Capítulo 1 CAPÍTULO 1: UN GOLPE DE REALIDAD

Serena

No debería estar escuchando esa conversación.

Me detengo en seco a pocos pasos de la oficina de Austin, mi esposo, con la mano todavía levantada, a punto de tocar la puerta. Reconozco su voz al instante, pero lo que dice consigue que mi cuerpo entero se quede inmóvil.

—No hay ninguna posibilidad de que Robert se dé cuenta.

—¿Y Serena? —pregunta una voz femenina.

Frunzo el ceño. No reconozco a la mujer, pero antes de que pueda preguntarme quién es, escucho la risa de Austin.

—Esa tonta no sospecha absolutamente nada.

Un extraño calor me recorre el cuerpo cuando escucho un suave golpe contra alguna superficie, seguido de la risa de la mujer.

—Llevas tres años casado con ella —dice ella, divertida—. ¿De verdad crees que nunca va a descubrirlo?

Me acerco un poco más a la puerta, incapaz de marcharme después de escuchar mi nombre.

—¿Y qué va a hacer cuando lo descubra? —responde Austin con una tranquilidad que me revuelve el estómago—. ¿Dejarme? ¿Contárselo a su padre? Por favor. Sigue enamorada de mí. Puedo decirle cualquier cosa y terminará perdonándome.

Se escucha el roce de unos labios y después una pequeña risa femenina.

Tres años creyendo que, a pesar de todo, mi matrimonio todavía podía salvarse. He soportado sus cambios de humor, sus desprecios y cada una de las promesas que hizo y nunca cumplió porque lo amo, porque sigo creyendo que las personas pueden cambiar cuando realmente aman a alguien. Pero quizá todo este tiempo solo he estado amando sola.

—Además —continúa Austin—, cuando controle Caldwell, ella también estará bajo mi control.

Cierro los ojos durante un segundo. ¿Caldwell? La empresa de mi padre.

—¿Y si Robert revisa las cuentas? —pregunta la mujer.

—No encontrará nada que pueda relacionarme directamente. El dinero sale de Blackwell, pasa por dos compañías y termina financiando la compra de acciones de Caldwell. Cuando tenga suficientes, convocaré a la junta y reclamaré el control.

Me cuesta respirar.

—Lo que todavía no entiendo es por qué te casaste con ella —comenta la mujer.

Escucho otro beso antes de que Austin responda.

—Porque es la hija de Robert Caldwell.

Siento que algo dentro de mí se rompe.

—¿Nunca la amaste?

—Nunca. Fue útil, eso es todo. Serena es una mujer ingenua que cree que el matrimonio es para toda la vida. Mientras yo le diga que la amo, seguirá a mi lado.

Mis dedos tiemblan. No sé qué duele más: descubrir que mi esposo está con otra mujer o descubrir que, para él, yo nunca fui más que una herramienta para conseguir lo que quería.

La rabia empieza a abrirse paso entre el dolor, y mi mano tiembla cuando finalmente empujo la puerta.

Austin está sentado en el borde del escritorio con la mujer entre sus brazos. Él tiene una mano apoyada en su cintura y ella está demasiado cerca de él, con la ropa ligeramente desordenada y los labios todavía curvados en una sonrisa que desaparece en cuanto me ve.

Ambos se quedan inmóviles.

Ella palidece, Austin, en cambio, se queda completamente quieto mientras me mira.

Lo observo durante unos segundos, pero ya no veo al hombre del que me enamoré.

—Continúa —digo, cerrando la puerta detrás de mí—. Quiero escuchar el resto.

Austin suelta lentamente a la mujer. Se acomoda el saco y recupera esa expresión fría que tan pocas veces he visto en él.

—Mi amor...

—No —lo interrumpo, levantando una mano—. No me llames así como si todo estuviera bien.

La mujer baja del escritorio y se acomoda la falda con evidente nerviosismo. Evita mirarme mientras recoge su bolso.

—Creo que será mejor que me vaya.

Ella pasa junto a mí con la cabeza agachada y sale de la oficina sin decir una palabra. Cuando la puerta vuelve a cerrarse, me quedo frente a mi esposo sin saber siquiera por dónde empezar.

—Puedo explicarlo.

Suelto una risa que se quiebra antes de convertirse en algo parecido a una carcajada.

—¿Qué vas a explicarme, Austin? ¿Qué soy una estúpida por confiar en ti?

Él guarda silencio, y por primera vez en tres años, comprendo que el hombre que tengo delante no tiene ninguna intención de pedirme perdón.

—¿Cuánto tiempo llevas robándole dinero a mi padre? Acabo de escucharte hablar de las transferencias y de las acciones de Caldwell.

—Estás exagerando lo que escuchaste.

Suelto una risa amarga.

—¿Exagerando? ¿Entonces me imaginé que dijiste que nunca me amaste?

Su mandíbula se tensa.

—Serena...

—¡Respóndeme!

Austin aparta la mirada. Me acerco hasta quedar frente a él.

—¿Te casaste conmigo por mi padre?

—Necesitaba entrar en la familia Caldwell. Necesitaba acceso, información, contactos... y tú estabas ahí.

Las lágrimas finalmente llenan mis ojos. No quiero llorar delante de él, pero tampoco puedo detenerlas.

—Yo te amaba.

Austin me observa durante unos segundos y luego niega con la cabeza.

—Ese fue tu error.

La bofetada sale antes de que pueda pensarlo. El sonido resuena en toda la oficina. Austin gira el rostro por el impacto. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos ya no tienen ni una pizca de paciencia.

—Voy a denunciarte —amenazo.

Austin se abalanza hacia mí y me sujeta del brazo antes de que pueda retroceder.

—No vas a hacer nada.

—¡Suéltame!

Intento apartarme, pero sus dedos se clavan con fuerza en mi piel.

—Si hablas, perderás mucho más que tu matrimonio.

—¡Ya no me importa!

—Claro que te importa. Solo estás dolida, pero sabes que no puedes vivir sin mí —responde entre dientes—. Así que piensa muy bien antes de intentar alejarte de mí, Serena.

Consigo liberarme de su agarre y retrocedo hasta la puerta.

—¡No vuelvas a tocarme!

Él no responde, solo me observa con una expresión que no reconozco.

Salgo de la oficina sin mirar atrás. Camino por el pasillo intentando contener el temblor de mis piernas mientras saco el teléfono para llamar a mi padre. Necesito advertirle, necesito contarle todo antes de que Austin pueda hacer algo más. Pero no responde mis llamadas. Me detengo unos minutos en el baño para lavarme el rostro, no puede verme así.

Cuando llego al estacionamiento, veo mi automóvil unos metros más adelante, y entonces veo a Austin junto a mi coche. No sé cuánto tiempo lleva allí, pero algo en su postura me provoca un escalofrío.

—Serena —dice, acercándose—. Podemos hablar.

Retrocedo un paso.

—No quiero hablar contigo. Apártate.

Austin se queda quieto durante unos segundos antes de hacerse a un lado.

—Después no digas que no te lo advertí.

Subo al coche y cierro las puertas con seguro. Mis manos tiemblan tanto que apenas consigo introducir la llave. Pongo el motor en marcha y salgo del estacionamiento.

Durante unos segundos intento concentrarme en la carretera, pero las palabras de Austin siguen repitiéndose en mi cabeza. El automóvil continúa avanzando mientras piso el acelerador, pero cuando intento desacelerar, no funciona.

Mi respiración se corta cuando comprendo lo que está ocurriendo.

—Dios mío...

Intento controlar el volante mientras busco mi teléfono, pero el coche acelera cuesta abajo y pierdo el control. Solo alcanzo a pensar en mi padre antes de que todo se vuelva negro.

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