Capítulo 5 5
―No vas a besarme.
Damián se quedó frente al escenario, mirándome detrás de la máscara.
―Lo sé.
―Entonces deja de hablar como si estuvieras planeándolo.
―Pensarlo y hacerlo son cosas distintas.
Brisa, a unos metros, fingió revisar unos focos con una concentración ridícula.
―Tienes esposa ―dije.
―También lo sé.
―Empiezo a pensar que repetir hechos básicos es nuestro nuevo pasatiempo.
Una sonrisa breve apareció en su boca.
―Mi esposa diría algo parecido.
El corazón me dio un golpe.
―Quizá deberías escucharla más.
La sonrisa desapareció.
―Probablemente.
Bajé del escenario.
Damián no se movió.
Quedamos cerca.
Podía distinguir el perfume que usaba desde hacía años, el pliegue junto a su ceja izquierda y esa forma suya de respirar más lento cuando estaba intentando no actuar por impulso.
Yo conocía todo eso.
Vesper no debía conocer nada.
―¿Por qué sigues aquí? ―pregunté.
―Porque Brisa todavía no termina conmigo.
―Hablaba de aquí.
Sus ojos bajaron a mi boca.
―Porque quiero entender por qué me resultas familiar.
―Mala idea.
―Últimamente tengo varias.
―Los papeles de divorcio, por ejemplo.
Se quedó inmóvil.
Mierda.
Había ido demasiado lejos.
―¿Qué dijiste?
―Dije que los divorcios son una mala idea para empezar un coqueteo.
Damián me estudió.
―No estaba coqueteando.
―Acabas de describir cómo crees que respiraría si me besaras.
―Eso fue peor.
―Al menos tienes autocrítica.
Su mano se levantó.
No llegó a tocarme.
Se quedó cerca de mi cintura.
―No voy a cruzar esa línea.
―¿Cuál?
―La que convertiría una atracción en una traición.
Mi garganta se cerró.
―Entonces retrocede.
Lo hizo inmediatamente.
Un paso completo.
―Así.
―Gracias.
―No tienes que agradecerme.
Brisa carraspeó.
―Damián, si ya terminaste de aterrorizar a mi bailarina, necesito tu opinión sobre el vestíbulo.
Él apartó la mirada de mí.
―Voy.
Antes de irse, volvió a mirarme.
―No volveré a acercarme así.
―Me parece sensato.
―No dije que dejaré de querer hacerlo.
Brisa soltó una tos que sonó sospechosamente a carcajada.
―Tu esposo tiene límites. Qué inconveniente para tu experimento.
Brisa cerró la puerta del camerino.
Me quité la máscara.
―No es un experimento.
―Claro. Solo estás escondiendo tu identidad para estudiar su conducta bajo condiciones controladas.
―Cuando lo dices así, suena criminal.
―Un poco.
Me dejé caer en la silla.
―Se detuvo.
―Eso te molesta.
―No.
―Aitana.
―Me alegra.
Brisa esperó.
―Y me molesta ―admití.
―Porque querías comprobar si todavía te deseaba.
―Ya lo comprobé.
―No. Comprobaste que desea a Vesper.
La miré.
―Gracias por el puñal.
―Estoy intentando que no confundas una victoria de cuatro minutos con la solución de siete años.
Eso dolió porque era cierto.
Tomé el móvil.
Había un mensaje de Damián.
No para Vesper.
Para mí.
“¿Cenas conmigo esta noche? Sin hablar de abogados durante la primera media hora.”
Brisa leyó sobre mi hombro.
―Qué hombre tan atrevido. Una cena con su esposa.
―No te burles.
―Estoy emocionada. Parece cortejo arqueológico.
Escribí:
“Treinta minutos. Después hablamos de todo.”
Damián respondió:
“Hecho.”
Brisa sonrió.
―Eso sí parece más peligroso que la máscara.
Llegué a casa a las ocho.
Damián había cocinado otra vez.
―¿Estás intentando envenenarme lentamente?
―Pasta de nuevo.
―Entonces sí.
―Mañana aprendo otra receta.
Me senté.
Había vino.
Dos copas.
Nada elaborado.
Y, sin embargo, la mesa parecía distinta porque ambos estábamos allí al mismo tiempo.
―Empiezan los treinta minutos ―dijo.
―¿Pusiste cronómetro?
Sacó el teléfono.
―Puedo hacerlo.
―Ni se te ocurra.
Sonrió.
Comimos.
Hablamos de cosas absurdamente normales.
Una lámpara que llevaba meses rota.
El vecino que dejaba paquetes en nuestra entrada.
Mi rodilla.
Ahí se detuvo.
―¿Te duele otra vez?
―Menos.
―¿Estás entrenando?
Levanté la vista.
―Un poco.
―¿Bailando?
Mi pulso cambió.
―¿Por qué preguntas?
―Porque caminas distinto.
―¿Distinto cómo?
Damián apoyó el tenedor.
―Más como antes.
No supe qué responder.
―No sabía que lo notabas.
―Notaba muchas cosas. No siempre sabía qué hacer con ellas.
―Conveniente explicación.
―No es una defensa.
El reloj marcó treinta minutos.
Él lo vio.
Yo también.
―Ahora sí ―dije―. ¿Por qué preparaste una separación sin hablar conmigo?
Damián dejó la servilleta.
―Porque pensé que estabas esperando que yo lo hiciera.
Me reí sin humor.
―¿Qué?
―Durante meses parecías más tranquila cuando yo no estaba. Dejaste de preguntarme cuándo volvía. Dejaste de venir a eventos. Dejaste de tocarme.
―Tú también dejaste de tocarme.
―Porque cada vez que intentaba acercarme sentía que estaba invadiendo algo.
―Podías preguntar.
―Sí.
―Eso habría ayudado bastante.
―Lo sé.
Me levanté para llevar los platos.
Damián se levantó también.
―Déjalos.
―Puedo cargar platos.
―No era un comentario sobre tus capacidades.
―Últimamente todo me irrita.
―También lo noté.
Me giré.
Estaba cerca.
―Hoy conociste a Vesper.
Su expresión cambió apenas.
―Sí.
―¿Te atrae?
Damián tardó.
―Sí.
La sinceridad dolió.
―Gracias.
―No he terminado.
―No necesito detalles.
―Aitana.
―¿Qué?
―Me atrae. Y no pienso hacer nada con eso.
―Porque estás casado.
―Porque sigo casado contigo.
La diferencia me atravesó.
―No sé qué significa eso.
―Yo tampoco.
Su mano rozó mi muñeca.
Esperó.
No me aparté.
Damián deslizó los dedos hasta mi palma.
Un contacto pequeño.
Conocido.
―¿Puedo acercarme? ―preguntó.
Asentí.
Se quedó a centímetros.
Su otra mano descansó en mi cintura.
Caliente.
Firme.
Mi cuerpo respondió antes que cualquier pensamiento decente.
―Aitana.
―No me beses.
Su respiración cambió.
―No iba a hacerlo sin preguntar.
―Entonces no preguntes.
Damián apoyó la frente contra la mía.
No hizo más.
Eso fue peor.
―Hoy quise besar a una desconocida ―murmuró.
Cerré los ojos.
―No quiero saberlo.
―Y volví a casa sintiéndome culpable.
Intenté separarme.
Sus manos se soltaron inmediatamente.
―No te estoy pidiendo que me perdones.
―¿Entonces qué?
―Que me escuches.
Lo miré.
―Habla.
―Cuando estaba frente a ella, pensé que era deseo. Cuando estoy frente a ti, entiendo que lo que me asusta es otra cosa.
―¿Cuál?
Damián respiró hondo.
―Que quizá no estaba buscando a otra mujer. Quizá estaba buscando la versión de mi esposa que dejé de ver porque fui demasiado cobarde para preguntarle dónde había ido.
No pude responder.
Mi teléfono vibró sobre la mesa.
Un mensaje del sistema de Nácar.
Para Vesper.
Damián acababa de enviarlo antes de nuestra cena.
Lo abrí cuando él salió a guardar los platos.
“Gracias por hoy. No volveré a escribirte mientras mi matrimonio siga sin resolver. Desearte no me da derecho a convertir a mi esposa en la última persona en enterarse de lo que estoy haciendo.”
Me quedé inmóvil.
Damián regresó.
―¿Todo bien?
Bloqueé la pantalla.
―Sí.
―No parece.
―Solo estoy pensando.
Él asintió.
―Yo también.
―¿En qué?
Damián tomó los papeles de separación que todavía estaban sobre una repisa.
Los miró.
Después los rompió por la mitad.
―¿Qué haces?
Los dejó sobre la mesa.
―Dejar de decidir solo.
―Damián...
―No significa que todo esté arreglado. Significa que no voy a presentar nada hasta que tengamos una conversación de verdad.
―¿Y Copenhague?
―También la hablaremos.
―¿Por qué ahora?
Se acercó, pero esta vez no me tocó.
―Porque hoy entendí algo que debería haber entendido antes.
―¿Qué?
Su mirada bajó a mi boca y volvió a mis ojos.
―Que si todavía quiero besar a mi esposa después de siete años, quizá sería bastante estúpido divorciarme de ella sin averiguar primero si todavía quiere que la conquiste.
