Capítulo 2 CAPÍTULO 2: MI MARIDO INTENTÓ MATARME
Serena
No sé dónde estoy. Todo a mi alrededor es ruido.
Escucho voces que se mezclan unas con otras, pasos apresurados, ruedas golpeando el suelo y el pitido insistente de alguna máquina. Intento abrir los ojos, pero los párpados me pesan demasiado.
—¡Tiene una hemorragia!
La voz llega hasta mí como si estuviera muy lejos.
—¡Hay que llevarla a quirófano inmediatamente!
Quiero preguntar qué está pasando, pero mi cuerpo no responde. Intento mover una mano y apenas consigo sentir mis dedos. Después, todo vuelve a oscurecerse.
Por un instante recupero la conciencia y veo unas luces blancas pasar sobre mi cabeza. Alguien está empujando la camilla a toda velocidad.
—¿Tenemos identificación?
—Nada. El vehículo quedó completamente destruido.
—¿Algún familiar?
—Todavía no.
Quiero decirles mi nombre, que llamen a mi esposo, pero antes de conseguir siquiera abrir la boca, vuelvo a hundirme en la oscuridad.
Cuando despierto otra vez, lo primero que siento es un dolor profundo en todo el cuerpo. Abro los ojos lentamente.
El techo blanco sobre mi cabeza tarda unos segundos en adquirir sentido. Giro la cabeza y veo una habitación de hospital. Tengo una vía conectada al brazo y varios cables pegados a mi pecho.
—¿Dónde estoy? —pregunto con la voz ronca.
Una mujer vestida de blanco se acerca al escucharme.
—Está en el hospital, señorita. Tranquila.
Intento incorporarme, pero una punzada atraviesa mi abdomen y vuelvo a recostarme.
—¿Qué pasó?
La mujer intercambia una mirada con el médico que está detrás de ella. Algo en sus rostros hace que el miedo se apodere de mí.
—Tuvo un accidente —me explica el doctor con calma—. Su automóvil perdió el control, chocó con un muro y quedó prácticamente destruido. La encontramos con heridas importantes y una hemorragia interna. Tuvimos que intervenirla de urgencia.
Miro mis manos. Todavía no consigo recordar todo con claridad, solo tengo imágenes sueltas.
—¿Estoy bien?
El médico guarda silencio durante unos segundos, y entonces sé que algo está mal.
—¿Qué me pasó?
Su expresión cambia. Parece buscar las palabras adecuadas.
—Lo lamento mucho, señorita.
Mi corazón comienza a acelerarse.
—¿Qué?
—Usted estaba embarazada.
Siento que el mundo se detiene.
—¿Qué dijo?
—Estaba embarazada y, debido a las lesiones y a la hemorragia que sufrió, lamentablemente perdió al bebé.
No entiendo, simplemente no entiendo.
—No… —Llevo una mano hasta mi abdomen—. No. —Las lágrimas empiezan a caer antes de que pueda detenerlas—. No, eso no puede ser.
—Señorita…
—¡No!
Mi voz se rompe.
—¡Mi bebé!
Me llevo ambas manos al vientre mientras comienzo a llorar desesperada.
—Yo no sabía… —sollozo—. Yo no sabía que estaba embarazada.
El médico se acerca, pero no permito que me toque. ¿Cómo pude no saberlo? ¿Cómo puede existir una vida dentro de mí y desaparecer sin que siquiera haya tenido la oportunidad de saber que estaba ahí?
Aprieto los ojos con fuerza, pero eso no consigue detener el dolor. Mi bebé, mi pequeño bebé. Ni siquiera pude conocerlo.
Después de unos minutos, cuando el llanto finalmente se convierte en pequeños sollozos, la enfermera se acerca.
—Necesitamos localizar a algún familiar. No encontramos ninguna identificación entre sus pertenencias y el automóvil quedó completamente destruido.
Me quedo en silencio.
—¿Puede decirnos su nombre completo? ¿El nombre de algún familiar? ¿Su esposo?
Mi esposo… La palabra consigue atravesar el dolor y traerme de vuelta a la realidad.
El hombre que debería haber sido la persona en quien más confiaba, el que descubrí traicionándome, el que ahora sé que está buscando la ruina de mi familia.
Cierro los ojos. Recuerdo haberlo visto junto a mi automóvil cuando salía de la empresa. ¿Por qué estaba allí?
Habíamos discutido, yo me había marchado a la oficina. No tenía ninguna razón para estar en el estacionamiento cuando yo me disponía a irme. Y, sin embargo, estaba allí.
¿Será posible que el hombre que juró amarme y protegerme hubiera sido capaz de…? Niego suave con la cabeza.
No, él no pudo haber hecho esto, ¿verdad? Tuvo que ser un accidente, una casualidad. Porque aunque descubrí que me mintió durante todo este tiempo… él no sería capaz de matarme.
—¿Señorita?
Abro los ojos.
—No… no recuerdo —digo, casi sin pensar.
La enfermera frunce el ceño.
—¿Nada?
Niego lentamente con la cabeza.
—Creo que… es por el golpe. No recuerdo mi nombre. Ni dónde vivo, ni quiénes son mis familiares.
Es una mentira que ni siquiera sé bien por qué estoy diciendo. Tal vez algo en mi interior es más inteligente, tal vez estoy buscando protegerme de una certeza que ya una parte de mí ha asumido como cierta.
—Está bien —responde el médico—. No se esfuerce. Después de un trauma como este, puede presentar confusión y pérdida temporal de memoria. Lo importante ahora es que descanse.
Asiento. Cuando se marchan, giro la cabeza hacia la ventana y recuerdo algo más… los documentos. Toda la evidencia que había reunido sobre el fraude de mi esposo estaba en mi automóvil. Ahora todo se quemó.
Mis dedos se aferran a la sábana. No tengo nada, ni pruebas, ni mi bebé, ni siquiera sé qué voy a hacer cuando salga de este hospital.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que vuelven a entrar, esta vez es el doctor.
—Señorita, tenemos una visita para usted.
Lo miro con preocupación.
—¿Visita?
—Parece que la noticia de su accidente llegó hasta algunas personas. Hay alguien afuera preguntando por usted.
Mi corazón se acelera.
—¿Quién?
—Dice ser su esposo.
El miedo me atraviesa de inmediato.
—No.
Me incorporo demasiado rápido y el dolor me obliga a llevarme una mano al abdomen.
—No, por favor. No deje que entre.
El médico parece confundido.
—Pero, señorita…
—No quiero verlo.
—¿Le ha hecho daño?
Lo miro desesperada.
—Por favor, no lo deje entrar.
El médico parece dudar, pero antes de que pueda responder, la puerta se abre.
—Mi amor, ¿qué pasa?
Me quedo paralizada. Esa voz no es la de mi esposo, giro lentamente la cabeza. El hombre que entra es enorme, demasiado alto. Incluso desde la cama puedo notar que su presencia llena por completo la habitación. Lo primero que alcanzo a distinguir es su rostro.
Es atractivo, mucho más de lo que debería estar pensando en este momento, pero hay algo que resulta imposible ignorar. Una semi máscara cubre el lado izquierdo de su rostro, ocultando parte de sus facciones y dejando visible únicamente el otro lado.
El desconocido se acerca a mi cama con una expresión de preocupación.
—Mi amor —repite—. Soy yo. Tu esposo.
Lo miro fijamente. Mi corazón late con tanta fuerza que casi puedo escucharlo. No conozco a este hombre, jamás lo he visto en mi vida.
Entonces… ¿Quién demonios es? Y, sobre todo, ¿por qué acaba de decir que es mi esposo?
