. Sin corbata.

Me conocía de memoria ese cuello.

Esas manos.

La forma en que apoyaba un pulgar contra el índice cuando algo le interesaba.

Lo estaba haciendo.

Mirándome.

No como miraba planos.

No como me miraba últimamente en casa, con cariño cansado y demasiadas cosas pendientes.

Me miraba como hombre.

Y no tenía idea de que yo era su esposa.

El primer giro salió limpio.

El segundo también.

La música exigía que caminara hasta el borde del escenario.

Lo hice.

Damián no apartó los ojos.

Sentí un calor absurdo debajo de la piel.

No debía bailar para él.

Bailé para él.

La coreografía incluía un movimiento lento de cadera, una caída controlada sobre una rodilla y un recorrido de la mano desde mi cuello hasta la cintura.

Había ensayado aquello veinte veces sin pensar.

Frente a Damián, cada gesto parecía una conversación privada.

Su mandíbula se tensó.

Casi perdí el ritmo.

Qué ridículo.

Mi marido llevaba meses sin tocarme y ahora podía desordenarme con una mirada porque no sabía quién era.

La rabia volvió.

La usé.

Bailé más fuerte.

No más rápido.

Más mío.

Cuando terminó la música, el silencio duró un instante.

Después llegó el aplauso.

Yo solo escuché a Damián.

―Tienes cara de querer asesinarlo y acostarte con él en ese orden ―dijo Brisa al cerrar la puerta del camerino.

Me quité la máscara.

―No seas vulgar.

―No fui vulgar. Fui precisa.

―Me miró.

―Era una función. Esa es la mecánica básica.

―No así.

Brisa sonrió.

―Entonces lo notaste.

―Todo el teatro lo notó.

―Eso es mentira.

―Déjame dramatizar.

Me senté frente al espejo.

Las manos todavía me temblaban.

―No me reconoció.

Decirlo dolió.

Brisa se apoyó en la mesa.

―Estabas con peluca, máscara, iluminación lateral y una personalidad que no organiza calcetines por color.

―No organizo calcetines.

―Damián sí.

―Eso es irrelevante.

―Mi punto es que no reconocer a Vesper no significa no conocer a Aitana.

La miré.

―Acaba de mirarla con más deseo del que me ha mostrado en meses.

Brisa perdió la sonrisa.

―¿Quieres parar?

Pensé en ello.

La respuesta debería haber sido sí.

―No.

―¿Por qué?

Miré la máscara sobre la mesa.

―Porque quiero saber qué hace cuando crea que puede volver a verla.

Había recepción después de la función.

Yo debía quedarme en camerino.

Ese era el plan.

Hasta que Brisa entró quince minutos después con una copa de agua y una expresión que anunciaba problemas.

―No.

―Ni siquiera hablé.

―Tu cara habla antes.

―Damián preguntó por Vesper.

Se me cerró el estómago.

―¿Qué preguntó?

―Quién eres.

―¿Y qué dijiste?

―Que los artistas de Nácar conservan su identidad privada.

―Bien.

―Y después preguntó si volverías a bailar.

Me levanté.

―¿Qué le dijiste?

―Que quizá.

―Brisa.

―¿Qué? Necesitamos público.

―No utilices mi crisis matrimonial para vender entradas.

―No necesito hacerlo. Tu marido parece dispuesto a comprar el teatro.

A pesar de mí, me reí.

―Idiota.

―También dejó esto.

Me entregó una tarjeta negra.

No tenía nombre.

Solo una frase escrita a mano.

“Gracias por hacer que cuatro minutos parecieran demasiado cortos.”

Reconocí la letra.

Damián escribía así cuando estaba concentrado.

Sentí algo desagradable y cálido al mismo tiempo.

―Voy a quemarla.

―Claro.

Guardé la tarjeta dentro del bolso.

Brisa levantó una ceja.

―Combustión aplazada.

―Cállate.

Llegué a casa cerca de medianoche.

Damián estaba despierto.

Sentado en el sofá.

Con la chaqueta abierta y una copa de agua en la mano.

―¿Dónde estabas?

―Trabajando.

―¿Hasta esta hora?

―Sí.

Su mirada recorrió mi ropa.

Había vuelto a cambiarme, pero todavía llevaba el maquillaje.

―Estás diferente.

―Eso espero.

Damián dejó la copa.

―¿Podemos hablar?

―Depende.

―Hoy fui a Nácar.

Mi corazón dio un golpe.

―¿Sí?

―Inauguración privada.

―Qué emocionante.

Me estudiaba.

Por un segundo temí que hubiera reconocido algo.

―Había una bailarina.

Tragué.

―Suele ocurrir en teatros.

―Muy graciosa.

―Me esfuerzo.

Damián sonrió brevemente.

―Se llamaba Vesper.

Escuchar el nombre en su voz me hizo apretar el bolso.

―¿Y?

―Nada.

―Parece bastante para un “nada”.

Se levantó.

―Me recordó algo.

―¿Qué?

Él se acercó.

No demasiado.

Lo suficiente.

―A ti.

El aire se volvió escaso.

―¿A mí?

―La manera de mover las manos.

Mi pulso se disparó.

Damián inclinó la cabeza.

―Tú hacías eso cuando bailabas.

―Muchas bailarinas usan las manos.

―No así.

Por primera vez aquella noche tuve verdadero miedo de que me hubiera reconocido.

―Entonces quizá no deberías mirar tanto a desconocidas.

Su expresión cambió.

―¿Estás celosa?

Me reí.

―No.

―Sonó como sí.

―Tú estabas celoso de Octavio sin saber siquiera quién era.

―¿Octavio?

Maldición.

―Nadie.

―Aitana.

―Buenas noches.

Intenté pasar.

Damián no me bloqueó.

Solo habló.

―Quiero volver a verla.

Me detuve.

No me giré.

―¿A la bailarina?

―Sí.

La tarjeta dentro de mi bolso parecía arder.

La respuesta me atravesó con una mezcla de satisfacción y rabia que no quería reconocer.

―Tienes esposa.

―Lo sé.

―Una a la que estabas pensando dejar.

―También lo sé.

―Entonces quizá deberías resolver una mujer antes de empezar a perseguir a otra.

Damián dio un paso hacia mí.

―¿Por qué te importa?

―Porque sigo llevando tu anillo.

Levanté la mano.

Él miró la alianza y después mi cara.

―Yo también.

―Eso no te impidió escribirle.

Sus ojos se estrecharon.

―¿Cómo sabes que le escribí?

Silencio.

Mi cerebro llegó tarde.

Demasiado tarde.

―Lo supuse.

―No pareció una suposición.

Apreté el bolso contra mi costado.

―Preguntaste por ella. Era lógico.

Damián tardó varios segundos en responder.

―Curiosamente lógico.

―Para ser casualidad, demasiado.

―¿Por qué?

Hubo un silencio.

Después escuché su respuesta.

―Porque durante cuatro minutos sentí algo que llevaba demasiado tiempo creyendo muerto.

Me giré.

―¿Deseo?

Damián sostuvo mis ojos.

―No. Ganas de perseguir a una mujer hasta descubrir qué tendría que hacer para que me mirara solo a mí.

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