Capítulo 3 ¿Era esto?

Capítulo 3 — ¿Era esto?

Narrador

— Fingiré que no escuché lo que Miranda dijo.

Sonriendo por lo bajo al ver que él escuchó lo que su loca amiga había dicho, Harriet regresó a su puesto junto a Ciro, y retomando la conversación que había quedado a medias un par de horas pasaron.

—De verdad me alegro mucho volver a verte.

Tomando la puerta antes de salir, un tanto renuente a marcharse pues esperaba la mínima señal, un indicio por parte de Harriet para quedarse, Ciro solo dijo, y bajando su rostro, ella respondió con las mismas ganas que él.

—También me alegro verte... Aunque es un poco tarde, creo que no es bueno que conduzcas a esta hora, no creo que sea seguro.

Apretando la mano que sostenía la puerta en ese momento, Ciro recibió la señal que necesitaba para dar el siguiente paso, y cerrando esta de pronto respondió:

—Creo que tienes razón, es muy tarde... Además, creo que no me siento bien.

Sonriendo siendo esa la respuesta que esperaba, Harriet empezó a retroceder despacio, e ingresando a la habitación que ocuparía esa noche, preguntó:

—¿Me acompañas?

Despojándose del saco de su traje, el cual cayó por su propio peso en el suelo, Ciro la siguió sin pensarlo dos veces.

Apenas cruzó la puerta de la habitación, la cerró de un golpe y sin darle tiempo a reaccionar, la tomó de la cintura y la empujó contra la madera, atrapándola entre su cuerpo y la puerta. Harriet dejó escapar un suspiro ahogado, pero no se apartó. Al contrario, sus dedos se aferraron a su camisa con una necesidad que la delataba. Ciro bajó el rostro hasta el de ella, su aliento caliente chocando con sus labios entreabiertos.

—¿Era por esto que no querías que me fuera? —susurró, sin esperar respuesta.

Y la besó. No fue un beso suave, ni siquiera cortés. Fue un beso feroz, impaciente, hambriento. De esos que nacen de años de espera acumulada y de noches enteras imaginando ese mismo momento con una maldita precisión quirúrgica. La lengua de Ciro invadió su boca como si le reclamara cada segundo que había perdido fingiendo escucharla cuando en realidad era esto lo que quería. La exploró con ritmo, con presión, con hambre. Y Harriet… se dejó llevar. Sus manos bajaron por la espalda de ella, apretándola con fuerza, delineando su figura con dedos exigentes. La pijama se volvió una barrera molesta, que desplazó con movimientos firmes mientras seguía besándola, como si ese contacto fuera lo único que pudiera mantenerlo en equilibrio.

Harriet gemía en su boca, enredaba los dedos en su cabello, levantaba una pierna instintivamente como si su cuerpo respondiera antes que su mente. Él se lo celebró con una caricia desde el muslo hasta la cadera, apretándola contra él al punto que apenas podía respirar. Ciro volvió a su oído.

—Dime la verdad —le dijo, con voz ronca —¿Me extrañabas?

Pero no esperó respuesta. La levantó de un solo movimiento y la llevó directo a la cama, con la determinación de un hombre que no iba a dejar nada a medias. La arrojó sobre ella con una mezcla de urgencia y descontrol. Harriet cayó con la pijama aún a medio subir, las piernas desordenadas, el pulso enloquecido. Apenas tuvo tiempo de respirar antes de que Ciro se inclinara sobre ella con la mirada encendida y los músculos tensos como un depredador a punto de devorar su presa. Se quitó la camisa sin quitarle los ojos de encima. No había en él prisa, pero sí una determinación brutal. El cinturón cayó al suelo con un golpe metálico que sonó obsceno en medio del silencio. Harriet quiso decir algo, provocarlo, desafiarlo… pero no le salieron las palabras. Su cuerpo hablaba por ella; tembloroso, abierto, expectante. Ciro la atrapó por los muslos, los separó con rudeza y se acomodó entre ellos, deslizando las manos por sus caderas como si delineara un mapa. Se inclinó y le besó la cara interna del muslo, apenas un roce de lengua que la hizo estremecer.

—Yo sí extrañé tu aroma —murmuró, con voz grave, como un roce de terciopelo oscuro.

Harriet solo alcanzó a gemir. Él subió, sin romper el contacto, hasta llegar a su boca, donde la besó con una profundidad lenta, casi cruel. Como si cada segundo de ese beso fuera una promesa. Luego bajó las manos por su cuerpo, deslizándose por la tela de la pijama hasta deshacerse de ella en un par de tirones, dejándola medio desnuda, vulnerable y hermosa bajo la luz tenue. Le retiró la ropa interior con una sola mano, de un tirón preciso, y cuando la tuvo totalmente expuesta, la miró unos segundos más, sin tocarla. Solo observando.

—Así me gustas —le dijo —Excitada, desesperada, y sabiendo que siempre serás mía.

Se deshizo de su propio pantalón y boxers con la misma eficiencia. Estaba duro, palpitante, cargado de deseo. Cuando se acomodó sobre ella, Harriet arqueó la espalda, los pezones erectos, las uñas clavadas en la tela del colchón. Él la penetró de una sola vez. Un gemido escapó de ambos al mismo tiempo. El cuerpo de Harriet lo recibió con una mezcla de placer punzante y rendición absoluta. Él se quedó inmóvil solo un instante, disfrutando la sensación, y luego comenzó a moverse con un ritmo controlado, profundo, perfectamente medido para volverla loca.

—Dime que para esto querías que me quedara —murmuró contra su oído —Dímelo, Harriet.

Ella jadeaba, apenas podía responder. Pero sus caderas lo buscaban, su cuerpo gritaba por ella. Ciro le sujetó una pierna sobre su hombro y comenzó a embestirla con más fuerza, con movimientos calculados, sin perder el ritmo, sabiendo exactamente cómo tocarla, cómo llenarla, cómo romperle las defensas una por una. Cada empujón era más profundo. Cada gemido, más alto. Él le lamía el cuello, le mordía el lóbulo de la oreja, le susurraba obscenidades entre jadeos que la hacían temblar. Harriet se arqueó con fuerza, al borde del clímax. Él lo sintió y fue entonces cuando bajó una mano hasta su centro y comenzó a estimularla con los dedos, sin dejar de moverse dentro de ella. Fue demasiado.

El orgasmo le sacudió el cuerpo entero. Un espasmo profundo, devastador, que la dejó jadeando, con los ojos húmedos y los labios entreabiertos. Ciro la sostuvo con fuerza, sintiéndola apretarse a su alrededor, y la siguió segundos después, enterrándose una última vez, gruñendo bajo, como si se le escapara el alma en ese momento. Se dejó caer a un lado de ella, sudoroso, aún agitado. El silencio fue total. Harriet giró el rostro, aún desordenada, aún desnuda. Él la miró con una sonrisa torcida.

—Definitivamente era esto a lo que se refería Miranda.

Ella sonrió de lado, satisfecha y rota en partes iguales.

—Sí, creo que sí... No estuvo nada mal.

Ciro soltó una risa ronca, pasó un brazo por detrás de su cabeza y la atrajo hacia su pecho.

—No sabía que regresarías.

A lo que Harriet negó entre sus brazos.

—Fue de pronto... Yo solo quería sorprenderlos a todos.

Ciro asintió sinceramente, descolocado ya que él no la esperaba, y removiéndose sobre su pecho, Harriet, un par de minutos después, cayó rendida tras un largo viaje.

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