Capítulo 3 CAPÍTULO 3: EL HOMBRE DETRÁS DE LA MÁSCARA

Serena

—¿Qué? No, yo no conozco a este hombre —digo rápidamente.

El doctor lo mira y entonces él da un paso adelante.

—No puede ser, doctor, ¿mi esposa ha perdido la memoria?

—Puede suceder en accidentes así, de hecho, la señorita nos dijo que no recordaba nada.

—Le prometo que sí soy su esposo. Puedo probarlo.

El silencio que queda después de sus palabras resulta mucho más perturbador que cualquier grito.

Miro al hombre frente a mí y después al doctor, esperando que alguno de los dos me explique qué demonios está sucediendo, pero el médico parece tan confundido como yo.

—¿Está segura de que él no es su esposo? —me pregunta, mirando primero al desconocido y después a mí.

Siento que el corazón me golpea contra las costillas.

No, claro que no es mi esposo. Mi esposo es Austin y ese hombre no se parece en nada a él. Pero si digo la verdad, no sé qué puede ocurrir después. Si este desconocido realmente tiene documentos capaces de identificarme, podría descubrir quién soy. Y si eso sucede, tarde o temprano la noticia llegará hasta Austin, y aun no sé si puedo confiar en él.

—Doctor… —trago saliva—. Creo que… creo que sí lo recuerdo.

El hombre enmascarado permanece en silencio, observándome con una atención que me pone los nervios de punta.

—¿Está segura? —insiste el médico.

Asiento.

—Sí. Lo siento. Creo que me alteré porque no recordaba tener un esposo y… al verlo, todo está regresando.

El desconocido interviene enseguida.

—Lo siento, doctor. No quería alterarla. Si necesita que presente mis documentos para demostrar quién soy, puedo hacerlo afuera.

Mis dedos se aferran a la sábana. ¿Documentos? No sé qué tiene ese hombre planeado, pero no pienso arriesgarme.

—No hace falta —me apresuro a decir—. Creo que ya lo recuerdo.

El médico parece dudar.

—Está bien. Los dejaré solos, pero estaré justo afuera. Si la paciente se siente mal, presione el botón de emergencia.

—Gracias, doctor.

Lo veo salir, la puerta se cierra y entonces el silencio cambia. Ya no hay un médico entre nosotros, solo estamos él y yo.

El desconocido permanece junto a la puerta durante unos segundos. Después se vuelve hacia mí y comienza a caminar lentamente. Cada paso que da parece hacer que la habitación se vuelva más pequeña.

Es un hombre imponente. Alto, de hombros anchos y una presencia que resulta difícil ignorar. Su rostro sería completamente atractivo si no fuera por la semi máscara que cubre el lado izquierdo. No sé qué oculta debajo de ella, pero tampoco tengo el valor de preguntarlo todavía.

Hay algo en él que me mantiene alerta. No parece nervioso ni confundido y, en definitiva, no parece un hombre que acaba de reencontrarse con su esposa después de un accidente.

Cuando llega hasta mi cama, se detiene.

—Veo que eres más inteligente de lo que aparentas.

Entrecierro los ojos.

—¿Quién eres?

Una pequeña sonrisa aparece en la comisura de sus labios.

—¿De verdad no recuerdas nada o estás fingiendo?

—No tengo por qué responderte. —Mi voz tiembla un poco, pero procuro que no lo note—. Tú eres quien acaba de entrar aquí diciendo que eres mi esposo. Así que ahora dime quién eres y qué quieres.

Él ladea ligeramente la cabeza, yo aprieto la mandíbula.

—Deja de jugar conmigo.

—No estoy jugando.

—¿Austin te mandó?

Por primera vez, su expresión cambia. La sonrisa se hace más evidente.

—Entonces sí recuerdas quién eres. —No respondo—. Y también recuerdas a tu verdadero esposo.

Siento un escalofrío. Este hombre sabe demasiado.

—¿Viniste a matarme?

Su mirada permanece fija en la mía, se mantiene serio y de pronto se ríe.

—No —hace una pausa—. De hecho, es todo lo contrario.

Frunzo el ceño.

—No entiendo nada.

—Eso es evidente.

Se acerca un poco más y yo retrocedo por instinto contra la almohada.

—Entonces acláramelo —exijo—. ¿Quién eres?

El hombre guarda silencio durante unos segundos, como si estuviera decidiendo cuánto contarme.

—Probablemente no sepas quién soy porque nadie se ha tomado la molestia de hablarte de mí. Ni Austin, ni mi madre y mucho menos mi padre que está en coma.

Mi respiración se detiene.

—¿Tu padre en coma? —Lo miro sin comprender. El único padre en coma que conozco es el de Austin. Tuvo una ACV hace poco y ahora está en el hospital— ¿De qué estás hablando?

Él me observa con absoluta calma.

—Austin tiene un hermano.

Niego lentamente con la cabeza.

—Austin no tiene hermanos.

—Sí tiene. —Su respuesta es tan segura que consigue hacerme dudar de todo lo que creía saber sobre mi propio esposo—. Yo soy su hermano.

Siento un vacío en el estómago.

—Eso no puede ser.

—Mi nombre es Damian Blackwell. Soy el hermano mayor de Austin.

Me quedo mirándolo como una estúpida. Durante todo el tiempo que llevo casada con Austin jamás he escuchado mencionar a un hermano mayor. Ni una sola vez.

—¿Por qué nunca me habló de ti?

Damian mete una mano en el bolsillo de su pantalón.

—Por la misma razón por la que nunca te contó lo que hacía a escondidas en la empresa de tu padre, no le convenía.

Mi cuerpo se tensa.

—¿Cómo sabes eso?

—Sé mucho más de lo que imaginas. —Su voz pierde cualquier rastro de humor—. Incluyendo lo que ocurrió esta noche.

Aparto la mirada. No quiero recordar lo que pasó, quiero sacarme de la cabeza las imágenes de él besándose con esa mujer, y olvidar que descubrí que nunca me amó.

—Austin no me ama —susurro, más para mí que para él.

Damian se inclina hacia mí, su cercanía repentina me pone nerviosa. Sus ojos son verdes, imponentes. Mi corazón se acelera al verlo tan cerca.

—Eso no me importa, no vine a resolver tu dilema amoroso. Lo que quiero es que trabajes para mí.

Parpadeo, completamente desconcertada, e intento disimular lo nerviosa que me pone tenerlo tan cerca.

—¿Trabajar para ti? No entiendo.

Damian se endereza.

—He regresado a esta ciudad para reclamar lo que me pertenece. Y para ocuparme de un individuo que durante demasiado tiempo ha creído que puede hacer lo que quiera sin pagar las consecuencias.

Hay algo frío en sus ojos cuando pronuncia esas palabras.

—¿Qué quieres decir con ocuparte de él?

—No necesitas conocer los detalles.

Lo miro sin saber si debería sentir miedo o esperanza.

—¿Y qué tendría que hacer yo?

—Primero, aceptar mi propuesta.

—¿Qué pasaría si acepto?

Damian observa mi vientre por un instante antes de volver a mirarme a los ojos.

—Puedo hacer que todos crean que moriste esta noche.

Me quedo inmóvil.

—¿Qué?

—El automóvil se quemó. No encontraron una identificación. Tú misma le dijiste al médico que no recuerdas quién eres. Si quieres desaparecer, tienes una oportunidad perfecta para que Austin no termine el trabajo.

Mi garganta se cierra, ¿terminar el trabajo? No, eso no puede ser.

—Fue un accidente, no…

Damian me interrumpe antes de que pueda terminar.

—Austin lo hizo —afirma sin titubear.

—¿Qué dices? —niego y me acomodo en la cama, aunque inmediatamente siento una punzada de dolor—. Eso no puede ser, él no…

—Sé cómo actúa cuando alguien deja de serle útil. Él intentó matarte esta noche, Serena.

Un escalofrío me recorre la espalda. Por primera vez me siento completamente vulnerable. Damian no aparta la mirada.

—Si aceptas, desaparecerás. Para todos, estarás muerta —continúa.

—¿Y si digo que no?

—Me iré. —La respuesta es tan sencilla que me deja helada—. Y quedarás a tu suerte. —Hace una pausa—. Pero te advierto algo, Serena. Si Austin descubre que sobreviviste, volverá a intentarlo.

Miro mis manos. No tengo pruebas ni aliados, y el hombre que creí amar desea mi muerte.

—¿Qué tendría que hacer?

Damian guarda silencio durante unos segundos. Después, su expresión cambia.

—Es muy sencillo. —Se acerca un paso más—. Si aceptas, vas a salir de este hospital como mi esposa.

Lo miro sin poder procesarlo.

—¿Tu… esposa?

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