Capítulo 7 La gravedad del asunto

Capítulo 7— La gravedad del asunto

Narrador

Con sus ojos llorosos y la nariz sonrojada, Magdalena trató de acercarse a Harriet, quien, negándose, se colocó firme antes de decir:

—Si te vas a casar con él... hazlo, pero antes de ello, necesito que me entregues la empresa— Harriet sabía lo difícil que era esto para Magdalena, quien, tras la muerte de su padre, se entregó en cuerpo y alma al crecimiento de la misma, pero pensando que no se podría arriesgar, siguió— Podemos seguir trabajando juntas, pero quiero estar al frente de ella, mi regreso es definitivo, y una vez sea titulada tendré la capacidad para dirigirla.

Dando un paso al frente en un intento más por acercarse, Magdalena fracasó, y bajando su mano, murmuró con voz rota:

—Harriet... Sé que estarás confundida, que habrá cosas que no entiendes, pero te aseguro que sé lo que hago, en cuanto a la empresa...— Esta bajó su rostro, sabiendo que estaba en todo su derecho de exigir— Mañana mismo convoco a una junta.

Asintiendo, siendo eso lo que quería, Harriet retrocedió un par de pasos, y girándose sobre sus pies, salió del comedor, lo que tenía que decir lo habían dicho, así que no tenía sentido quedarse allí.

Regresando a su lugar, sintiéndose la peor madre del mundo, Magdalena junto las manos sobre su regazo, y tratando de buscar una salida, se puso de pie de nuevo antes de sacar su teléfono para llamar a Ciro que recién se había marchado.

—Ciro ¡Responde!

Un tanto inquieta, caminando de un lado a otro, Magdalena susurró desesperada por ser escuchada, y tomando la llamada un par de tonos después, la voz de este resonó en la línea:

—¿Está todo bien, Magda?

Negando enseguida pues no lo estaba en lo absoluto, Magdalena liberó una bocanada de aire, y apretando sus labios por lo que diría, sabiendo que estaría incumpliendo el contrato firmado entre ellos dos, soltó:

—¡No puedo!— Soltó con la voz rota, y los ojos cristalizados— No puedo seguir, Ciro, ella me odia, y yo con eso no puedo vivir.

Aferrando la mano libre con fuerza al volante de su auto que recién se detenía a las afueras de su edificio, Ciro apretó los dientes, sabiendo que ella sería un verdadero dolor de cabeza, y removiéndose en su lugar, no podía permitir que ella desistiera, de esa unión, dependía su vida de ahora en adelante.

—Magda... Respira un momento, no creo que Harriet te odie, solo está molesta, es normal que se comporte de esa manera, verás que mañana se le pasará.

Negando, pues conocía también a Harriet como para saber que no se trataba de un simple berrinche, que sinceramente la detestaba, Magdalena pasó las manos por su rostro, y abriendo su boca desesperada, respondió:

—No se le pasará, la conozco, Ciro, sé muy bien lo que digo.

Golpeando ligeramente con el puño su volante, Ciro no podía retroceder ahora que estaba muy cerca, a solo dos días de casarse por el civil para tomar posesion de la empresa, y odiándose por lo que diría, respondió:

—No podemos parar ahora, sabes que hay un contrato de por medio, pero si hay...— El silencio en la línea reinaba, pues Magdalena se mantenía atenta a sus palabras— Algo que pueda hacer para ayudarte, solo dilo.

Saliendo a la enorme estancia desde donde se visualizaban las escaleras que conducían a los aposentos de su hija, Benson solo pasó saliva, y regresando la atención a la llamada que seguía en curso, agregó con voz temblorosa:

—¿Podría decirle la verdad? Contarle del contrato prenupcial sobre la cláusula de confidencialidad... Sé que eso no hará que me odie menos, pero al menos entenderá por qué estoy haciendo todo esto.

Permaneciendo en silencio, sopesando su petición, Ciro no veía nada malo en ello, siempre y cuando Harriet mantuviese la boca cerrada, ya que de saberse la verdad, su hermano tendría más posibilidades de quedarse con la compañía, y asintiendo, dijo:

—Está bien, Magda... Pero quiero estar presente cuando lo hagas... Quiero que Harriet entienda la gravedad del asunto, que de saberse la verdad, mi empresa se irá del país, y con ella ustedes a la quiebra. ¿Está bien si lo hacemos mañana? Ya estoy en casa, y por lo que vi, ella no está muy bien que digamos.

Asintiendo, Magdalena coincidió con Ciro en que por esa noche ya habían sido demasiadas emociones para su hija, quien recién regresaba.

—Así será entonces... Mañana tendremos una junta a primera hora, creo que sería bueno hacerlo antes de que ésta inicie.

Pasando la mano por su rostro agotado por la noche anterior, Ciro solo finalizó la llamada, y soltando una maldición se preguntó por qué ella tenía que regresar justo en ese momento. Cuando tenía su vida prácticamente planificada, cuando pensó que la había olvidado, justo ahora que una batalla campal se desataba entre su medio hermano y él.

Recorriendo el amplio lobby de Consorcios Benson, Ciro se preparaba para lo que se avecinaba. Si Harriet tras enterarse de que se casaría con su madre impactó su rodilla justo en su entrepierna, ahora que le diría que este sería un matrimonio arreglado estaba seguro de que lo mataría.

Saludando a algunos de los empleados a su paso, pues esta era prácticamente su segunda casa tras años y años de sus familias trabajar codo a codo, Ciro abordó el elevador, y viendo cómo las puertas de la caja metálica se cerraban, los números reflejados en la pantalla empezaron a pasar. Se suponía que la junta iniciaba en una hora, tiempo suficiente para hablar con Harriet y recuperarse de su ataque, y llegando al fin a su destino al abrirse el elevador de nuevo, la vio, junto a Camilo, su medio hermano, conversando con tal confianza que sonreía como nunca antes.

Permaneciendo en el interior del elevador, observando meticulosamente cada uno de sus movimientos, Ciro vio cómo las puertas intentaron cerrarse de nuevo, e interponiendo una mano antes de hacerlo, no sabía por cuál de los dos iniciar.

Por ella que se veía muy risueña con el imbécil de Camilo, o por él que no debería estar allí cuando se supone que quien representa a la empresa era él. Liberando una bocanada de aire, haciendo que sus fosas se dilataran, Ciro ordenó el saco de su traje antes de empezar a caminar hasta ellos, y acercándose un par de zancadas después, dijo entre dientes:

—Camilo... ¿Qué es lo que haces tú aquí?

Desviando la mirada a él con una sonrisa de lado, Camilo solo le señaló a Ciro a Harriet, y apoyando una mano en su hombro que hizo a su medio hermano tensarse, le dijo:

—¿Ves lo que te digo? Él piensa que soy su lastre.

Observándolo también con una media sonrisa, Harriet solo negó, y encogiéndose de hombros dijo con toda la mala intención de hacerlo enfurecer:

—Descuida, Camilo, ahora que yo esté al frente algunas cosas cambiarán por aquí. ¿Seguimos?

Señalándole la sala de juntas a escasos metros de ellos, Camilo solo asintió, y empezando a caminar al interior de la misma apoyó su mano en la espalda baja de Harriet, lo cual hizo a Ciro soltar una maldición entre dientes.

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