Capítulo 4 CAPÍTULO 4: LA PROPUESTA

Damian

No espero que acepte. De hecho, desconfiaría de ella si lo hiciera tan rápido.

Una mujer que acaba de descubrir que su esposo intentó matarla no debería aceptar casarse con un desconocido solo porque este le ofrece protección. Debería tener miedo y hacer preguntas. Debería preguntarse qué demonios quiero de ella.

Y Serena lo hace, puedo verlo en sus ojos. No sabe quién soy, pero está intentando decidir si soy una amenaza mayor que el hombre que acaba de intentar asesinarla. Eso me interesa.

Me quedo mirándola durante unos segundos antes de apartarme de la cama. Camino hasta la ventana y observo el estacionamiento del hospital.

—Te advierto que no vas a tener mucho tiempo para decidir.

—¿Qué significa eso? —pregunta con la voz temblorosa.

Me giro hacia ella.

—Austin ya debe saber que sobreviviste. Intenté evitar que se filtrara la noticia, pero controlar algo así es un poco difícil.

Su rostro pierde el poco color que le quedaba.

—¿Qué? No entiendo nada, si realmente eres el hermano de Austin, ¿por qué nunca supe de ti? ¿Y cómo es que sabes tanto sobre todo lo que ocurre?

—Eso no es lo importante. La pregunta que deberías hacerte es ¿qué hará Austin cuando sepa que su plan no funcionó?

Durante años, el apellido Blackwell me fue arrancado de las manos. Mi madre decidió que yo era un problema que debía desaparecer y mi padre aceptó su decisión. Se quedaron con Austin, el hijo perfecto, el heredero perfecto.

El único inconveniente es que Austin es todo menos perfecto. El hijo que mi madre se ha encargado de proteger a cualquier costo es un maldito monstruo. He pasado años en el exilio, pero eso se acabó, y Serena es la pieza que me faltaba para comenzar mi venganza.

—¿Cómo sabes lo que hizo? —vuelve a preguntar Serena.

Regreso la mirada hacia ella.

—Porque llevo años investigándolo.

—¿Años? —frunce el ceño, desconcertada—. Entonces, ¿por qué apareciste ahora?

No respondo inmediatamente. Me giro por completo hacia ella y dejo que mis ojos recorran su rostro durante unos segundos. Puedo ver el miedo que le provoca mi apariencia. La semi máscara que cubre el lado izquierdo de mi rostro siempre consigue ese efecto.

Es una maldición. Y sé que, si pudiera ver lo que hay debajo, probablemente ese miedo se convertiría en repulsión.

No estoy acostumbrado a que me importe lo que una mujer piense de mí, pero con Serena hay algo diferente. Quizá sea porque todavía no aparta los ojos de los míos, a pesar de todo.

—Volví a la ciudad para recuperar lo que me pertenece —digo finalmente—. Pero antes de hacerlo necesitaba saber exactamente qué había construido Austin mientras yo estaba fuera.

—No sé si estás diciendo la verdad, pero no puedo aceptar lo que me pides. Es… simplemente absurdo.

Una sonrisa apenas perceptible aparece en mis labios. ¿Absurdo? Me acerco nuevamente a la cama.

Ella retrocede por instinto hasta que su espalda queda contra el respaldo. No le doy espacio para escapar, pero tampoco la toco. Me detengo frente a ella y bajo la mirada, obligándola a levantar el rostro para encontrar mis ojos.

Quiero que crea que todavía tiene el control. Que puede decidir si acepta o no mi propuesta. La verdad es otra, la necesito para mi plan. Y si decide rechazarme, puede darse por muerta. Austin no va a permitir que siga con vida después de haber sobrevivido a su intento de asesinato.

—¿Te parece absurdo? —pregunto con voz baja—. ¿Pero no te parece absurdo que tu propio esposo intentara matarte? —Su respiración se vuelve más pesada—. Incluso consiguió que perdieras al hijo que estabas esperando.

Sus ojos se abren de golpe y su mano se desliza hasta su vientre por puro instinto. La observo en silencio. Sé todo lo que ocurrió porque tengo informantes en todas partes. Incluso aquí, dentro de este hospital, hay personas que trabajan para mí.

No dejo nada al azar, y ahora que la tengo frente a mí, tengo que admitir algo que no esperaba. Austin podrá ser un hijo de puta, pero tiene buen gusto. Serena es mucho más atractiva de cerca.

Su cabello cae desordenado sobre los hombros y algunas lágrimas siguen adheridas a sus pestañas. Incluso después de todo lo que le ocurrió, hay algo en ella que resulta difícil ignorar.

Serena sacude la cabeza. Una lágrima se escapa de sus ojos y recorre lentamente su mejilla.

—No… No sé qué pensar. Austin… él no podría hacer algo así.

Suelto una respiración baja.

—Nunca lo conociste realmente.

Levanto una mano y tomo su mentón sin pedir permiso. Su cuerpo se tensa al instante, sus ojos se abren todavía más cuando la obligo a mirarme, pero no se aparta. Puedo sentir un ligero temblor bajo mis dedos.

—Austin es capaz de esto y mucho más.

Mantengo su mirada un segundo más antes de soltarla, me aparto con la misma tranquilidad con la que me acerqué y tomo la carpeta gris que dejé sobre el maletín. La abro, saco el contrato y lo coloco sobre sus piernas.

—Ese es el contrato.

Serena mira las hojas como si fueran algo peligroso.

—Si aceptas ser mi esposa, habrá condiciones. Tú me servirás para mis propósitos y, a cambio, yo te ayudaré a vengarte de él —me inclino ligeramente hacia ella—. Podrías verlo arrastrándose frente a ti, suplicando que lo perdones por haberte despreciado.

Serena toma la carpeta, sus manos todavía tiemblan. La abre y comienza a leer, aunque apenas consigue avanzar unas líneas antes de cerrarla.

—Esto es demasiado… Yo no puedo. —Su voz se quiebra—. No puedo tomar una decisión ahora. No sé qué hacer.

—Puedes firmar o no, preciosa. Pero sin mí no tendrás ni una sola oportunidad.

En ese momento, la puerta se abre. Una enfermera entra con el medicamento y Serena se limpia rápidamente las mejillas. Antes de que la mujer pueda acercarse, esconde la carpeta detrás de la almohada.

No digo nada. Me limito a observarla mientras la enfermera revisa la vía y cambia el medicamento. Serena evita mirarme, pero puedo ver que está consciente de mi presencia.

Cuando la enfermera finalmente sale y la puerta vuelve a cerrarse, nuestros ojos se encuentran. Esta vez es ella quien me observa.

—Si acepto… ¿será permanente?

Me acerco otra vez a la cama.

—No —apoyo una mano sobre el colchón, junto a su cabeza—. Cuando obtenga lo que quiero, serás libre.

Doy otro paso y me inclino sobre ella, acortando la distancia hasta que Serena queda prácticamente atrapada entre mi cuerpo y la almohada. Su respiración se detiene durante un segundo.

—Pero debo advertirte algo. —Mis ojos bajan hasta sus labios antes de regresar a los suyos—. Mientras seas mi esposa, lo serás en todos los aspectos. —Su garganta se mueve al tragar—. No será una fachada, Serena. Será un matrimonio real.

Sus mejillas adquieren un tono rojo intenso.

—Ne… Necesito pensarlo —tartamudea.

Una sonrisa lenta aparece en mi rostro. Me aparto de repente, dejándole nuevamente el espacio que le había quitado y miro mi reloj.

—Tienes un día.

Ella levanta la mirada.

—Después de eso, estarás a tu suerte —guardo las manos en los bolsillos del pantalón—. Intentaré evitar que Austin sepa dónde estás. Tiene que creer que realmente moriste o que sigues desaparecida.

Camino hacia la puerta.

—Si decide buscarte antes, no podré protegerte.

Abro la puerta sin esperar una respuesta. Apenas cierro miro a uno de los hombres que contraté para custodiarla. Le hago un asentimiento de cabeza y él entiende la señal.

Siempre consigo lo que quiero, y esta vez nadie va a interponerse en mis planes. Ni siquiera la dulce e inocente Serena Caldwell.

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