Capítulo 4 4
―¿Cómo sabes que le escribí?
La pregunta de Damián se quedó entre nosotros.
Yo seguía junto a la escalera, con el bolso apretado contra el cuerpo y la tarjeta de Vesper escondida dentro como una prueba criminal.
―Porque preguntaste por ella.
―Eso no responde.
―La gente que pregunta por una bailarina suele intentar contactarla.
―No toda.
―Tú sí.
Sus ojos se estrecharon.
―Aitana.
―Damián.
―Estás evitando responder.
―Y tú estás interrogando a tu esposa después de decirle que quieres perseguir a otra mujer.
Eso lo detuvo.
Bien.
Ataque antes de que descubra el cadáver.
―No quiero acostarme con ella ―dijo.
Solté una risa seca.
―Qué específico.
―Porque sé exactamente lo que estás pensando.
―No tienes idea.
―Creo que sí.
Se acercó un paso.
―Me impresionó. Quise saber quién era. Eso es todo.
―También dijiste que querías que te mirara solo a ti.
―Sí.
―Eso suena menos inocente.
Damián pasó una mano por su cabello.
―No estoy intentando justificarlo.
―Perfecto.
―Pero tampoco voy a mentirte.
La frase me golpeó donde no debía.
―Llegas unos papeles tarde para presumir honestidad.
Su expresión se endureció.
―Lo sé.
No discutió.
Otra vez.
Empezaba a odiar que reconociera errores cuando yo necesitaba enfadarme.
―Buenas noches.
Subí las escaleras sin mirar atrás.
Esta vez no me llamó.
Brisa me recibió al día siguiente con una caja de medialunas y cero remordimiento.
―Tienes cara de haber dormido fatal.
―Porque dormí fatal.
―¿Sexo marital?
―¿Qué parte de “papeles de separación” te hace pensar en sexo?
―La parte donde tu marido te mira como si quisiera comerte.
Tomé una medialuna.
―No pasó nada.
―Qué desperdicio.
―Brisa.
―Bien. Drama primero.
Le conté la conversación.
Cuando llegué al desliz sobre la tarjeta, dejó de masticar.
―Eres pésima criminal.
―Gracias.
―¿Sospechó?
―No sé.
―Eso significa sí.
―No necesariamente.
―Aitana, ese hombre diseña edificios. Vive encontrando cosas que no encajan.
―Yo también llevo siete años con él.
―Y aun así encontraste el divorcio por accidente.
Le quité otra medialuna.
―Me caes mal.
―Pero tengo carbohidratos.
Sacó una tableta de la mesa.
―Además, tienes esto.
―¿Qué?
―Mensaje para Vesper.
Mi estómago se contrajo.
―¿De él?
Brisa sonrió.
―De tu admirador arquitectónico.
―No lo llames así.
―¿Pretendiente casado?
―Peor.
La pantalla mostraba el sistema interno de Nácar.
Damián Varela.
Mensaje privado para Vesper.
No quería abrirlo.
Lo abrí.
“Sé que los artistas conservan su identidad. No pretendo invadirla. Solo quería decirte que anoche hiciste que recordara algo que creía perdido. Gracias.”
Lo leí dos veces.
Luego una tercera.
Brisa me observó.
―¿Qué vas a hacer?
―Nada.
―Ya abriste el teclado de respuesta.
Miré mi dedo.
Traidor.
―Solo iba a cerrar.
―Claro.
Escribí:
“Quizá no estaba perdido. Quizá dejaste de mirar donde debías.”
Brisa soltó un sonido ahogado.
―Eso es peligrosísimo.
―Es verdad.
―También es coqueteo con resentimiento.
―No estoy coqueteando.
―Vesper sí.
Me quedé mirando el mensaje.
―No voy a enviarlo.
Lo envié.
―Excelente autocontrol ―dijo Brisa.
―Cállate.
Damián respondió cuarenta minutos después.
Yo estaba ensayando cuando Brisa entró agitando la tableta.
―Tu marido es rápido.
―Estoy trabajando.
―Eso no te impide tener ojos.
Le quité el aparato.
“Puede que tengas razón. Últimamente he sido experto en mirar demasiado tarde.”
Mi pecho se apretó.
No era sexy.
Era peor.
Era honesto.
Escribí sin pensarlo:
“Entonces empieza por mirar a la persona que tienes delante antes de buscar otra.”
No envié.
Brisa leyó por encima de mi hombro.
―Eso ya no es Vesper.
Borré el mensaje.
―Lo sé.
―¿Qué quieres de él?
―Que me vea.
―Te vio anoche.
―No así.
Dejé la tableta.
―Quiero que vea a Aitana.
Brisa se apoyó contra el espejo.
―Entonces quizá la máscara no deba convertirse en refugio.
La miré.
―Solo llevo una noche.
―Y ya estás esperando respuestas.
Odié que acertara.
Esa tarde, Octavio entró durante el ensayo.
Alto, cabello canoso en las sienes y una cinta métrica colgando del cuello.
―Así que tú eres Vesper.
―Solo durante la función.
―Brisa dijo que necesito ajustar plataforma y luces a tu rodilla.
―Mi rodilla tiene más personal que yo.
Octavio sonrió.
―Es diva.
Trabajamos una hora.
Era sencillo hablar con él.
No sabía nada de mi matrimonio y no parecía interesado en saberlo.
Cuando terminó, apoyó una mano en mi espalda para corregir una posición.
―Aquí. Si giras desde la cadera y no desde la rodilla, cargas menos peso.
―Así.
―Exacto.
La puerta se abrió.
Damián estaba allí.
Se me congeló la sangre.
Vestía traje oscuro y llevaba planos bajo el brazo.
Octavio retiró la mano.
―¿Buscas a Brisa?
Damián me miró.
La máscara estaba puesta.
Gracias a todos los santos teatrales.
―Sí.
Su mirada pasó de mi rostro a Octavio.
Después volvió a mí.
―No sabía que había ensayo hoy.
Yo no podía hablar.
Vesper sí.
―Ahora ya lo sabes.
Mi voz salió más baja, distinta.
Damián quedó quieto.
Lo había sorprendido.
Bien.
Octavio recogió herramientas.
―Voy por Brisa.
Nos dejó solos.
Magnífico traidor.
Damián se acercó al escenario.
―Vesper.
―Arquitecto.
Una sonrisa mínima apareció.
―¿Sabes quién soy?
―Tu nombre estaba en la lista de invitados.
―Claro.
―Y escribiste.
Su expresión cambió.
―Entonces recibiste el mensaje.
―Sí.
―No esperaba respuesta.
―La tuviste.
Damián subió un escalón.
―¿Fuiste tú?
―¿Quién más?
―La respuesta sonó personal.
El corazón me golpeó.
―Tal vez porque lo era.
―No me conoces.
Lo miré detrás de la máscara.
―A veces basta observar.
Damián subió otro escalón.
Quedó frente a mí.
Demasiado cerca.
―¿Y qué observaste?
Podía retirarme.
No lo hice.
―Que miras lo que deseas cuando crees que nadie te está mirando.
Su respiración cambió.
―Eso podría meternos en problemas.
―Tienes esposa.
―Precisamente.
―Entonces aléjate.
Damián obedeció.
Un paso.
Después otro.
La decepción me enfureció conmigo misma.
―No voy a tocarte ―dijo.
―No te lo pedí.
―Pero lo pensé.
Silencio.
Sus ojos bajaron a mi boca.
Mi cuerpo recordó la noche anterior en nuestra cocina.
Mismo hombre.
Otra mujer.
Solo que ambas eran yo.
Damián habló despacio.
―Hay algo en ti que me resulta familiar.
El miedo me atravesó.
―Quizá todas las mujeres que ignoras terminamos pareciéndonos.
Su mandíbula se tensó.
―Eso fue cruel.
―¿Inexacto?
No respondió.
Brisa apareció detrás.
―Damián, me buscabas.
Él siguió mirándome.
―Sí.
―¿Para qué?
Por fin apartó los ojos.
―Quería hablar del proyecto de remodelación.
Claro.
Arquitectura.
Vida real.
Yo retrocedí.
―Entonces me voy.
Damián habló antes de que bajara del escenario.
―Espera.
Me detuve.
―¿Qué?
Su mirada recorrió la máscara y terminó en mis labios.
―Anoche te escribí porque quería darte las gracias.
―Ya lo hiciste.
―Hoy vine por trabajo.
―Perfecto.
―Y ahora tengo un problema.
Brisa me miró.
Yo no respiré.
―¿Cuál?
El estómago se me contrajo. Aquello ya no tenía nada de divertido. Una cosa era comprobar que todavía podía despertar su atención. Otra muy distinta era tener a mi esposo delante, atraído por una versión de mí que él creía desconocida, distante y prohibida.
Damián dio un paso hacia mí, pero mantuvo la distancia que yo había pedido.
―Que cuanto más intento convencerme de que solo me impresionó tu baile, más ganas tengo de volver mañana para descubrir por qué siento que ya conozco la manera exacta en que respirarías si algún día llegara a besarte.
